José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz

Un refrán muy repetido en los años del ecuador del S. XX, hoy en desuso, afirmaba haber tres jueves en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Cristi y el día de La Ascensión, todos ellos de marcado tinte eucarístico, siendo los dos últimos los preferidos por las gentes para la primera comunión de los hijos y nietos. Aunque en lo fundamental nada ha variado, como es evidente, sí que ha cambiado, y mucho, la mentalidad y el aspecto social que enmarca la primera comunión.

La catequesis y la confesión previas, y el acto en sí permanecen inalterables, sin embargo ni el ayuno eucarístico es el mismo, ni el atuendo, ni los recordatorios ni los regalos, ni siquiera la celebración posterior; todo ello en función de los cambios experimentado con el paso el tiempo.

Como es sabido, el concepto de ayuno eucarístico cambió en los últimos años cincuenta, cuando la Iglesia permitió la celebración de la Sta. Misa por la tarde, y el cumplimiento del precepto dominical a partir de las primeras vísperas del sábado. En la época a que me refiero la primera comunión tenía lugar siempre por la mañana del domingo, y a hora temprana pues el citado ayuno eucarístico imponía no comer ni beber nada desde las doce de la noche del día anterior y no era cuestión de tener al primocomulgante sin alimento alguno en su cuerpo hasta bien avanzada la mañana de la fecha en que tenía lugar la ceremonia.

Con el tiempo el ayuno se suavizó y se estipuló que fuera de tres horas antes de recibir la comunión, hasta que, pasado el tiempo se estableciera una hora, como sigue en vigor según los preceptos católicos.

Tras la misa en cuyo transcurso se recibía la primera comunión, la familia y algún que otro amiguito, pero nunca en la cantidad que hoy, se reunía en el domicilio donde los padres del niño o niña invitaban a desayunar a base de chocolate y bollos suizos, torta casera y pastas, pero nada más. Durante la celebración, los familiares que no habían hecho el regalo con anterioridad, lo hacían en ese momento, dando dinero al nene o a la nena en cantidades que hoy parecerían irrisorias.

El mejor regalo en metálico que recibió quien esto escribe en 1955, fue la nada desdeñable cantidad de cinco duros, veinticinco pesetas que el lector se encargará de traducir a céntimos de euro. Un regalo bien considerado entonces era de un duro, y de ahí para abajo cada lector aportará para si mismo sus propias experiencias.

Los familiares más allegados y por tanto más obligados, habían hecho el regalo con anterioridad, consistente en el libro, los zapatos, el crucifijo o el rosario, quedando la medalla de oro (con el Corazón de Jesús en el anverso y la Virgen del Carmen en el reverso), o la Cruz de Caravaca, para los abuelos, algún tío rico o los padres. Un regalo muy socorrido en la época a que me refiero, era la consabida caja de bombones.

Tras el desayuno, la reunión familiar se disolvía y era entonces cuando el nene, la nena, o ambos (pues solía esperar el hermano mayor al menor para ahorrar gastos), se dirigían a visitar a familiares y amigos que por su edad, o estado de salud no habían acudido a la ceremonia y posterior desayuno. Invariablemente el niño o niña, ataviado con su indumentaria al efecto, marcaba el ritmo en solitario, siguiéndole un diminuto grupo de familiares muy allegados.

La indumentaria cambió mucho a lo largo del tiempo. El vestido blanco, sobre cancán almidonado y peinado de tirabuzones en la niña y el uniforme de almirante, mariscal o simple soldado marinero en el niño, dieron paso a los sencillos hábitos blancos para ambos sexos, que luego derivaron de nuevo a lo de hoy, muy parecido a las novias femeninas y a los uniformes militares concebidos con gran fantasía creativa. También ha variado mucho la estampa o recordatorio que entonces entregaban los propios niños a familiares y amigos a cambio de la propina o regalo en metálico antes referido, que la niña guardaba cuidadosamente en el bolsito de mano que pendía de su muñeca.

Aquellos recordatorios eran ingenuas estampas, generalmente de mala calidad, con motivos eucarísticos en el anverso y una simple y a veces cursi leyenda en el reverso, con la fecha y sitio en que había tenido lugar la celebración religiosa. La referencia al Pan de los Ángeles era muy frecuenta en clara alusión a la hostia consagrada.

Con el tiempo, aquellas estampitas derivaron a las fotografías de estudio del primocomulgante, ataviado con la indumentaria de ese día, lo que exige vestirles previamente, para posar en el estudio fotográfico del profesional elegido.

Tras la prueba a que eran sometidos los vestidos o trajes a lo largo de la jornada, que solía terminar a medio día tras la visita a familiares y amigos, para lucir en la calle la indumentaria de la que tan orgullosas se sentían madres y abuelas, los niños y niñas, en grupos, participaban, como aún hoy muchos hacen, en las procesiones eucarísticas vespertinas del Corpus y su octava, al jueves siguiente; e incluso algunos, los más cuidadosos aún repetían en la procesión de la Virgen del Carmen, en el mes de julio siguiente.

No todos los niños y niñas participaban en las procesiones aludidas, y ello por diferentes motivos entre los que el más importante era el destrozo que el atuendo había sufrido con motivo de los juegos infantiles propios de los críos, que impedían volverlos a poner, aunque muchos eran cuidadosamente guardados para servir al año siguiente al hermano o primo que venía detrás. Las cosas han cambiado mucho.

La ceremonia tiene lugar ahora a medio día. El desayuno se ha trocado en comida y no es en casa sino en restaurante con menús de precios desorbitados que ha habido que contratar y reservar con meses de antelación. Los obsequios, en especio o metálico han disparado su valor económico cambiando los bombones, el rosario, el libro o la medalla, por chirimbolos informáticos de última generación, y algunos agnósticos organizan las denominadas comuniones civiles en las que el niño o la niña se visten para el caso, comen en restaurante con sus invitados y reciben obsequios, pero no van a la iglesia y por tanto no comulgan.

También muchos de ellos, ese día, llevados por la costumbre o la presión social, hacen su primera comunión, que también suele ser la última si no hay alguna abuela pendiente de que ello no sea así.

Ceremonias fastuosas ocasionales de primera comunión fueron otrora las celebradas por las Monjas de la Consolación para las alumnas de su colegio, con banda de música que acompañaba al grupo desde el colegio, entonces en la C. María Girón, al Salvador, mientras que las organizadas por los PP. Carmelitas para sus alumnos del Colegio Niño Jesús de Praga eran más discretas.

En cualquier caso, la primera comunión, o el boato que rodea a la misma, ha cambiado con el paso del tiempo, y ello que no es ni bueno ni malo, es signo del paso del tiempo, del viento que sopla y de la moda que impera, sin menospreciar la cuestión económica, que puede crear una nueva moda en años venideros.