DIEGO MARÍN RUIZ

Se suele decir que la vida cambia de un día para otro. Y, por desgracia, parece que este nuevo modo de ver la vida ha llegado para quedarse un tiempo.  Un modo de ver la vida con cierto miedo, si se quiere decir, y sobre todo con incertidumbre, mucha incertidumbre.

Por eso, a veces, es bueno ver las dos caras de la misma moneda. Se ha hablado por activa y pasiva de las excelencias y excelentes  profesionales de la sanidad pública de este país, a la par que se demoniza, desde ciertos sectores, a la sanidad privada. Y que tenemos a algunos de los mejores profesionales sanitarios del mundo, indiferentemente de donde trabajen,  es un hecho.

Me dirijo a un conocido hospital privado de Murcia para ver cómo han vivido esta época de pandemia en el servicio de enfermería y me reúno con Ginesa Jiménez (supervisora de enfermería), Begoña  León (enfermera) y Rosa Fernández (auxiliar de enfermería).

La primera pregunta se  la lanzo a bocajarro: ¿Cómo habéis vivido la crisis? “A nivel personal ha sido complicado, yo tengo cuatro hijos, mi marido tele trabajando y yo supervisora de un hospital,  ha sido difícil. He llegado a echar entre doce y catorce horas diarias en el hospital. Hay mucha tensión y las emociones se ponen a flor de piel. Yo soy un cargo intermedio, no dependo de mi misma, y mi función de gestión es complicada, tienes que encargarte de gestionar la información de la mejor manera posible” me comenta Ginesa.

“A nivel personal, al principio, con mucho miedo  y la angustia de no saber. No supe que esto iba en serio hasta que me llegó un mensaje de que se había abierto una planta para Covid e iba un paciente. Me recorrió el miedo y la angustia de no saber que iba a pasar. Pensaba que no iba a llegar y me tocó el primer turno.  El miedo de entrar a una habitación no se pasa hasta que llevas varias semanas”  me dice Rosa. Esto te hace plantearte mucho más como ha debido de ser vivir algo así tan de cerca. “A nivel profesional, miedo, mucho estrés, siempre digo lo mismo, es como si te sacan de un servicio, de la noche a la mañana, y te meten en un servicio totalmente nuevo, por suerte los compañeros eran los mismo, pero era todo nuevo. Todos los días cambiaban las cosas, para mejorar, pero todos los días cambiaba algo. En el nivel personal, es complicado, no puedes ver a los familiares, no puedes desahogarte, aunque al final lo normalizas” concluye Begoña.

El principal miedo que se ha expresado desde los profesionales sanitarios es a contagiar  familiares: “Bueno es un horror, yo llegaba a casa y, literalmente, zapatos y ropa en la puerta, ducha, alcohol, no me toques, no me beses…no te acerques. Todo muy estricto” me contesta Ginesa, con un tono de agobio. “El terror de poder llevarte algo del hospital está ahí. Al final, te das cuenta de que siguiendo los protocolos no pasa nada. Por suerte aquí hemos tenido controles de sangre, para ver si éramos positivos o no, y eso te da mucha tranquilidad”.

Desde fuera, en ocasiones, se ha dado la impresión de que se había magnificado el problema. “Lo hemos vivido en el hospital, lo veíamos todo mal y no hemos parado de decir que hay que llevar cuidado. Aquí al final te das cuenta de que vas protegida, y entraba a las habitaciones sabiendo que iba protegida, pero el miedo no te lo quitas”. Prosigue Rosa haciéndome ver que la perspectiva es fundamental para llevar adelante el trabajo en estas condiciones. Begoña, toma la palabra y continua en la misma línea de su compañera: “Las cosas no están claras, se puede dar positivo en IGG pero no en PCR, no sabes cuánto tiempo van a durar las inmunoglobulinas, cuánto tiempo vas a ser inmune, está todo muy en el aire, y te preocupas de que a lo mejor lo puedes haber pasado y lo puedas transmitir, pero, para nuestra tranquilidad, nos hacen controles y seguimos dando negativo”.  Me comentan que ningún profesional de su servicio ha dado de momento positivo en PCR y que eso es síntoma de que se están haciendo las cosas bien, de que los protocolos funcionan.

Puede que cuando uno trabaja en una profesión que conlleva riesgo se acabe acostumbrando y que esta espada de Damocles se difumine en el día a día. Saber gestionar esto se hace parte indispensable del trabajo. “Esto va a formar parte de nuestra  normalidad, saber transmitir esa calma al servicio es parte del trabajo. Existen unos protocolos y dentro de lo malo, el tiempo me ha demostrado que si tú transmites tranquilidad, que estás ahí y les das apoyo la respuesta del equipo es espectacular. Tenemos un equipo maravilloso que se han ido ayudando unos a otros y eso ha ayudado a mejorar el protocolo de actuación y el trabajo del día a día”. Ginesa me responde con una confianza y apoyo total a sus profesionales,  de los que, no cabe duda, se siente orgullosa.

Llegados a este punto, me veo en la obligación de expresarles que yo no veo bien la distinción que se suele hacer entre sanidad pública y privada en este país y que no entiendo por qué se ensalza la labor de unos y de otros no. Sin entrar en harina, creo que profesionales buenos y malos habrá en todos los ámbitos laborales y que la gestión del mismo son “otros López”. Toma la palabra Ginesa, pero todas van en la misma sintonía: “Esto es una lucha política, yo lo tengo claro, soy igual de enfermera que alguien que trabaje en el público. La diferencia principal es hacer un examen, muy dificultoso, el resto es lo mismo. Yo reto a cualquier profesional de enfermería de la sanidad pública a ponerse un EPI junto a una de las mías, lo podrán hacer igual, pero no mejor”. “A mí me da rabia que solo se hable de la pública en las noticias”, interviene Rosa, “es como si en la privada no hubiéramos tenido pacientes ni hubiéramos trabajado en ello, nosotros también hemos estado luchando”. Begoña, que no ha parado de asentir mientras hablaban sus compañeras concluye: “Yo me siento muy mal, yo me he dedicado casi toda mi carrera a trabajar en centros privados, la mayoría de mis amigos son médicos y enfermeras, y todos hemos trabajado muchísimo,  y parece que no se reconoce. De hecho, recordar que dijo el gobierno que la sanidad privada pasaba al servicio de la pública”. Termina, haciendo una reflexión que a veces se nos olvida.

Me comentan que, por suerte, no han tenido ningún problema a la hora de el uso de equipos de protección (EPIs) y que en ese sentido, han sido privilegiadas.

Yo, por mi parte, me voy encantado de poder haber compartido un poco de tiempo con estas profesionales que se están dejando la piel para ayudar a luchar contra el Covid-19 y con la sensación de empezar a conocer la otra cara de la moneda.