JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Tras muchos años fuera de Caravaca, la Madre Carmen, como es conocida en la ciudad por sus muchas alumnas que la veneran como un icono de juventud, ha regresado al hogar que tanto amó, a donde llegLa Madre Carmen en 1952ó, aún novicia, a los 19 años, cuando el Colegio de las Monjas de La Consolación aún estaba instalado en la viaja casona de la calle Puentecilla y ni se intuía el traslado posterior a su actual emplazamiento.

Carmen CastilloMontolió nació en 1933 en la localidad castellonense de Zucaina, pero se educó en la capital donde pronto se trasladaron sus padres, en el colegio de las Monjas de la Consolación, congregación que ya nunca abandonó. Mayor de cuatro hermanos, de los que viven tres, sintió la vocación a la vida religiosa a los 14 años, sintiéndose atraída por la vida de las monjas y del colegio. Con 18 años ingresó en la Casa Madre de la Orden, en Tortosa, donde hizo los seis meses preceptivos de «postulantado» y uno de los dos de «noviciado» (el primero de ellos o «año canónico»), cursando el segundo ya en Caravaca, a donde llegó en junio de 1952 acompañando a las superioras que se desplazaron hasta aquí para asistir al homenaje a la recordada y venerada sor Evarista, que le rindió el Ayuntamiento local, dedicándole una calle (la hasta entonces «Canalica»), por sus cincuenta años al servicio de los caravaqueños como maestra de párvulos en el viejo colegio de La Puentecilla.

En Caravaca, donde hizo libre la carrera de Magisterio, encontró como superiora a la M. Inocencia Alcón y como directora del colegio a Teresa Badenes. Formaban el resto de la comunidad sor Evarista, sor Vicenta Bordal y sor Agustina (que se ocupaba de la cocina). Muy pronto se incorporaron a la misma la M. Rosario Ripollés, la M. Felicidad y la M. Petra Arias.

A la entonces novata M. Carmen le encargaron la atención a los niños y niñas de primer grado entre quienes recuerda a Rosarito Jiménez, Antonia Pérez Giménez y M. Carmen Sánchez como sus primeras alumnas. Durante esta su primera estancia en Caravaca que duró diez años, siempre estuvo al frente del citado primer grado, en que los alumnos permanecían hasta los 9 años, edad a la que pasaban al aula de la M. Felicidad quien los preparaba para el «ingreso» en el bachiller, entonces a los diez años. También durante aquel decenio se le encargó el cuidado y atención del internado durante seis años; recordando a internas como Mari Celi Elbal, Manolita Saavedra, Rocío Álvarez, Lola Sánchez, Clementina Sánchez, Marianita Losas, Angustias Álvarez, Petronila Sánchez, Antoñita Giménez y Mercedes García Martos entre otras, a quienes siempre trató como si fueran sus propias hijas. De sus primeras alumnas recuerda con especial agrado a Gema Reinón, Gracita Gómez, Pepita y Purita Elbal; Carmen, Margarita y Mari Cruz Tudela, Purita López, Loli Salcedo, Loli Nevado, Rosa García-Esteller. Mari Cruz López Guerrero, Mari Cruz Carrascal, Mari Carmen Cantó, Mari Carmen Campos, Carmen Pozo. Carmen López Conesa, Ascensión Blanc, Loles Hervás, Fefi Moya, Mari Carmen Martínez (de Nestor) y Mari Cruz Guillén entre otras muchas cuyos nombres es imposible reseñar en un texto de extensión limitada como éste.

En 1962 fue trasladada al colegio de Vinaroz, hasta 1971 en que pasó a Benicarló como directora, y a otros destinos como Castellón, Villa Real, Madrid y Bruselas (donde permaneció un año perfeccionando el francés).

En 1988 regresó a Caravaca durante tres años como directora de enseñanza, teniendo entonces entre sus alumnas a muchas de las hijas de sus antiguas discípulas, entre otras Lucrecia Martínez-Carrasco Orrico, Mari Carmen Cifuentes, Paloma Corbalán, Mari Cruz Rigabert, Rocío Crespo, Maribel y Rocío de León, Belén Romera y las hermanas Gloria y Tete Martínez Sánchez.

De nuevo salió de Caravaca, esta vez con destino a Nules, como superiora de aquella casa, permaneciendo allí 12 años, y nueve más en Quintanar de la Orden en donde le llegó la edad de jubilación en 2006, regresando a Caravaca en agosto de 2012.

La M. Carmen reconoce que Caravaca ha sido el lugar más importante de su vida, a donde llegó siendo una niña, donde tuvo importantes vivencias religiosas y a donde cada vez que llega desde un nuevo destino siente recargar las pilas de su cuerpo y también de su alma. En la actualidad forma parte de la comunidad que regenta el Colegio Concertado «Ntra. Sra. de la Consolación» en el espacio urbano de la «Nueva Caravaca», donde conviven 8 religiosas que atienden (junto a profesores y profesoras seglares) a 750 alumnos y donde colabora en tareas administrativas.

Recuerda con verdadero placer sus primeros años en la ciudad, con horario que comenzaba cada día a las seis de la mañana. Media hora de oración y rezo de «laudes» precedía a la misa de 8 en El Salvador, seguida del desayuno. Las clases se desarrollaban entre las 9 y las 12, y desde las 3 a las 5, jornada a la que seguía otra (coordinada por la M. Rosario Adsura) de dirección y ayuda a chicas que acudían a aprender y realizar labores dirigidas de bolillos, bordado, punto y fribolité para sus propios ajuares, (entre otras Nardi Hernández, Josefa Robles, Maruja Asturiano, Maruja Carrasco, Marielo Campos y Conchita Villajos). A ello seguía la limpieza de las aulas, el rezo de vísperas, la cena y el silencio comunitario antes de las 10. La vida tanto del colegio como de la comunidad se regía a toque de campana, perfectamente audible en todo el recinto. Las monjas carecían entonces de habitaciones privadas y cada cual disponía de un espacio separado por cortinas en una amplia sala común.

Recuerda, así mismo, la renovación de la Orden tras la celebración del Concilio Ecuménico «Vaticano II», una renovación que afectó a todos los aspectos de la vida, desde los anecdóticos como el cambio de hábito, hasta otros de mayor calado relacionados con la espiritualidad, la vida en comunidad y las relaciones familiares.

Con 82 años muy bien llevados, 63 de vida religiosa y una envidiable memoria, se pueden contar por miles las niñas y niños educados en los distintos planes de estudios establecidos por los gobiernos de turno, en épocas muy diferentes como la dictadura y la democracia, habiéndose adaptado sin problemas a los nuevos sistemas de enseñanza y aprendizaje de acuerdo con el signo de los tiempos.