PASCUAL GARCÍA

Durante toda mi infancia los zurdos estuvieron estigmatizados en la escuela y, aun más, en la sociedad en general, quizás porque constituían una excepción a la norma, porque todo había sido diseñado, y lo sigue siendo, para los que poseen mayor habilidad con la derecha y por razones entre estéticas y éticas, pues del mismo modo que los mejores están a la diestra de Dios Padre, los que usan la otra mano han pertenecido siempre al grupo de los señalados, de los raros, tanto que cuando empezaban a escribir y empuñaban el lápiz con la extremidad superior equivocada, el maestro o la maestra no los dejaba en paz hasta que no lograban que el alumno cambiase de algún modo lo que más tarde ha sido llamado por los expertos como la lateralidad.

Al parecer los zurdos no tenían demasiadas posibilidades de triunfar en la vida, iban a ser relegados en la sociedad y terminarían ocupando un puesto de escasa importancia, así que la pedagogía de aquella época llegó a atarles el brazo izquierdo para que se las apañaran con el correcto, los demonizó con argumentos inverosímiles demasiado cercanos a ciertas posturas políticas y religiosas y, lo que es peor, terminamos por creerlo todos. Con el tiempo y algunos estudios se nos reveló que lo más sensato era dejarlos en paz para que desarrollaran su propia lateralidad y no terminaran engrosando el lamentable grupo de los zurdos contrariados, que tenían mayores problemas para situarse bien en ese futuro diseñado, al parecer, solo para los de la mano diestra. Al fin y al cabo, mejor un zurdo puro que un zurdo contrariado. Así y todo, nos quedamos con la sensación de que   no ser diestro no podía ser bueno y de que solo estos llegarían lejos y llegarían bien.

Viene todo esto a cuento de la mano izquierda que firmaba con soltura y conocimiento de causa en el acto del reparto de la herencia de mi padre, y que pertenecía a una notaria, a la que no llamaré guapa, porque me tacharían de machista de inmediato y, porque bien pensado no podía ser su atributo más destacable. Mientras la observaba firmar con la otra mano, me venían a las mientes todas las estupideces que había oído a lo largo de mi infancia, todos los consejos y advertencias que habíamos recibido en la escuela como una consigna de carácter moral, como si la izquierda fuese la mano del demonio y su uso nos asegurase la entrada inmediata a los infiernos.

Pero yo veía la mano izquierda, segura, adiestrada en la escritura, categórica y sabia de una mujer en el acto de certificar las últimas voluntades de mi padre, que en lo económico no pudieron ser demasiadas, porque no había demasiado para repartir, pero me decía en ese momento que muchas escrituras, muchos testamentos, muchos papeles esenciales y trascendentales no tenían más remedio que pasar por el juicio y la decisión última y necesaria de aquella mano anatematizada en su día, maldita casi, a la que nadie auguraba un destino brillante, solo por esa opción involuntaria con la que había nacido, la destreza en una parte del cuerpo y la torpeza en el otro, al contrario de la mayor parte de la gente, lo que la enfrentaba a un mundo más cómodo para los otros que para ella.

Si alguna vez le insinuaron o le dijeron directamente, como yo había oído que le decían a algunos de mis compañeros en la escuela, que si no corregía ese defecto, terminaría mal, se habían equivocado por completo.

Eso fue lo que pensé mientras la veía firmar con ligereza y seguridad y absuelta de todos los complejos sin fundamento.