MICRORRELATOS DE MANU ESPADA

 

ÁRBOL GENEALÓGICO

Cogí mi árbol genealógico, el que había dejado mi madre sobre la repisa del salón, y lo trasplanté en el jardín, junto al manzano. Le eché abono natural de oveja y vaca. Al día siguiente le había brotado una nueva tía abuela, dos hijos, cuatro hermanos y doce sobrinos. Estaba tan frondoso que tuve que podar a los primos lejanos. El de mi vecina era más pequeño. Lo tenía medio escondido junto a los geranios. Apenas tenía parientes. Me produjo cierta lástima que estuviera tan sola y decidí injertarle la rama en la que estaba mi nombre. Salté la valla de su huerto y conseguí llegar hasta los geranios sin que nadie me viera. Mi vecina no se dio cuenta del injerto, y lo regaba a diario con la manguera, junto al resto de sus flores. Al principio le salieron malas hierbas, pero volví a saltar la valla y eché un pesticida. En cuatro semanas, mi vecina y yo ya aparecíamos en el árbol como marido y mujer. Decidí romper con mi familia. Saqué un hacha y talé mi árbol genealógico. Esa misma noche dormimos acurrucados junto a la chimenea, al calor de la leña. Mientras, nuevos brotes crecían en el huerto, junto a las malas hierbas de los geranios.

 

MATRIOSKAS

Grigori Aleksandrov, grumete de a bordo, hace sonar la bocina del acorazado Potemkin cuando está a punto de llegar al otro lado del plato. El buque casi choca contra un fideo, pero una cucharada baja el nivel de la sopa y el navío sortea el obstáculo. En la orilla asoman el cimborrio de una catedral gótica, las escaleras de Odesa y el ático de un rascacielos soviético. En el piso cincuenta y cuatro, Sergéi Mijáilovich Eisenstein, pensativo, saca el barco de papel del plato y continúa escribiendo el guión de la película.

 

CAMBALACHE

Tras la última discusión decidí poner punto final a nuestra crisis de pareja. Al principio no supe qué hacer con tu cuerpo, así que te tuve tres días recostada en el sofá hasta que decidí enterrarte bajo las losetas del sótano. Fue entonces cuando comencé a imitar tu voz. Escuché el contestador hasta que hice mía esa forma de arrastrar la letra “erre”, como un gourmet francés. Luego estudié nuestros vídeos. Copié tus gestos rotundos, tu peinado caótico y esa manía tan tuya de mordisquearte la lengua con los paletos, como hacen los niños traviesos. Han pasado diez años desde que desaparecí y ahora te acusan de un crimen. Creen que me has hecho algo. Mi abogado ha presentado una apelación en el juzgado, pero mi única opción es que no registren la casa. Cariño, veo tu cara en el espejo y recuerdo que nunca fuiste rencorosa. Por favor, deja que recupere mi aspecto. Al fin y al cabo, yo te devolví la vida.

 

DIXESLIA

Dsede uqe diganosaticron mi dixeslia, mis pardes me enviraon a calse cno una teraeputa uqe etsá buneísima. Llveo dos aoñs ne tratamineto, pero ella aún no sabe que ya estoy curado.

 

EL FARERO Y LA SIRENA

Desde hace años, el farero de la inhóspita isla lanza la caña desde lo alto del arrecife y espera durante largas horas a que el sedal se tense. Cuando pesca algo, le quita el anzuelo y lo mete en una pecera que luego coloca en su dormitorio, pero los peces mueren de hambre en unos días. Y él vuelve a estar solo. Por eso nunca les pone nombre. Hoy ha puesto un cebo más grande. En unos minutos, la boya de corcho se hunde con una violencia inusitada. Tras una hora de lucha a brazo partido con su captura, emerge de las aguas una sirena exhausta. Es hermosa. Su largo cabello negro le llega hasta la cola, que aún cimbrea contra el suelo. Este ejemplar no entrará en la pecera. La coge en brazos, y al llegar al faro, la introduce en la bañera. Coloca el tapón y la llena hasta el borde. Apenas se mueve. Está preciosa, como una estrella de mar reflejada en el cielo. Cuando cae la noche, el farero sube la escalera de caracol para encender el foco, pero a mitad de camino ella comienza a cantar. El hombre vuelve sobre sus pasos, se desnuda, y se mete en la bañera, acurrucándose junto a la criatura. —María —susurra el farero acariciándole las escamas. A lo lejos, la sirena metálica de un buque grita desesperada mientras se acerca al acantilado.

 

Manu Espada es licenciado en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca, Máster en Radio por RNE y la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Experto en Trastorno del Espectro Autista por la Universidad de Alcalá de Henares. Comenzó escribiendo microrrelatos en 1998 en Radio 3 y desde el año 2000 trabaja como guionista en televisión. Ha publicado los libros de relatos “El desguace” y “Fuera de temario”, y otros dos de microrrelatos: “Zoom. Ciento y pico novelas a escala” y “Personajes secundarios”, además del manual “Las herramientas del microrrelato”. Entre otros premios, ha ganado el premio Editorial Grupobúho, el certamen Relatos en Cadena de la SER, o el Certamen de Microrrelatos de la revista Eñe. Mantiene en activo su blog «La espada oxidada».