Pedro Antonio Martínez Robles

Hubo un tiempo en el que en Calasparra había más tabernas que bares de mostrador y copa rápida. Y en ese tiempo de que hablo, que voy viéndolo ya como a través de un paño, la vida pululaba en estos establecimientos de asiento y rato largo, mesas bajas y sillas de anea, más que en las calles o en las propias casas. Cada atardecer, las tabernas de la calle Mayor, la calle Vázquez o la calle Ordóñez se iban llenando con una clientela que ahogaba en vino la penuria de un largo y fatigoso día de trabajo.

La gente bebía con calma y conversaba sin prisa. Delante de una botella de vino y un plato de garbanzos torraos se establecían tratos, se contrataban brazos para la jornada siguiente, se confrontaban opiniones o, simplemente, se pasaba el rato compartiendo el lenguaje universal del silencio que es, en muchas ocasiones, más expresivo y comunicador que un millón de palabras. Beber entonces en las tabernas no era tanto un placer aislado como un compromiso consigo mismo y con los demás; era una devoción diaria, un rito que debía cumplirse cada noche para poderse ir a la cama con relativa tranquilidad. Y no era el ejercicio de beber en sí más importante que el de vivir, pues lo primero no es nada sin lo segundo y lo segundo no consiste sólo en latir, sino en sentir ese latido. Pero aquel tejido de tabernas, abastecido de tanta vida, fue perdiendo su vigor cuando a partir de los años 80 la bonanza económica nos permitió cambiar el vino a granel por vinos de marca y los garbanzos torraos por bocados más exquisitos. Proliferaron, a partir de entonces, los restaurantes con pretensiones, y se estableció el hábito de reunirse en ellos de sábado en sábado para cenar con los amigos y permitirnos algunas vanidades que nunca vienen mal para alimentar nuestras relaciones. Y eso está bien, pero estaría mejor si estos nuevos hábitos, más llenos de alimentoy más vacíos de contenido, no hubieran solapado a esos viejos y emblemáticos lugares que eran las tabernas y hubiéramos sido capaces de adaptarlos a nuestro nuevo estilo de vida para no dejarlos morir, pues no sabe igual un vino –sea de garrafa o de cepa mimada y con denominación de origen– o un plato de percebes –bien de tallo herbáceo o de peñasco costero– si no se adereza con una buena conversación. Y, no sé por qué, tengo la triste impresión de que esa antigua costumbre que tanto humanizó las tabernas de usar el vino para compartir el tiempo, no ha acabado de encontrar su hueco hoy, ni siquiera de sábado en sábado.

 

15 de julio de 2008