PASCUAL GARCÍA

Recuerdo vagamente haber celebrado el día de la Mona de Pascua, no sin la tristeza propia del final de la Semana Santa, para cualquier moratallero que se precie, que nos dejaba un regusto agridulce y que además llevaba aparejado el final de los días de vacaciones y el principio de la escuela, en ese último tramo, el más duro, sin duda, pero también el más emocionante, que nos conduciría hasta el verano.


Tal vez fue mi madre la que compró por vez primera, el dulce típico con el huevo, que tan en boga está hoy y que tanta leyenda lleva asociada, pero para nosotros, en ese último día festivo, era solo una despedida y, para colmo, a mí de la mona lo único que me gustó siempre fue el huevo. He sido más de salado que de dulce, del que solo me quedo con el misterio del chocolate.
Yo creo que alguna vez subimos mis amigos del Castillo y yo al Cerro, a las Balsicas y dedicamos una tarde a no hacer nada, comentar los jugosos días de los tambores y comernos la mona con un pedazo de chocolate, mientras la tarde iba languideciendo lentamente en lo alto del cerro y hacia la Cuesta Jemeco que festoneaban unas viejas arquillas, de origen romano o árabe, por donde discurría el agua hasta las fuentes del pueblo, primero a la del Cañico, y en las que alguna vez nos habíamos refugiado para protegernos de las inclemencias de una tormenta inesperada en mitad del monte, mientras subíamos hasta la Casa de Cristo.
Aquellas meriendas, que no fueron muchas, desde luego, porque nuestro entusiasmo se evaporaba del todo cuando los municipales y, a veces, la guardia civil, se aprestaban a recoger los tambores con cierto énfasis a las ocho de la noche del Domingo de Resurrección, constituían el último intento de postergar la fiesta y el estado de júbilo en el que nos hallábamos desde el Viernes de Dolores, o antes aún, cuando empezábamos a tocar, pasada la Navidad, en las cajas de cartón duro o en las latas de gasolina, de atún o de sardinas en aceite, que se gastaban en la tienda de la María del Ginés, o en cualquier otra parte donde resonaran con cierto vigor unos toscos palillos de madera o de caña, improvisados para el momento.
La mona de Pascua ni siquiera era divertida del todo, salvo por el huevo, porque era preciso celebrarla en el campo y nosotros, los muchachos y las muchachas del Castillo, que tanto apego seguimos manteniendo por el campo, por aquel tiempo estábamos todavía hasta el gorro de trabajar en él sin beneficio alguno y de un modo obligatorio.
Así que nos comíamos la mona dulce, el huevo salado y un pedazo de chocolate duro y negro como el futuro que nos esperaba a casi todos y nos volvíamos al Castillo, mohínos y cabizbajos, sabedores del horizonte aciago que se avecinaba, pues justo al día siguiente reanudábamos la escuela.
La Mona de Pascua ha sido siempre, o me lo ha parecido a mí, un festejo de señoritos, de gentes que acudían al campo en los prolegómenos de la primavera para regocijarse con el clima y con el paisaje, pero lo nuestro era otra cosa, era la tierra y sus muchas labores, el sudor y la sed y el agotamiento, y eso no lo conmemorábamos porque no nos daba la gana.
Bastante íbamos a la huerta y al campo a padecer con la fatiga, el sol y las escarchas como para volver en un día de descanso y holganza. De eso nada. Que fueran los que no estaban tan acostumbrados, los que añoraban las florecitas y los arbolitos y el cielo raso y despejado.
Nuestra única pena era pensar en los más de trescientos días que nos quedaban aún para volver a tocar el tambor.