JOSÉ ANTONIO MELGARES

Mari Sol Zamora García, segunda hija del médico local Alfonso Zamora  y de su esposa Soledad, comenzó su cuarto curso de bachiller en octubre de 1958, en el colegio de monjas de la Consolación (entonces en la Puentecilla), ajena al protagonismo que le aguardaba en la renovación de las Fiestas de la Cruz que se proyectaba para el siguiente año de 1959. Al domicilio de los Zamora llegó la propuesta a través del ya templario Juan Miguel Guerrero López, aún novio de la hija mayor del matrimonio, María teresa, quien contagió la ilusión festera a la madre de ambas (y no tanto al cabeza de familia). Mari Sol aceptó la propuesta como si de un arriesgado y emocionante juego se tratara, y su madre se puso en contacto, de inmediato, con Pedro López Guerrero (Perico el Alto) para, basándose en un criterio estrictamente histórico y en ilustraciones de época medieval, extraídas de viejos libros que Perico manejaba, diseñar la indumentaria que habría de lucir el siguiente dos de mayo la primera Reina Cristiana de la historia de la Fiesta. El proyecto comenzó a tomar forma en las habituales reuniones del grupo de matrimonios formado, entre otros, por los Aznar Sánchez, Torres Boneu, Gómez Robles, Carrasco Alegre, Arroyo y López Guerrero (Ford), cuyos hijos integrarían la corte cristiana. De ahí la presencia, como damas de la Reina de Mari Cruz Torres Boneu y Gracita Gómez Robles, así como de los escuderos José Luis Orrico, Luis Martínez-Carrasco Alegre, José Luis Gómez y Ángel Morenilla, y de los pajes Pedro y Ángel Hervás Jiménez (hijos del ex alcalde Manuel Hervás Martínez).

Mari Sol Zamora García fue reina tres años

Mari Sol Zamora García fue reina tres años

El taller real, tras desechar la idea inicial de alquilar la indumentaria en la casa Cornejo de Madrid, después de haber visitado la empresa y comprobar que lo ofrecido por ella era usado y hasta viejo, se instaló en el domicilio de sus padres (en la entonces calle del general Queipo de Llano y hoy Doctor Alfonso Zamora), contando con la ayuda, como profesional, de Isabel Bermúdez (Isabelica la Manca) y la afición de Dª. Soledad, quien por su origen lorquino, dominaba a la perfección el dibujo y el trabajo del bordado a base de apliques. Así se confeccionó el único traje que sacó Mari Sol en las Fiestas del 59, cosido y bordado íntegramente por la citada Isabelica, ella misma, su hermana Tere y su madre. Un vestido de color rosa, bordado con lentejuela y perlas de fantasía, con capa de terciopelo azul, bordado con hilo de plata y simulación de forro de piel de armiño. La corona, que aún conserva, fue obra, totalmente artesana, del relojero local Pedro San Nicolás, a partir de dos brazaletes de los usados en  el traje regional valenciano femenino.

El caballo de Mari Sol, como el de su compañero el Rey Cristiano, vino de La Puebla de Don Fadrique, siendo la silla de montar propiedad de su abuela materna, de Lorca. Su palafrenero: Prudencio, vino con los caballos también de La Puebla siendo su nombre  fiel reflejo de su forma de ser (hombre prudente que regañaba a nuestra Reina cuando ésta se permitía correr en exceso o cometer travesuras con el animal una vez que se habituó a él). Mari Sol no había montado jamás a caballo y tuvo poco tiempo para ensayar, haciéndolo en el Camino del Huerto, por las tardes, durante los últimos días de abril previos al comienzo de las Fiestas.

Así las cosas llegó el esperado dos de mayo hechos todos un manojo de nervios, y sin dormir varias noches antes, ante la incertidumbre de la respuesta popular. Sus recuerdos de aquel día están relacionados con el entusiasmo de la gente en la calle, con los piropos recibidos y con el también entusiasmo con que los atónitos espectadores acogieron su primer saludo en la C. Mayor: el primer y tímido saludo de la Fiesta, recibido con aplausos y vivas que no cesaron hasta la conclusión de las mismas. De la primera salida recuerda que fueron a recogerla, en comitiva institucional, el apuesto Juanito Aznar (a quien conocía sólo de vista, no uniéndole hasta entonces amistad alguna), las damas y escuderos de su corte, los maceros reales Adrián Caparrós y Juan Olivares, y los templarios con unas cuantas trompetas que dirigía el maestro Pablo Guerrero. La invitación que en el portal de su casa hicieron sus padres, a base de licores y dulces y los comienzos del desfile cristiano, camino primero del domicilio del Hermano Mayor, luego del Ayuntamiento y después hacia el Templete, por la Gran Vía, para asistir a la Misa de Aparición.

El paso por la calle Mayor (a la vuelta del Templete), camino del Castillo, resbalando los caballos en el pavimento, y la subida al Castillo por las cuestas entonces aún sin asfaltar, fueron obstáculos salvados con éxito aquella mañana en que todo era desconocido y nuevo a la vez. Así mismo, el nerviosismo de los animales al día siguiente, durante el Parlamento, que hicieron a voz en grito, sin megafonía alguna, los reyes Moro y Cristiano, y las innumerables llamadas telefónicas felicitando a sus padres durante los días de la Fiesta y siguientes, son otros de los recuerdos guardados en su memoria, que aún permanecen vivos en la actualidad, cincuenta años después.

Mari Sol Zamora fue reina cristiana durante tres años (59, 60 y 61), y dejó de serlo a petición de su novio Pascual Morenilla, con quien casó a los diecisiete, con la ilusión de que algún día ocupara su lugar en la Fiesta una hija suya, lo que estuvo a punto de suceder años después, cuando su primogénita pudo serlo, con su primo Manuel Alfonso como Rey, proyecto que no cuajó por razones que no vienen al caso. Su perfil físico y humano fue el referente durante mucho tiempo a la hora de buscar a sus sucesoras entre las chicas de la ciudad: guapa, de aspecto bondadoso y sumiso,  ademanes elegantes y caravaqueñismo probado.

A la hora del balance, en el año del cincuentenario del comienzo de aquella feliz locura, Mari Sol confesó que las experiencias del primer año le sobrepasaron, por la precipitación y lo apresurado que fue todo, no haciéndose a la idea, al principio, de la importancia de la empresa; y que cuando verdaderamente vivió su reinado fue durante los dos años siguientes, en que disfrutó y fue consciente de su papel en la historia local. Esa historia que comenzaron a escribir un puñado de héroes locos e ilusos, con la mirada puesta en el Castillo, escrita con letras de oro y fantasía, en cuyo transcurso nos encontramos y cuyo final no debe existir.