GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Aunque vivía con su abuelo, resulta que Heidi, esa pequeña que nos amargó la infancia con sus tristezas, las de Clara y la maldaativa que tuvo una vida tan insulsa y triste como la de su hija literaria. Y es que tanto abeto y tanto monte no es bueno, ni para Heidi. Johanna Louise Heusser nació el 12 de junio en una pequeña aldea de los Alpes llamada Hirzel tal cual era la famosa aldea de Heidi, con sus picos, sus cabañas y sus ovejas. Sus padres, un médico local y una ama de casa, poetisa en sus ratos libres, supongo que ante la falta total de divertimento, tuvieron 6 hijos. Johanna sería la cuarta. Cuando acabó la escuela en su preciosa aldea, los padres la enviaron a casa de un familiar a Zúrich para acabar sus estudios. Una vez licenciada, no sabemos en qué, en puericultura, digo yo, porque volvió a casa de sus padres a cuidar de sus hermanos, a la espera, supongo, de su destino de ama de casa y mujer florero. Mientras disfrutaba de su pasión por la música, tocando el piano y el arpa; leía mucho y disfrutaba de la naturaleza, que en aquellos parajes era precisamente lo que le sobraba. . Su destino le vino de la mano de su hermano, que le presentó a un amigo con el que se casaría en 1852 Bernard Spyri, y con el que se trasladaría a Zúrich de nuevo. La vida ajetreada de la ciudad y su ritmo rápido no eran del agrado de Johanna que cayó en una terrible depresión, de la que solo la sacaría el nacimiento de su único hijo, Bernhard, en 1855. Para entretener a su hijo y transmitirle la pasión que ella sentía por los Alpes, comenzó a contarle historias inspiradas en su propia infancia en aquellos maravillosos paisajes. Así nació Heidi en 1880. Tenía 40 años cuando en 1871 se publicó su primer libro firmado como J.S., Una hoja en la tumba de Vrony, libro editado para recaudar fondos para la Cruz Roja Internacional, que en aquellos años colaboraba para ayudar a los heridos en la guerra Franco-Prusiana. Pero si ella escribía las aventuras de Heidi, la vida le tenía reservado un triste final para la suya, sin pensar que podría pasar página o no. En 1887, todo en el mismo año, para no dejar nada para luego, su hijo y su marido fallecían dejándola sola a los cincuenta y siete años de edad. Huyendo de la soledad y los recuerdos, cambió de residencia y adoptó a una sobrina suya, a la que relataba historias de una niña y su abuelo en los alpes suizos. Historias que se hicieron tan famosas que Heidi tuvo la infancia más larga jamás se haya conocido, casi a la par de los cuarenta de Jordi Hurtado. El 7 de julio de 1901 fallecía en Zúrich Johanna, dejando a Heidi huérfana para siempre.