Pedro Antonio Martínez Robles
Me decía un día José Gil, mientras oíamos sonar el timbre de un teléfono móvil, de regreso de una excursión romera sin bordón ni esclavina, sino en coche y compuestos de traje y corbata, como corresponde a los tiempos que corren, que se acordaba del día en que junto a unos amigos anduvieron cerca de 10 kilómetros para ir a ver un aparato de radio que habían llevado al cortijo de Los Milicianos.

De eso hace ya más de 60 años y por entonces, seguramente, José Gil no estaría aún ni barbado, que más bien andaría lampiño o con los primeros granos, como pájaro en cañones. Mientras José Gil me contaba esto, la primera imagen que me cruzó la cabeza fue la que Gabriel García Márquez nos ofrece de manera tan magistral en las primeras líneas de su novela Cien años de soledad, cuando el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. La admiración que estos y otros prodigios, tan elementales hoy, suscitan en la imaginación de las mentes vírgenes —el hechizo incomprensible del fuego, del que nos habla tan hábilmente Hermann Hesse en una de sus novelas y cuya contemplación tanto nos fascina, la cristalización del agua en hielo cuyo descubrimiento cautiva de por vida a Aureliano Buendía, o el vuelo inaudible de las palabras, capaces de cruzar miles de kilómetros en silencio para reunirse de golpe y emerger desde la magia de una pequeña caja de madera o de metal, que atrae la curiosidad de José Gil y sus amigos hasta el extremo de caminar más de 10 kilómetros para presenciar el descubrimiento y no olvidarlo jamás— me hace pensar que hemos vivido siempre subyugados por cuanto nos rodea, pero con distintos matices, según la época que nos toque vivir; así, por ejemplo, la esclavitud a que nos somete la atracción del fuego, el hielo o la magia de la ondas sonoras lleva implícitas la fascinación, la curiosidad o la emoción, mientras que todos los elementos, cada vez más perfeccionados, que nos ofrece el progreso, igualmente nos esclavizan hasta el punto de sentirnos inútiles sin las soluciones que nos facilita la informática o las ventajas de un teléfono móvil, pero dudo mucho que en este moderno sistema de esclavitud haya fascinación, curiosidad o emoción para la inmensa mayoría de aquellos que lo empleamos.