Antonio González Noguerol

A lo largo de los tiempos se han sucedido noches famosas. Desde las cruentas noches de San Bartolomé, de los Cuchillos largos, de los Cristales rotos… O la Noche triste de Hernán Cortés, hasta noches tan alegres como la de reyes; la noche de san Juan o la llamada en nuestra tierra «Noche del Reventón».

La popular noche se refiere, como muchos conocerán, a la del último día de carnaval, esto es, el martes; noche incruenta sólo para estómagos bizarros, que solían cobrarse una gran cena como anticipo de las próximas jornadas de ayuno y abstinencia, tributo de la penitencial cuaresma iniciada el siguiente Miércoles de Ceniza, después de recibir en la frente el estigma de la cruz cenizosa. De ahí lo de «reventón», porque en verdad que algunos llegaban casi a estallar de la gran panzada. Las casas más pudientes solían organizar una bacanal con cantidad de alimentos que serían proscritos durante los cuarenta días posteriores, sobre todo los derivados del cerdo. Mientras, los hogares más precarios se organizaban como Dios los encaminaba, aunque tenían el recurso supremo de las populares tortas fritas o de carnaval, unas pelotas o rosquillas de masa blanda de pan, fritas en aceite hirviendo y después rebozadas en azúcar o bañadas en almíbar macerado de fruta. (En la actualidad, tiempos de abundancia, también se suelen consumir mojadas en chocolate a la taza). Lo cierto es que estas tortas, ancestral manjar, era lo más socorrido en la mayoría de las familias. Ya se encargaban las amas de casa de ahorrar harina de los amasijos para disponer de una buena cantidad y que su prole quedara satisfecha la gran noche, pues la cuaresma amenazaba con su anatema, lleno de privación y penitencias, aunque no necesitaran tal recomendación pues los tiempos no daban para mucho más. De esta forma pagana la de noche del reventón se ponía en marcha con sus tradiciones seculares, heredadas quizás de las fiestas saturnales, para después deshacer la cena y disfrutar de la mascarada final donde los embozos y antifaces sumergidos en el desenfreno y el jolgorio cantaban la conocida retantanilla: «¡Que no me conoces…!». Al día siguiente cambiaba el paisaje para dar paso a la mortificante Cuaresma. En estos días se encarecía la sardina y las familias le preparaban un entierro digno de los buenos paladares. Son tantos los simbolismos de la Cuaresma que nos parecería cojo o falso todo cuanto no lo encuadrara en nuestra cultura judeo-cristiana, y la muestra de esta aseveración es la fabulosa cantidad de tradiciones que se han creado a su alrededor a lo largo de los siglos. Comienza, pues, el tiempo de vigilias y con ello el anuncio primaveral que efectúan nuestras ubérrimas arboledas cubiertas con el nevado manto florido. La Semana Santa se muestra en lontananza. De esta suerte, desde la noche de los tiempos, continuamos conservando tradiciones y costumbres de nuestros progenitores que dan la personalidad a nuestra tierra de fronteras: el Noroeste de Murcia. Y una de ellas es la Noche del Reventón.