Ya en la calle el nº 1047

La Plaza, por Isabel Martínez Llorente

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

¿No sentís vosotros esta concordancia secreta y poderosa de las cosas que nos rodean? ¿No veis en esta pequeña ciudad una vida tan intensa, tan bella como la de las más grandes y tumultuosas urbes del mundo? Todo merece ser vivido en la vida; no hay nada que sea inexpresivo, que sea opaco, que sea vulgar a los ojos de un observador.

José Martínez Ruiz, Azorín
La Plaza, por Isabel Martínez Llorente
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El planeta atesora lugares hermosos, pero hay uno que a mí me sobrecoge. Es una plaza antigua que ha visto pasar siglos de historia, intrigas de gentes, trasiegos y desvelos cuando una vez fue un fortín amurallado con su castillo y sus personajes de leyenda. Se sitúa en la zona alta de un pueblo lleno de encanto y, desde su balconada se asoman, eternos, los tejados de las casas bajas. En la mañana otoñal, cuando el frío comienza a vestir las paredes y las calles, una mujer se pierde del mundo y su trajín.

La Plaza, por Isabel Martínez Llorente
Vista del casco antiguo de Cehegín desde la Plaza del Castillo

Aparca el coche y apaga a la vez sus prisas y urgencias. Lo deja todo allí abajo. Sube las escaleras que llevan hasta el lugar, recorre la calle estrecha y larga con casas señoriales y escudos nobiliarios testigos de una época dorada. Accede a la plaza y ahí está, coronada de gracia, la torre de la iglesia mirando el horizonte. A su izquierda hay un gato que observa desde la escalera de un museo que custodia el pasado romano de este lugar cómo pasa la mujer, con qué sorpresa advierte que el silencio y el aire son aquí un idioma. Se encamina hacia la balconada en la que podrían resumirse casi todos los mundos: sucesión de tejados que encierran en su piel los secretos de gentes que acaso ya no existan, vidas que vivieron esas mismas paredes. Cada vez que se para a contemplar el enjambre de tejas y chimeneas recuerda ese famoso texto azoriniano de Tiempos y cosas en el que decía tener “una profunda simpatía por los tejados”… Y se ve a sí misma intentando detener el paso del tiempo. ¿Cuántas veces algún otro viajero pararía aquí sus pasos y lanzaría sus dudas al viento?: ¿dónde queda lo que fue y ha dejado de ser?, ¿qué fue de aquel muchacho que aquí, una lejana tarde, pronunció un adiós? Vuelve la vista a sí misma: ¿qué miradas azules detendrán el sol apaciguado de este día otoñal?, ¿quién pronunciará las palabras nunca dichas que se ahogaron en la noche de los tiempos?

El gato, impasible, dormita en su trono, no se ha movido. Ella enciende un cigarrillo y contempla la mañana: los colores ocres, el humo que se va entre las tejas, un paisaje de huerta allá a lo lejos ilumina la estampa. Deben de ser casi las diez: la campana, implacable, vuelve a dar sus avisos. Un anciano pasa lento, la mira y dice adiós. En ese momento ella repara en la antigua costumbre de ofrecer el saludo aunque nunca te hayan visto, y siente la distancia infinita que existe entre este lugar y la ciudad hostil, con sus ruidos y atascos, con sirenas y gentes, con bullicio de vidas que siempre son anónimas, con distancias y espacios que no le pertenecen, que nunca fueron suyos aunque haga allí su vida. Sin embargo, este espacio, esta plaza… Aquí subió siempre a encontrar todo aquello que a los mortales les ha sido negado: el aroma del tiempo, la imprevisible forma que tienen los mapas sin fronteras, las distancias cercanas, la presencia perpetua de esa misma luna que aspira siempre hacia el mismo infinito.

Aquella mujer es esta que ahora teclea sobre mares de nostalgia, sabiendo que la patria es el recuerdo de todos los momentos que pasaste en la plaza, las palabras de aquel atardecer que te invaden los ojos. La patria es una sensación, una antigua voluntad de volver a ser niña, de atisbar un halo de aquella joven de entonces, de jugar a inventar las vidas y misterios que esconden los tejados, de esperar a contar el tañer de campanas, de saltar a la comba y volver pronto a casa. “No hay nada que sea vulgar a los ojos de un observador”, decía Azorín, y en esta plaza todo cobra sentido, cada piedra, cada olvido de las voces que una vez pasaron por aquí y que ahora, con el paso de los siglos, pueblan su espíritu.

Hay lugares hermosos, por ejemplo, la plaza del Castillo de Cehegín, habitada por la sombra lejana de una alcazaba con su muralla. Si no la has visto, no dejes de hacerlo; pero cuídate, porque en ella el aroma de los siglos es lánguido como el ronroneo de un gato que sigue acostado al sol, sutil como el humo de un cigarrillo que ya alcanza su final, melancólico como el peso de un adiós que deja un eco insalvable.

Viejaluna,
tú eres la sintaxis de mi melancolía.
Luis García Montero

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