José Antonio Melgares Guerrero/ Cronista oficial de Caravaca y de la región de Murcia

La palabra “pedimenta”, que deriva del verbo latino “peto” y que en su forma perifrástica viene a significar “lo que se ha de pedir”, está relacionada en Caravaca y su término con lo necesario para el culto y la celebración de las fiestas anuales a la Vera Cruz. Dos “pedimentas” (o cuestaciones, o colectas) tienen lugar a lo largo del año natural.  Una durante los meses previos a las fiestas mayores, en que se solicitaba (y aún se viene haciendo), por una comisión de la Real e Ilustre Cofradía, la colaboración económica del comercio y la industria local, para la digna celebración de las “Fiestas de Mayo”, cuando no existían, o eran exiguas, las subvenciones y los apoyos municipales o de otras instituciones provinciales. Porque, recordemos una vez más, que las fiestas a la Vera Cruz en nuestra ciudad, siempre las financió el pueblo gracias a la imaginación e iniciativas de la mencionada Cofradía, si bien desde el Concejo se ayudaba en cuestiones de tráfico, orden público, iluminación, ornato callejero etc.

La otra “pedimenta”, objeto de mi comparecencia hoy en EL NOROESTE, cuando las exigencias de la pandemia del Covid 19 lo han permitido, es la que tenía lugar a lo largo y ancho de las tierras del campo del término municipal (y a veces de algún espacio geográfico de otras provincias colindantes con la nuestra), durante la segunda quincena de julio y todo el mes de agosto, alargándose a veces al mes de septiembre, para recoger, en especie, las ofrendas de los campesinos y propietarios, tras la conclusión de la cosecha de cereales.

Los libros de cuentas, y sobre todo las actas de los cabildos ordinarios y extraordinarios de la Cofradía de la Stma. Cruz, mencionan con frecuencia, anualmente, las comisiones de personas que habían de repartirse las tierras del campo donde se hacía “la pedimenta” en el período de tiempo citado; así como lo obtenido durante las mismas. Capítulo económico, el más importante, a la hora de atender las necesidades derivadas sobre todo del culto, y también de la organización de las fiestas a la Sda. Reliquia en mayo, julio y septiembre. Con el tiempo la costumbre languideció y llegó a desaparecer durante la guerra civil (1936-39) y el largo período de la posguerra, en que la economía de la población se vio tan perjudicada. Sin embargo, con la llegada a la presidencia de la Cofradía, como Hermano Mayor, del médico oftalmólogo local Miguel Robles Sánchez-Cortés, entre 1950 y 1951, además del viejo festejo de “La Retreta”, al que me referí en la Revista de Fiestas tiempo atrás, se recuperó la “pedimenta” en el Campo, durante un corto período de tiempo, hasta que aquella forma de cuestación en especie dio al traste definitivamente en los años sesenta del pasado siglo.

A través de dos jóvenes participantes, entonces, en las colectas o “pedimentas” del Campo (Mariano García-Esteller Guerrero y Juan Manuel Robles Oñate, he podido reconstruir el desarrollo de aquellas en su última época. Las comisiones se nombraban en Cabildo General Ordinario (celebrado a finales de junio de cada año). Se componían exclusivamente de hombres, voluntarios, que nunca cobraron nada por este trabajo, y cada una hacía el recorrido previamente establecido, por los caseríos y cortijos del campo, en camionetas (una de las cuales era la de Juan “El Picaor”), encabezadas por uno o dos miembros de la Junta Representativa, conocidos y reconocidos en el Campo: el citado Miguel Robles Sánchez-Cortés, Miguel Sánchez Guerrero (popularmente conocido como el “Michi”) y su hermano Pepe. Paco Fuentes, Juan Aznar, Diego Jiménez-Girón, Manuel Guerrero Sánchez; Juan Navarro Sánchez (“Fantasía”), Pedro Antonio Melgares de Aguilar, Mariano García-Esteller Bañón y otros, a quienes en la mayoría de los casos se les esperaba, pues la limosna que se entregaba, en trigo o centeno principalmente, era muchas veces fruto de promesas a la Sda. Reliquia, mandas testamentarias o simplemente agradecimientos por favores recibidos en la familia o en las tierras de labor.

La limosna que se entregaba solía ir desde el medio celemín hasta la fanega (barchilla, media fanega etc), que se envasaba en los sacos o costales que, debidamente colocados en la caja de la camioneta, iban a parar (concluida la jornada), a la fábrica de harinas entonces de los Robles (el Molino de las Fuentes), donde se pesaba y se convertían en metálico los kilos de cereal recogidos a lo largo de todo el día en muy duras jornadas por los campos, bajo el sol abrasador estival. Ayudaban durante estas largas e incómodas jornadas de “pedimenta”, formando parte de la comitiva José, e Isidro Villalta, sí como otros voluntarios ocasionales, en fechas puntuales.

La Cofradía nunca tuvo granero propio para almacenar el grano recogido en la “pedimenta”, sino que, como acabo de decir, al término de cada jornada, lo recogido se llevaba al molino, entregándose al tesorero de la Institución lo obtenido, en metálico, asentándose debidamente las cantidades en los libros de cuentas y dando cuenta de ello en el Cabildo General Ordinario siguiente.

Los limosneros entregaban a los donantes obsequios o recuerdos, siempre con la imagen de la Vera Cruz como protagonista y en función de la limosna entregada. En la mayoría de las ocasiones eran grabados o estampas de la Sda. Reliquia. Otras veces eran cruces de aleación metálica, de las que las buenas gentes afirmaban que “se abrían” cuando había tormenta (simples o bivalvas, con paño de color rojo o verde entre ambas), y excepcionalmente una capillita de hoja de lata con portezuela de cristal, en cuyo interior figuraba una cruz metálica y flores contrahechas en el entorno de la misma. Nunca había dos de estas capillitas iguales, pues eran piezas de artesanía que la Cofradía encargaba a hojalateros locales, como los Abarca, quienes las fabricaban con retales del material indicado, sin repetir dimensiones ni ornamentación. Estas capillitas (que son fáciles de encontrar en comercios de antigüedades de toda España), se entregaban a los donantes más generosos, y aún se conservan en algunas casas del campo y la ciudad. Las cruces, simples o dobles, con iconografía en su superficie relacionada con el “Milagro de la Cruz”, las encargaba la Cofradía a las fabricas de San Juan de Alcaraz, y eran muy apreciadas no sólo en el término municipal de Caravaca sino en toda España, por la generalizada creencia de que su colocación en la puerta o ventanas de los domicilios, preservaba a éstos de los nocivos daños causados por las tormentas primaverales, estivales u otoñales. Estas cruces se distribuyeron por todo el territorio nacional por los limosneros caravaqueños que a lo largo de los siglos XVII y XVIII pedían limosnas por toda España para la construcción de la Real Capilla de la Vera Cruz, intramuros del Castillo de Caravaca.

La “pedimenta” en las tierras del Campo se perdió, como tantas cosas, cuado la economía comenzó a mejorar, y la imaginación de las gentes sustituyó prácticas tradicionales de colecta, por otras con las que obtener los medios necesarios para los mismos fines que otrora. Hoy es difícil imaginar el trabajo desinteresado de aquellos limosneros, en condiciones de desplazamiento (por caminos de tierra y piedras) y climatológicas tan adversas, a quienes reconocemos y agradecemos los de nuestra generación, sus meritos y su desinterés en beneficio siempre de la patrona, la Stma. Cruz.