José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
El dos de abril pasado, 45 componentes de cuatro generaciones de músicos y cantores de la Rondalla del Carmen se reunían a cenar en un restaurante de la ciudad, para actualizar recuerdos, revivir vivencias y aunar sentimientos en torno al pan y la sal de la amistad. Los mayores con más de ochenta años y los más jóvenes con muchos menos a la espalda, pero todos compartiendo la misma pasión por la música y con el recuerdo vivo de una actividad en la que fueron felices.


La Rondalla del Carmen nació en 1951, siendo superior de la Comunidad del Carmen Descalzo el P. José Manuel de María Santísima. La semilla puesta en el surco de la actividad carmelitana en Caravaca tras el regreso de los frailes al concluir la guerra civil, y la presencia al frente de aquellos del recordado P. Amado, comenzaba a dar sus primeros frutos al estrecharse los lazos de afecto e identificación de los carmelitas con la sociedad local.
Tras las fiestas de la Cruz, cada año, un grupo de jóvenes vinculados al Carmelo local comenzaban a reunirse con asiduidad para organizar las que podrían considerarse segundas fiestas en el calendario caravaqueño: las del Carmen, en un barrio de personalidad muy definida, con atractivos urbanísticos estivales.
Aquel año de 1951 decidieron nombrar una reina y corte de honor, agrupando a los músicos de pulso y púa de la ciudad para formar un grupo musical con el que amenizar las noches del estío previas a la fiesta de la Virgen del Carmen, y allegar fondos económicos con los que sufragar los festejos programados para los días 15 y 16 de julio.
Tomasín, el viejo alpargatero y buque insignia de la industria cañamera local, vecino del barrio, prestó a su hija Mercedes como Reina, y ella misma se encargó de reunir en su entorno a un grupo de guapas muchachas que revolotearían como “palomicas blancas” alrededor de la imagen Patrona de los Carmelitas y del barrio.
Entre los primeros músicos se recuerdan a Mateo el Guitarrero, a Santiago el Carambillo, a Paco El López, a Pedro José Martínez Nevado. Miguel el Hojalatero, Ángel el Carbonero, Paco Lloret, Juan Miguel Guerrero, Juan el Volteaor, el Pelusa, Juan el Chireta, Balbino, Dionisio el de las bicicletas, Pepe Rivero, los hermanos Mancheño, Manoble, Cris Torrecilla, Juan Jiménez, y otros a quienes el lector pondrá nombre.
Con el tiempo, los mayores fueron dando paso a otros  más jóvenes, como los hermanos Torrecilla, José Roca, Francisco el Donao, Toni Torrecilla, Carlos Roca y otros muchos a quienes, también el lector pondrá nombre de acuerdo con sus propios recuerdos.
Entre los cantores: Rosendo López Bolt, Antonio Martínez Iglesias, Fernando Torrecilla, Manolo Mané, Paco Navarro, Emilio Robles, Ramón García Álvarez, Francisco Sánchez y los hermanos Olivares, a los que el tiempo fue sustituyendo por otros más jóvenes.
Al frente de la Rondalla siempre iba un padre carmelita, que al principio fue el propio José Manuel y luego Antonio Soria (de quien se recuerda con especial cariño su porte y su voz), Pedro Tomás, Manuel, Pascual, Juan Vic, Ignacio, Santa Rufina y Dionisio Tomás entre otros.
La actividad de la Rondalla comenzaba cada año el día de S. Juan, fecha en que Juan Ford invitaba a músicos y cantores a un ágape en su propio domicilio. Desde esa fecha y hasta el 15 de julio, cada día, a lo largo de la mañana, se repartían sobres con un saluda en su interior en el que se anunciaba la presencia de la Rondalla por la noche en su domicilio, a las damas de un recorrido urbano establecido por calles, dejando las más largas y populosas para los fines de semana por aquello de trasnochar.
La Rondalla salía a las diez del Convento. La primera serenata era para la Virgen del Carmen a las puertas de su iglesia. A continuación músicos y cantores, junto al P. carmelita de turno se dirigían al comienzo de la ruta establecida para cada jornada, en la que se visitaban entre 30 y 40 domicilios. En éstos se aguardaba con impaciencia la llegada de aquella. Los más, empleaban el sobre del saluda  para introducir la limosna y dejarlo caer desde el balcón. Cuando el sobre volaba todos aplaudían porque era síntoma de que en su interior había billete de papel. Otros recibían a la Rondalla a las puertas del domicilio y entregaban su donativo en mano. A veces alguna familia, cuando las posibilidades de espacio lo permitían,  invitaba a músicos y cantores a pastas y bebidas para afinar la garganta. A media noche terminaba la ruta los días de diario, mientras que los viernes y sábados la actividad terminaba después
Cada noche, al terminar el recorrido, de nuevo en el Convento se hacía el recuento de lo obtenido, en presencia de todos cuantos se quedaban a ello. En los primeros años la colecta no pasaba de 500 pts. por noche, las cuales iban a engrosar la cantidad necesaria para la Fiesta, y de la que se detraían gastos relacionados con la propia actividad, sobre todo la rotura de cuerdas de los instrumentos que, con la humedad de la noche, se rompían fácilmente. Con la llegada del estado del bienestar económico las colectas diarias llegaron a sobrepasar a veces las 25.000 pts.
Las canciones eran entonces las que siguen siendo ahora: Clavelitos, Los chicos del Pireo, Luna de Miel, Granada, Las cintas de mi capa, La Carrascosa, Bajo la doble águila, Rogar y pasodobles varios que, con el tiempo, siguen sin pasar de moda.
La Rondalla llegó a tener bandera propia con los colores marrón y blanco carmelitanos, así como indumentaria consistente en una capa, también con los mismos colores. La bandera se adornaba cada año con cintas que bordaban, o pintaban, la reina y damas de ese período.
Al concluir las fiestas del Carmen con la procesión de la Virgen y la última verbena, la organización, junto a la Rondalla y colaboradores pasaban un día de convivencia y asueto en el campo o en la playa. En los primeros años a costa del padre de la reina y después por cuenta de la organización
La Rondalla del Carmen comenzó a languidecer en los últimos años ochenta del pasado siglo, incidiendo en ello la falta de afición por los instrumentos de pulso y púa y porque la financiación de la fiesta del Carmen comenzó a tomar otros derroteros. Fue en tiempo del priorato del P. Eduardo Sanz de Miguel cuando desapareció definitivamente, y con ella la presencia de la reina y damas, a las que en los últimos tiempos se habían sumado los denominados maromos o acompañantes masculinos de aquellas.
Hoy, la Rondalla es sólo un recuerdo. Una hermosa evocación del pasado que, un grupo de gente con capacidad organizativa y de convocatoria, imaginativo y con grandes dosis de entusiasmo, quiere revitalizar en aras de un proyecto de futuro.