PASCUAL GARACÍA

Un libro como éste es una búsqueda constante, como lo es siempre cualquier libro de poesía, un viaje hacia el pasado o hacia el futuro, un intento de apresar la sensación del tiempo huido: “Mi esperanza es la luz que nos persigue,/ la lluvia de nostalgia/ que rebosa en mis ojos. / Sortilegios y ausencias/ tiñeron las orillas del ayer, / el blando silabario que sostuvo/ los mapas y pañuelos del olvido”.

Jorge de Arco es un poeta de clara factura clásica, de versos resplandecientes y de evidentes hallazgos expresivos, lo que nos deja al lector la certidumbre de pasear por un territorio literario consumado, solvente, consolador. No es habitual en los tiempos que corren encontrar un valor seguro que nos reconcilie con la palabra literaria: “Detrás de los maizales,/ la lluvia está diciendo para siempre./ Ahora escucho de nuevo,/ la fe de su canción,/ los ecos que golpean/ al son de la memoria.”

El canto y la celebración de lo natural se aúna a un cierto gusto panteísta, a un difícil y logrado equilibro entra la factura de los versos clásicos y la brillantez comedida de las imágenes que el poeta maneja con soltura y que administra en estos textos con generosidad e inteligencia: “La voz limpia del campo/ resuena en el umbral de la garganta./ Es la hora del trigo y los arcángeles./ Es la hora del alma y del relámpago.”

La memoria de sensaciones y emociones se mezcla con una observación directa de los estados del espíritu, del ambiente y de lo cotidiano, por lo que el lector asiste complacido a una lectura en profundidad de una poesía que no confunde ni defrauda en ningún momento y que muy a menudo refulge como una joya rara y delicada.

Este libro pertenece, pues, a la estirpe de los poemarios, por desgracia ya no demasiado frecuentes, que han salido de la imprenta para conceder a los lectores el placer de un descubrimiento singular, el enigma de la palabra bien temperada que oculta y desvela la idea diferente y original, nueva y antigua, la poesía de siempre pero refundada de nuevo para esparcir entre todos la promesa de una verdad tan reciente como repetida.

Por eso uno lee un libro así y se regocija por la naturalidad, el acierto, la mesura y la belleza que sigue inspirando la palabra poética, y no tiene más remedio que felicitar a su autor y animarlo a proseguir con su tarea literaria.