Pascual García  (pasgarcia62@gmail.com)

Soplaba un viento pertinaz e impertinente, sobre todo en invierno, a todas horas del día, como si la altura del barrio lo desprotegiera del embate de los aires tormentosos que llegaban de algún lugar feroz del norte. Por la noche, nos dormíamos con el silbido y el fragor de esa eterna melodía azotando los tejados y las esquinas de las casas, mientras se levantaba el  polvo y se movían peligrosamente las tejas sueltas. Yo creo que el viento bufaba durante días y semanas y que en mi memoria ya es casi una banda sonora constante de aquella infancia invernal en la que, en ocasiones, se hacía el silencio y ocurría el milagro de la nieve.

De lo que no hay duda es de que por aquel entonces  estábamos todos más cerca de los rigores naturales, menos amparados de la calle y del campo, del cielo y del clima. Llovía y tronaba casi dentro de la propia casa y nos sentíamos vulnerables, al albur de esos dioses campesinos que manejaban las cosechas y los climas.

Desde mi cama oía el zumbido inmisericorde del viento diezmando Las Torres como en un campo de batalla, mientras ululaba a placer en un gesto desafiante de bestia desatada. Yo me sumergía entre las sábanas y las mantas  e imaginaba que el invierno era una guerra continua entre ejércitos dispares, monstruos mitológicos y fantasmas de leyenda, aunque todo sucedía fuera y a mi dormitorio solo llegaba el estruendo del combate.

Aquella tarde esperábamos a mi padre, que vendría de la huerta. Yo contaba apenas cinco años y mi madre me acompañaba expectante junto a la ventana del dormitorio. El estrépito del viento nos tenía atemorizados en la semipenumbra de un atardecer inminente vapuleado de continuo por el vendaval que removía las calles y gemía en los aleros de las casas con la fuerza y la viveza de un animal salvaje. Sé que en el rostro de mi madre se concitaban el temor y la alarma. Por aquellos años todo mi mundo era ese rostro.

Cuando entró mi padre en la casa, respiramos aliviados. El viento pendenciero seguía haciendo de las suyas allá fuera, pero muy pronto se encendería la estufa y cenaríamos tranquilos y  ajenos a su obcecada e inútil reyerta.