Pedro Antonio Martínez Robles

Me acuerdo de aquellos viejos quinqués que había en mi casa, un vetusto residuo de los tiempos de esplendor de la fonda que pudo salvarse del expolio de la guerra y la posguerra con los que alumbramos muchas noches de oscuridades imprevistas –pero no por ello menos esperadas–  en los años sesenta, cuando la corriente eléctrica iba a 125 y los cortes de suministro eran tan frecuentes que ni nos sorprendían ni provocaban en nosotros esa dramática indignación que hoy nos sobrecoge, nos paraliza y nos convierte en seres casi inútiles, incapaces de proseguir con nuestros actos cotidianos cuando hay un corte en el suministro de corriente eléctrica. Toda la maquinaria social se detiene entonces: los servicios de la Administración no pueden prestarse; los bancos no pueden ofrecer sus operaciones financieras, los cajeros automáticos no pueden facilitarnos dinero;  los comercios no pueden cobrar sus ventas; en las casas se detienen las lavadoras, los lavavajillas, las secadoras, los sistemas de calefacción, los fuegos de inducción de las cocinas, los microondas, los televisores; nos preocupa que en los refrigeradores se estropeen los alimentos, si el corte de suministro es prolongado… Todo, absolutamente todo se vuelve caótico y mientras dura esa ausencia de fluido eléctrico el mundo parece detenerse. Y es que, poco a poco, todas las comodidades y ventajas que el “progreso” ha ido ofreciéndonos, nos han ido convirtiendo también en seres dependientes, tremendamente dependientes. Hace tiempo oí hablar de la posibilidad de que una tormenta solar provocara un desastre en todos los sistemas eléctricos y de comunicación; una situación en la que ni siquiera el agua corriente, movida también por esos mecanismos electrónicos que la hacen fluir, llegaría a nuestras viviendas. Pero ese desequilibrio estaría provocado por una fuerza natural absolutamente fuera de nuestro control, contra la que nada podríamos hacer y que nos mostraría nuestra vulnerabilidad, la fragilidad del sistema en el que tan confiadamente vivimos. Sin embargo, hay otros medios con los que la insensata barbaridad del hombre puede conducirnos a un desastre similar (o peor aún) al de una tormenta solar, y los estamos viendo en estos complicados días en los que en esta maldita guerra que está asolando Ucrania de una manera despiadada, sentimos la inquietante amenaza de un estallido nuclear de consecuencias tan dramáticas como imprevisibles, que todos confiamos en que no se produzca, pero que desgraciadamente no podemos descartar, ya que todo depende de la actitud demencial de quienes tienen “la llave del mundo” y se sienten con poder suficiente para apagar todas las luces de esta civilización. De momento, solo nos alcanza el oleaje de lo que sucede en el epicentro del conflicto, a miles de kilómetros de distancia, y sufrimos las todavía pequeñas consecuencias de esa terrible devastación: el alza de los precios del combustible y la energía, y todo lo que eso lleva consigo. Ahora se ha acuñado el término “Pobreza Energética” para definir la triste situación que empiezan a vivir muchísimas familias cuya capacidad económica no da ni para hacer frente a los gastos del suministro eléctrico; pero, como suele ocurrir con estas cosas, pensamos que eso es algo que solo le ocurre a los demás, que nos parece increíble que llegue a alcanzarnos a nosotros. Yo, por si acaso, iré desempolvando los viejos quinqués de la fonda.

 

14 de marzo de 2022