Ya en la calle el nº 1047

La niña elegida

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

MARIA DEL CARMEN SALINAS MARÍN 

Todos los niños a los que conocía, incluida yo, veníamos de familias desestructuradas. 

La suciedad, el hambre, la miseria y la falta de cariño, siempre nos acompañaban. Quizás por eso, nos queríamos y compartíamos todo y cuando estábamos juntos nos divertíamos, reíamos, contábamos historias… algunas soñadas. 

Estaba sola en un campo inmenso, sin casas, sin gentes, sin jardines, sin vida; era un erial. De pronto escuché un gran estruendo y sin apenas darme cuenta, muy cerca de mí, aterrizó un avión. 

Alguien abrió la puerta y me llamó con un gesto. La curiosidad me hizo correr, para darme cuenta en seguida, que era el único pasajero ¡O el piloto! 

  • –  ¿Vienes a dar una vuelta? 
  • –  ¿Una vuelta dónde? 

  • –  No muy lejos, pero te enseñaré cosas preciosas 

  • –  Bueno, pero me gustaría que nos acompañaran mis amigos 

  • –  Esta vez no puede ser, pero se lo podrás contar y quedarán entusiasmados, hasta que pueda volver 
de nuevo (no sé cuánto tiempo tardaré en volver) 

  • –  Bueno, entonces acepto. 
La niña subió ayudada por este pasajero y tomó asiento junto a él. El avión, efectivamente estaba vacío pero vacío en toda la extensión de la palabra; nadie sentado en sus asientos, porque no los había, ninguna puerta más que por la que subimos, tampoco ventanillas por lo que era un habitáculo oscuro y lúgubre. 
Sentí una punzada de miedo, al mismo tiempo que miraba a este hombre. 

  • –  ¿Esto que es?, ¿dónde me llevas? Me estoy arrepintiendo de haberte acompañado y más aún sola, sin mis amigos ¡Lo compartimos todo! 

  • –  No te turbes niña, no va a pasarte nada, vas a tener una experiencia maravillosa; has sido la elegida. 
El avión tomó altura, hasta que las luces se volvieron pequeñas luciérnagas que poco a poco iban apagándose mientras que, al mirar hacia arriba, otras súper luminosas y grandiosas iban encendiéndose. Un cometa arriba, un planeta a la derecha, lágrimas de San Lorenzo a mi izquierda… todo un espectáculo impresionante de luz y color unido a un silencio absoluto. Apaciguador y desconocido del que nunca imaginé poder disfrutar. 
No fui consciente del tiempo que había estado en éxtasis, pero me hizo olvidar mi mísera existencia; cuando observé que el avión iba perdiendo altura, hasta que pude ver todo lo que ocurría en el nivel tierra. 
Si, también era maravilloso: casas, niños, música, familias cantando, abrazándose, riendo y celebrando. 
Mi acompañante me fue señalando que lo que estaba viendo era un pueblo feliz. Con gentes que se querían, se ayudaban y se divertían juntos. 
Nunca pensé que en un espacio de tiempo tan diminuto, disfrutaría de dos experiencias tan absolutas. Esto sin duda cambiaría mi vida, ¿y si le pedía que me llevase a su mundo? 


¿Quería hacerlo?… 

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