Pedro Antonio Muñoz Pérez    

(pedroamupe@gmail.com)

Archivel es la madre del agua del gran acuífero del campo de Caravaca. Dicen algunos expertos que esa relación estrecha con las aguas la lleva inscrita en la propia raíz de su nombre. Por su situación en el contexto hidrogeológico, afloran en sus cercanías los dos manantiales más importantes: La Muralla y Los Ojos. Hay otras muchas surgencias que drenan el nivel freático del compartimento Revolcadores-Serrata: la fuente de las Tosquillas en Barranda, las fuentes de Navares, Caneja y Singla. Y otros afloramientos de menor entidad en Guarinos, Los Prados, Pinilla, La Almudema…, pero en los documentos antiguos, a todo este extraordinario complejo hídrico se lo nombra como “aguas de Archivel”.

Los Ojos de Archivel

Los Ojos de Archivel

Sin duda, y a falta de otros alicientes y recursos, el agua es la gran riqueza de estos lugares desde el inicio de la historia. La existencia de cada uno de los pueblos, aldeas y cortijos se debe a la presencia de una fuente próxima en la que abastecerse de este bien imprescindible para las personas, animales y plantas. La abundancia de agua es la razón fundamental de que los grupos humanos hayan elegido estos lares para asentar su hábitat y sus campos de cultivo desde tiempos remotos (en Archivel, desde hace al menos 5.000 años).

Pero en una zona de clima de rasgos semiáridos, con precipitaciones irregulares y ciclos de sequía recurrentes, el control del agua también es motivo de conflicto. Por ello, tenemos abundantes noticias históricas relacionadas con el aprovechamiento de estos caudales por propios y extraños. Es por esto que en el libro sobre la historia de Archivel (discúlpenme la reiteración), el capítulo más extenso sea precisamente el dedicado a los avatares relacionados con la demanda y el uso de estas aguas. Por ejemplo, desde el siglo XIV (1369), Lorca ha pretendido trasvasar el caudal de todas estas fuentes (en especial de Los Ojos de Archivel) a su territorio. De hecho, es posible que se trate del proyecto de trasvase más antiguo de España. El pleito se mantuvo, con pausas y altibajos, hasta finales del siglo XIX, es decir, durante 500 años. La idea era construir un sistema de canalizaciones que recogiera el agua de todas las fuentes y la llevara hasta la cañada de Tarragoya, donde se practicaría una mina que atravesaría la cuesta de Lorca, para salir al estrecho del Cañaveral y de ahí conducirla al río Turrilla, a partir del cual caería por la propia inercia de la corriente hasta los ojos del Luchena y el pantano de Puentes (el que, según el dicho, “pegó el trueno”: la presa reventó el 30 de abril de 1802, provocando una terrible riada y una tragedia humana sin precedentes, cifrada en más de 600 muertos). Afortunadamente para estas tierras, por diversas circunstancias y por el rechazo empecinado de las autoridades municipales e incluso comarcales de todas las épocas, el proyecto nunca se llevó a cabo. Caravaca, Cehegín y Calasparra, incluso Murcia y Orihuela, siempre se opusieron a ceder a las pretensiones lorquinas aduciendo la necesidad de disposición de estas aguas para el regadío local y la merma de caudal subsiguiente aguas abajo del Argos y del Segura.

Pero este no fue el único intento de “saqueo” que hubo de soportar el agua de Archivel. Entre 1963 y 1967, una maniobra conjunta de los regantes de Alhama y la Mancomunidad de Canales del Taibilla consiguió, esta vez sí, legalizar la conducción de hasta 3 hectómetros cúbicos anuales a la vega del Guadalentín desde la finca de la Loma Ancha.

Dejemos para la lectura del libro el relato pormenorizado del gran atentado que sufrió el nacimiento de La Muralla cuando, a mediados del siglo pasado, se rompió la presa que remansaba las aguas desde el siglo XVIII y se vació el embalse con la excusa de que así se incrementaría el caudal de su nacimiento. Todavía se lamenta este disparate que destruyó un lugar emblemático, cuyo valor como espacio natural y turístico, no solo para Archivel sino para toda la comarca, podría ser extraordinario si se hubiera respetado su integridad.

Los antiguos protegían los manantiales cubriéndolos con la niebla de los arcanos de seres sobrenaturales como las ninfas y náyades (no otra cosa es la leyenda de la encantada de las Tosquillas, por ejemplo). Esta sabiduría ancestral la hemos echado a perder desde que vivimos de espaldas a la naturaleza y despreciamos la sagrada importancia de esos entornos privilegiados que nos han surtido de agua. Ninguna de las antiguas civilizaciones se atrevió a tocar una fuente o un nacimiento de agua. Recuerdo cuando mi abuela y mi madre nos advertían de que no nos acercáramos a Los Ojos porque en sus cenagales pantanosos se había extraviado y hundido un hombre con una carreta de bueyes. Era una manera de protegernos a nosotros, pero también de blindar este lugar maravilloso, donde brota el agua desde profundidades insondables, con un halo de misterio y de respeto.

Desde el principio el agua se domesticó. Se trazaron acequias y brazales para llevarla a los campos con un orden heredado (heredamiento) e inalterable: las tandas, las hilas y los horarios se cumplían con rigor y prudencia. Y así se procuraron el sustento desde milenios quienes nos precedieron. Pero llegaron nuevos tiempos y el agua se convirtió en un bien de intercambio, o sea, se prostituyó. Y entonces los agricultores, no siempre lorquinos, y las grandes empresas del agronegocio vieron los cielos abiertos. No era necesario invertir en grandes infraestructuras hidráulicas. Todo era tan sencillo como trasladar la explotación al lugar donde el agua fuera abundante y el alquiler de la tierra y la disposición de caudales fueran baratos. Y esto es lo que está pasando y lo que amenaza con arreciar en Archivel, y en todo el entorno del campo de Caravaca, a medida que se abandonan los campos cercanos a la costa donde la situación de la agricultura intensiva ya es insostenible. Se compran o alquilan grandes fincas con las concesiones de explotación de sus aguas incluidas. Enormes superficies de secano se reconvierten en nuevos regadíos. Se esquilma el agua, pero también los suelos. Se hipoteca, quizás para un tiempo que supera los límites generacionales, la disposición, el equilibrio y la calidad de estos recursos tan elementales. Merma el aforo de los manantiales e incluso la extensión de los regadíos de siempre se reduce, no tanto por la escasez de agua como por el abandono de los cultivos tradicionales. Los campos que rodean Archivel y los de toda la zona se convierten en una inmensa agro-fábrica al aire libre. Los pesticidas enturbian y envenenan el aire y los abonos químicos queman suelos antes fértiles. Y de todo esto, díganme, ¿cuánta riqueza queda en estos pueblos?

Convendría pensar en ello a pesar de la pandemia, o quizá por eso, porque este tipo de patadas a la naturaleza nos las está devolviendo el planeta por duplicado.  Porque, aunque parece que nos estamos acostumbrando o que estamos saturados de impotencia, de seguir así, llegará el día en que el acuífero esté sobreexplotado y los suelos agotados, y entonces los depredadores se irán más lejos, más arriba, como ya se están yendo al Campo de San Juan o a los llanos del Tornajuelo, y aquí solo quedará la desolación y el desierto. Si matamos la madre del agua, todos quedamos huérfanos. A tiempo estamos.