Jesús Rodríguez Sánchez/Asociación “Descubriendo Moratalla”

Hay un lugar, en la linde sur del término municipal de Moratalla, más o menos hacia el centro, al norte-noroeste de la caravaqueña sierra del Gavilán, que recoge las aguas de la pedanía moratallera de Béjar, que constituye uno de los grandes cauces que más tarde se convertirán en el río Argos. Su dificultad de acceso y que no conduce a “ningún sitio”, le ha hecho pasar desapercibida para el gran público. De propiedad pública al formar parte del patrimonio regional, lo más conocido de esa finca es sin duda, la Casa y Vivero Forestal del Bebedor, actualmente en estado ruinoso y de abandono.

Pero quizás por resultar tan “remoto”, sus espectaculares farallones rocosos o cenajos, que decimos por aquí, han albergado y todavía conservan, importantísimos tesoros arqueológicos y también naturales.

En esa zona existen varios abrigos en los que se encuentran pinturas rupestres apenas conocidas por los expertos y algunos aficionados. Entre sus muchísimas cuevas, hay abudantes rastros de poblamientos de varias épocas, probablemente desde el neolítico hasta época medieval, cerámicas diversas, restos humanos y sobre todo, algún enterramiento colectivo, éste perfectamente catalogado e incluido en la Carta Arqueológica Regional (Gatera de Cristina).

Desde hace varias décadas, antes de la existencia de la Red Natura 2000, las Buitreras y el Bebedor estaban protegidas además de por sus propias barreras naturales, por el cerramiento de sus accesos y por la declaración de Refugio de Caza, imaginamos que en aquellos tiempos, el objetivo era facilitar la expansión de la cabra montés, algo que sin duda, ha tenido éxito en mayor o menor medida, puesto que la población de este ungulado, ha ido creciendo paulatinamente pese a que siempre hubo furtivos amantes de colgar de las paredes de su salón, la imponente cornamenta que exhiben los machos de esta especie. Pero la riqueza faunística de este auténtico paraíso natural siempre fue mucho más allá de la presencia de las “montesas”; en primer lugar, una pareja de águila real como máxima exponente de la fauna, una pareja de halcón peregrino, y un gran bando de chova piquirroja; pero faltaban los que precisamente daban nombre a esta singular rambla, los buitres leonados, caídos masivamente según se cuenta, por efecto de una mula o una burra envenenada en el cortijo del Pajarejo en los años 70 del pasado siglo. Pero las grandes repisas, los lugares apropiados para ubicar sus nidos permanecían allí, como esperándolos, y por fin, también las grandes aves necrófagas más extendidas, decidieron volver un día de hace en torno a 20 años a unos riscos de los que nunca debieron haber desaparecido.

La vegetación también es de gran interés, por la abundancia de encinas, pinos negrales y por un arbusto muy poco común en esta región, el boj, que crece en las laderas más húmedas, las orientadas al norte.

Por alguna razón que desconocemos, esta extraordinaria joya natural, no fue incluida en ningún espacio de la naciente Red Natura 2000, pese a ser terrenos públicos y quedar muy cerca del Lugar de Interés Comunitario Sierra del Gavilán, ahora Zona de Especial Conservación. No sabemos si todavía sería posible añadirla, pero, en cualquier caso, si simplemente continuase la misma gestión que hasta ahora, por parte de los servicios del medio natural de la Comunidad Autónoma de Murcia, es decir, conservando la declaración de Refugio de Fauna, ya que como dice el primer punto del artículo 23 de la Ley 7/2003, continúan dándose las mismas razones biológicas, ecológicas, científicas y educativas, que el día en que fue declarado como tal, sería suficiente.

Es conveniente que los habitantes de la comarca Noroeste de la Región de Murcia, y porqué no, también de toda la comunidad autónoma, sepan que hay rumores con fundamento que dicen, que la zona podría dejar de ser un santuario para la fauna salvaje y pasar a ser el coto de caza de unos pocos privilegiados.

Mal final sería, para un lugar con grandes recursos históricos y naturales, que cuenta con una casa forestal a la que se le está hundiendo el tejado y que podría convertirse en un centro de interpretación de las montañas murcianas, puesto que, además, su proximidad y buena conexión con la carretera que une Archivel con El Sabinar, la sitúan en el lugar ideal.