José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y la región de Murcia.

Ahora, cuando concluye la campaña de recolección y cocción de plantas aromáticas para la obtención de esencias con las que la industria fabrica toda clase de perfumes, colonias y productos farmacéuticos, puede ser el momento oportuno para reflexionar sobre una actividad económica tradicional en las tierras del Noroeste Regional, y más concretamente en los términos municipales de Caravaca y Moratalla.

El Cronista recuerda en su infancia, durante los años posteriores al ecuador del pasado siglo, la existencia de bastantes personas implicadas en esta actividad estival, cuyo período de recolección y elaboración se extiende (más o menos) desde Santiago a S. Bartolomé (25 de julio al 24 de agosto), y de la existencia de abundantes “calderas”, diseminadas por estas tierras, cuya presencia era anunciada por el inconfundible y delicioso aroma que inundaba su entorno. También la dificultad para encontrar obreros durante la temporada mencionada, pues todos los braceros, temporeros y obreros del campo optaban por la recolección del “tallo”, a destajo, en el monte; actividad que producía importantes beneficios económicos, que a muchos de ellos permitía cierto desahogo en la siempre precaria economía familiar.

En la zona mencionada del Noroeste Murciano se trabajaba principalmente con el “espliego” (o lavanda, o lavandín), que crecía y sigue creciendo en el monte como vegetación propia del lugar. Los recolectores salían al monte, con uno, dos o varios burros, para aprovechar las horas de sol en el segado del “tallo” (termino general para las plantas aromáticas), espacio de tiempo en que las flores están abiertas y “no se esconde la esencia”. Pasaban todo el día en la tarea de la siega, buscando las manchas donde crecía libre y salvaje el espliego; y se dirigía, al anochecer a las calderas, con el animal o animales cargados. Allí, una vez pesado el producto, se les pagaba de forma instantánea, al precio que cada año se fijaba.

En la caldera también se trabajaba a destajo, durante las 24 horas del día. Se ubicaban siempre junto a una balsa o una corriente de agua continua, y se utilizaban obreros de cierta cualificación, que se encargaban de cargar el recipiente de tallo, con grandes horcas metálicas, y pisando y aplastando el contenido hasta la obtención de una masa compacta de “tallo”. Una vez llena la caldera, se cerraba herméticamente y se encendía fuego bajo la misma. Cada contenedor contaba con un doble fondo, separado por rejilla metálica, destinándose el inferior a depósito de agua.

Al hervir el agua, por efecto del calor producido por el fuego, sube el vapor por entre las flores de la lavanda, arrastrando su esencia. Cuando el vapor llega a la cima de la caldera, comienza a circular por un tubo introducido en la balsa o corriente de agua fría. Al entrar el vapor en contacto con el frío la esencia se separa del agua y cae a un serpentín donde se decanta. El agua, aparentemente inservible en adelante, es muy apta para el lavado del cuerpo. Y la esencia para su posterior venta a la industria. Una caldera tarda alrededor de ocho horas en hacerse, y de 300 Kg. de tallo se suelen obtener tres litros de esencia. Por su parte, el tallo cocido al vapor y desprovisto de su principal valor, se extrae de la caldera, utilizándose, una vez seco, como abono agrícola.

El trabajo en la caldera es dificultoso por haber de trabajar con calor en plena canícula estival, y la principal dificultad estriba en cargarla y descargarla del tallo. Un avance en este trabajo lo proporcionó el herrero caravaqueño José María Corbalán López. Quien en los últimos años cincuenta pasados, inventó y patentó un sistema de carga y descarga de la caldera mediante una cesta metálica que se introducía y se extraía del contenedor con una grúa, pudiéndose cargar y descargar ésta en lugar alejado de la fuente de calor, lo que alivió mucho el trabajo de los caldereros. De aquellas viejas calderas, recuerdo la ubicada en la Casa de las Ánimas de Archivel, y la instalada en la balsa de “Buenavista” en Caravaca, entre otras muchas.

La actividad languideció en los años 70 y 80 siguientes, hasta casi desaparecer; reactivándose a comienzos de nuestro siglo de manera diferente pues ahora se cultiva la lavanda en grandes extensiones de terreno poco útil para otros usos, con lo que el trabajo de recolección es más cómodo. En lo referente a la cocción y extracción de la esencia poco se ha variado, siendo una actividad económica rentable, que no requiere mano de obra cualificada sino en un ínfimo porcentaje, no contamina y se recicla todo el material.

Cada año a finales de junio y comienzos de julio, el campo se viste de azul intenso en las Tierras Altas de la Región, ofreciendo un horizonte perfumado digno de su contemplación y disfrute. Los aromas se intensifican en el entorno inmediato de las calderas durante la recolección y cocido del “tallo”, con lo que estas zonas de Caravaca y Moratalla ofrecen un atractivo más al turismo de interior, al que cada vez se le valora más por su calidad cultural, etnográfica y sensual.