FRANCISCO SANDOVAL

Los espacios públicos tales como los entendemos hoy en día vienen heredados de la práctica que se realizó algunos siglos atrás, cuando sobre el tejido orgánico y caótico medieval se empezó a imponer el concepto de orden y representatividad. Y así es como se ligan los edificios magnos de la ciudad a un espacio adyacente que adquiere identidad propia.

Plaza del Cardenal Belluga

Plaza del Cardenal Belluga

En la Bienal de Arquitectura de Venecia que se inauguró el pasado 26 de mayo (y permanecerá hasta noviembre) hay una exposición internacional donde se dan cita las obras de célebres arquitectos. Me llamó la atención que el apartado de Rafael Moneo estaba dedicado a Murcia, y más que al famoso edificio del ayuntamiento, a la remodelación de la Plaza del Cardenal Belluga. Un enorme panel con una vista en planta de toda la plaza está al alcance de interesados y profesionales de la arquitectura de todo el mundo.

Me resulta llamativo que, si buscamos información sobre esta emblemática plaza murciana, muchos sitios web nos hablarán de su historia, de eventos acaecidos en ella, de su evolución hasta la contemporaneidad, pero no nos hablan de algo muy importante que en estos días está a la vista de tantos ojos en Venecia. Se trata de comprender la plaza, porque su morfología actual no es un capricho contemporáneo, sino que es historia viva.

La Piazza del Campidoglio o la Piazza di San Pietro del Vaticano son ejemplos de espacios que buscan resaltar la suntuosa fachada del edificio más representativo que en ellas se encuentra. Por otro lado, la Piazza del Popolo en Roma es un foco al que convergen tres líneas o vías de gran longitud. Todo ello con la simetría dominando el conjunto como relación primordial. Y entonces, en la Plaza del Cardenal Belluga, ¿cuál es la relación existente? Hallaremos la respuesta si nos fijamos en un hecho sustancial: la fachada de la catedral no mira a la plaza.

Lo podemos observar fácilmente: la típica foto de la catedral hecha en medio de la plaza no nos permite ver el alzado completamente, sino ligeramente ladeado. Esto es porque la fachada no está orientada al centro geométrico de la plaza, sino a la puerta del Palacio Episcopal. Es por eso que si nos colocamos en esta última sí veremos la fachada completa. Esta relación es la que deja patente Moneo con la línea recta en el pavimento que une la catedral y el palacio. Esta línea pasa por un foco que acoge otras líneas, encargadas de complementar los otros elementos y direcciones presentes en el lugar. Las líneas atraen las otras puertas de la catedral, las calles y el ayuntamiento hasta el foco, pero solo la primera posee una reflexión perfecta de 180 grados al pasar por dicho foco, marcando así cuál es la relación principal de la plaza: una especie de simbiosis en los dos edificios del poder eclesiástico.

Como último toque, Moneo “hunde” ligeramente ese punto al que llegan las líneas, potenciando el concepto de centro sobre el que gravita el entorno, motivado además por la “maniera italiana” respecto a este tipo de espacios: “Una buona Piazza è raramente piatta” (una buena plaza es rara vez plana). Toda esta operación otorga expresividad a la plaza y a la fachada de la catedral y, sobretodo, la llena de significado.

En el urbanismo barroco la línea es importante porque marca una dirección principal y fomenta la fuga y profundidad del espacio. La línea se remata con un foco o hito, de lo contrario sería un viaje a ninguna parte. Un buen ejemplo lo tenemos en la Glorieta o Corredera de Caravaca, un paseo que desde su origen ya marcaba una clara dirección. Esa dirección, y no otra, viene dada por el trazado de la mayor de las acequias proveniente de las Fuentes del Marqués. El foco es el Templete, un edificio barroco ligado además al trazado de la acequia. Así pues, tanto en uno como en otro caso, tenemos la línea y el foco como elementos compositivos del contexto.