Mari Francis Sáez Escámez

COPLA IS NOT DEAD

La copla comenzó su período de esplendor durante la II República. Estas canciones tan pertenecientes a la cultura ancestral del pueblo español hicieron que durante la Guerra Civil se cantaran en ambos bandos. Así, durante la dictadura franquista, aprovechando la popularidad de este género, se quiso utilizar como vehículo moralizante y ensalzador de los valores patrióticos y católicos.

Concha Piquer durante los años 20

Si se tuviera que definir con una única palabra la atmósfera que ha envuelto a la figura de la folklórica en nuestro país desde la primera mitad del siglo XX ésta sería la de ambigüedad, provocado una dicotomía en su propia naturaleza: modernas o productos de una España trasnochá, mujeres que perpetuaban el matrimonio tradicional o mujeres liberadas que vivían dentro de sus círculos relaciones homosexuales, mujeres ancladas a España o cosmopolitas en Nueva York.

Comulgaran o no con la dictadura franquista, es un hecho que amparadas bajo la mitificación pudieron conseguir hitos que la mujer por regla general no podía entonces: independencia económica (algunas haciendo fortunas), viajes al extranjero y casarse varias veces con una normalidad inaudita.

Sus canciones, por supuesto, inmortalizan y normalizan valores patriarcales. Pero otras también nos sorprenden, como es el caso de las que a continuación presento:

Amante de abril y mayo. La mujer se ha visto presentada desde antaño como un objeto carente de deseo carnal, sin libido, pues ante todo debía optar por una postura basada en la decencia y en el decoro. Esta copla, contra todo eso,presenta a la mujer como un sujeto activo de deseo.

“Amante de abril y mayo, moreno de mi pasión, te llevo como a caballo sentao en mi corazón.” Aquí tenemos el caballo como símbolo de fuerza sexual desbocada.

“Me están doliendo los centros de tanto quererte a ti me corre venas adentro tu amor de mayo y abril. Desde los pies a la boca, que aprendan todos de mí, ¡ay, ay, ay de mí! A querer como las locas.”

Como vemos es muy explícita, observamos el dolor físico que se siente cuando el deseo y la atracción física hacia alguien nos provoca una reacción hormonal de estas características.

Ojos verdes. A veces, nos quedamos en el estribillo de una canción y no somos conscientes de qué nos cuenta su estrofa. Así vemos cómo esta archiconocida copla narra un encuentro sexual: “Apoyá en el quicio de la mancebía miraba encenderse la noche de mayo, pasaban los hombres y yo sonreía hasta que a mi puerta paraste el caballo. Serrana, ¿me das candela? Y yo te dije gaché: ven y tómala en mis labios que yo fuego te daré. Dejaste el caballo y lumbre te di (…)”.

Una actitud poco decorosa para la moral de la época, y en la que la mujer se encuentra otra vez como sujeto activo durante ese primer encuentro y el posterior desenlace:

“Vimos desde el cuarto despertar el día y sonar el alba en la Torre la Vela. Dejaste mis brazos cuando amanecía y en mi boca un gusto de menta y canela. Serrana, para un vestío yo te quiero regalar. Yo te dije: estás cumplido no me tienes que dar na.”

Tras yacer no quiere agasajos, algo muy significativo, pues bajo esta óptica siempre se ha pretendido callar y contentar a la amante con el obsequio de joyas y/o ropa.

Concha Piquer tuvo problemas con esta y otras muchas canciones suyas en lo que a censura se refiere. Sin embargo, ella las continuaba cantando. Luego, pagaba las multas.

Para concluir, me parece muy interesante que en El beso (1948) y en Yo soy esa (1952) se presenten a dos españolas que reflejan perfectamente la antítesis, la doble moral que encarnaban las folklóricas en estos años de represión y mojigatismo femenino.

Por un lado, en El beso se describe a la mujer bajo los valores nacionales-católicos:

“La española cuando besa es que besa de verdad y a ninguna le interesa besar por frivolidad. El beso, el beso, el beso en España lo lleva la hembra muy dentro del alma; le puede dar un beso en la mano o puede darle un beso de hermano, y así la besará cuando quiera. Pero un beso de amor no se lo dan a cualquiera”.

Por el otro lado, en Yo soy esa encontramos lo opuesto, lo dionisiaco: “Yo soy esa, esa oscura clavellina que va de esquina en esquina volviendo atrás la cabeza. Lo mismo me llaman Carmen que Lolilla que Pilar con lo que quieran llamarme me tengo que conformar. Soy la que no tiene nombre. La que a nadie le interesa. La perdición de los hombres la que miente cuando besa.”