Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Los hombres salían cada día a la Calle Mayor con el pretexto del trabajo y de los pequeños negocios a encontrarse con el resto de los hombres, porque aquel era un mundo de hombres, y solían hacer la piti, un aperitivo antes de la cena, que pagaban a escote y que los acercaba más en aquellos días del invierno moratallero, mientras no cesaban de hablar de proyectos, ventas, peonadas, precios de los productos agrícolas o el eterno problema del agua. Iban al Tarugo, al Mellinas, al Moreno o al Emigrante, pedían una botella de vino, unos vasos y el condumio, a veces también un plato de garbanzos torraos o un tomate partío con aceite y sal. Y hacían la piti.

Yo creo que todavía la hacen, aunque los bares no son los mismos y algunos ya han desaparecido, pero cuando paso por la calle sigo oyendo a los hombres gritando en su interior, con el entusiasmo de los que ya han satisfecho su jornada de trabajo y en casa los esperan sus mujeres para seguir cuidándolos.

La piti por aquel entonces era casi una ceremonia sagrada, no se hacía por comer ni por beber, no se hacía por buscar trabajo o hablar de cualquier cosa, no se hacía por interesarse por el amigo y preguntar por los suyos. Y se hacía por todo esto a la vez. Los inviernos eran largos y fríos, las noches cerradas y aburridas, y la piti constituía una isla en las horas monótonas de la jornada. En los veranos ocurría otro tanto. Estar con los demás, oír sus voces, sentirse cerca los unos de los otros, compartir la fatiga del trabajo, las penalidades y los temores eran suficiente causa para encontrarse cada tarde en torno a una botella de vino.

Mi padre y mi tío Jesús lo hicieron toda su vida y casi siempre juntos con los mismos amigos y casi en los mismos bares. Era un hábito de los mayores que entraban a los bares de los viejos como los llamábamos nosotros, aunque también nosotros con el paso de los años comenzamos a hacerlo como una iniciación en el rito de la madurez, aunque para nosotros fue demasiado tarde, pues llegaron de improviso  las cafeterías modernas y los pub y nos cambió la vida.

De aquellas piti de antaño, que no eran otra cosa que la necesidad de juntarse en un bar cualquiera para tomar algo y charlar ha derivado esta última moda, tan particular sobre todo en un pueblo como Moratalla, de salir de casa  a tomar el desayuno cada día en una cafetería con los amigos.

La verdad es que esta costumbre se ha extendido por toda España en los últimos años. Ya casi nadie se queda en su morada para esta primera comida del día, como si las terrazas en la calle o el espacio de otros locales nos estimularan de una forma nueva. Hace tiempo que desayunar fuera mola, acaso se trate de nuestro espíritu mediterráneo y levantino, de esas ganar de salir a la calle y vivir siempre fuera de casa, de la urgencia de hablar con los otros, comentarlo todo, quizás también intercambiar chismes o ponernos al día con algunos sucesos del pueblo.

Hemos pasado en muy poco tiempo de aquellos aperitivos suculentos y contundentes de hombres recios  antes de la cena, de la piti más ortodoxa y tradicional, con una botella de vino, un plato de embutidos y pan del horno a unos cafés con leche sin lactosa descafeinados de máquina y una media tostada de aceite y de tomate para enfrentar el día con otro ánimo, mientras departimos sobre el último escándalo televisivo y disfrutamos de la vista de la sierra.

El caso es vernos a menudo para tomarnos algo.