CRISTINA LORENZO MARTÍNEZ/MAESTRA

Septiembre siempre huele a libros nuevos, material escolar, mochilas, renovación… pero sobre todo huele a ilusión; a nuevos propósitos y rutinas que después del periodo estival necesitamos tanto grandes como pequeños. Algunos docentes lo llamamos el año nuevo escolar. Ilusión por comenzar un nuevo curso con nuevos compañeros, alumnos, familias y proyectos. Por todo ello, estoy convencida que esa ilusión se dirige a conseguir los objetivos que nos planteamos al comenzar el curso, igual que hacemos cuando empieza un año nuevo, lleno siempre también de retos y buenos deseos.

Esa mirada deberíamos tenerla toda la comunidad educativa, una mirada positiva, de respeto y de confianza hacia el curso, tanto docentes, alumnos y familias, puesto que todos vamos hacia la misma dirección; que es que nuestros niños/as disfruten de y con su aprendizaje.

Somos muchos los que siempre queremos tener la receta del buen hacer, de la buena educación; ya lo decía Ralph Emerson “El secreto de la educación está en el respeto al discípulo.” Y personalmente, considero que además de respeto, añadiría confianza. Confianza en cada uno de nuestros alumnos, en sus talentos, logros y retos que están por conseguir. En 1965, el psicólogo social Robert Rosenthal acuñó el efecto Pigmalión a raíz de unas experiencias realizadas. Dicho concepto se refiere al fenómeno mediante el cual, las expectativas y creencias de una persona influyen en el rendimiento de otra. El hecho de transmitir expectativas positivas sobre un grupo, alumno o personas pueden repercutir en su rendimiento.

¿Puede influir las expectativas docentes en el alumnado? Rosenthal en 1968 informaron a un grupo de profesores que a sus alumnos se les había realizado una prueba para evaluar sus capacidades intelectuales y les indicaron qué grupos habían obtenido los mejores resultados. Al finalizar el curso escolar, dichos alumnos tuvieron un mayor rendimiento. La cuestión es que dicha prueba intelectual nunca se realizó.

Dicho esto, el efecto Pigmalión es un fenómeno positivo que se produce a través de nuestros gestos, actitudes y a través de una mirada positiva, ya sea hacia nuestro alumnado, hijos, proyectos, vida laboral, etc.

Aunque el efecto también puede ser negativo. Cuando un pequeño escucha constantemente cosas como “Siéntate a hacer los deberes, que así no vas a llegar a nada en la vida” o “Eres un vago”, lo que está oyendo no es nada constructivo, un niño no es capaz de entender aspectos tan abstractos. De modo que no se trata de decir lo que no queremos que haga, sino todo lo contrario, barajar las posibilidades reales, acompañarlos y ayudarles a superarse.

Es fundamental desde las primeras etapas, donde el niño está desarrollando su personalidad, cambiar el modo de expresarnos, la forma de mirar, el tono de voz y fundamentalmente la actitud.

En este sentido, reconocer al otro por lo que es, cuáles son sus habilidades y todo lo que tiene de positivo ayuda a acompañarlo y a que se sienta acompañado y sobre todo, a que mejore su autoestima y su actitud ante la vida; y en etapas escolares, su actitud ante la escuela.

Así pues, con el inicio del curso escolar invito no solo a los docentes, sino también a las familias a generar actitudes de confianza y respeto hacia nuestros alumnos, hijos, hacia el maestro y hacia la escuela. Porque al creer en la labor del maestro, ese mensaje se lo trasladamos a nuestros pequeños y seguramente su paso por la escuela será cuanto menos más placentera. Al fin y al cabo, la escuela es nuestro segundo hogar en el que tenemos que generar confianza, alegría y tranquilidad; velando por la educación emocional de la infancia.