PASCUAL GARCÍA

Hubo un verano de recuerdo agridulce en el que mi padre me enseñó una lección importante. Fue en el primer curso de la carrera y, aunque yo había trabajado en vacaciones desde muy crío después de terminar con eficiencia sobrada todos y cada uno de los cursos, aquel verano no había demasiada tarea que hacer, así que mi padre se dedicó con una precisión escalofriante y una voluntad despiadada a levantarme cada día antes de las siete para que lo acompañara al secano o en el trasiego de los animales. Los primeros días me parecieron que formaban parte de una costumbre habitual, pero muy pronto entendí el engaño y la trampa. Durante toda la mañana apenas si hacíamos nada de relevancia: podar algún árbol, quitar cualquier mala hierba, vigilar los pequeños dominios de aquel terreno junto al monte que había constituido el sueño de mi padre, en fin, nada importante, y todo esto hasta que el sol abrasaba nuestras cabezas y nuestros brazos y mi padre, sin prisas, como si hubiera ido al campo a pasear, decidía que había llegado la hora de volver al pueblo, aunque la ida y el regreso debíamos hacerlos andando, y el trayecto era escarpado y duraba una hora larga, así que antes de la hora de la comida, sin ningún cometido concreto que hubiésemos llevado a cabo  ni misión cumplida, tornábamos a la casa, sudorosos y fatigados, pero yo sentía que había perdido el tiempo y que nadie me lo restituiría jamás.

A lo largo de la mañana mi imaginación no había parado de elucubrar y pergeñar proyectos varios. Las faenas eran asequibles pero el aburrimiento y la alienación me mataban, y en eso consistía el trabajo, al menos el que me tocaba a mí, en no llevar a cabo nada creativo, en obedecer a mi padre y permanecer el tiempo necesario junto a él y a sus  órdenes siempre.

Así lo fue haciendo cada día con una firme contundencia hasta que llegó el momento de irnos a los invernaderos de San Pedro a coger pimientos, berenjenas y tomates, labor que precedería a la recogida de la almendra en agosto y a la vendimia de Francia en septiembre y octubre. Yo sabía que todas ellas eran obligaciones inexcusables, porque el invierno sería largo y las arcas de la familia dependían de estos trabajos. Y, sin embargo, no me he quejado nunca de esta servidumbre que imponía nuestra condición de pobres, pero la tozudez un tanto estéril con la que me fustigó mi padre aquel verano para que no hubiese ni una sola jornada en la que pudiera caer en la tentación de quedarme en la cama u holgazanear a mis anchas, me marcó para siempre.

Al año siguiente fui yo el que se buscó las tareas para ocupar ese tiempo  vacío que tanto obsesionaba a mi progenitor. Luego seguirían esperándome los invernaderos abrasados,  las almendras sobrias y resecas y las cepas húmedas de Francia, pero mientras llegaban estas labores obligatorias, ese año yo me impuse la tarea de impartir clases particulares de latín y de lengua, no muy bien remuneradas, es cierto pero suficientes para que mi padre las considerara una labor honorable  que debía respetar.

La lección fue, según la entendí yo, que a cierta edad y en mi casa no estaba permitido el ocio infructuoso ni la vagancia infértil. Pertenecíamos a la clase trabajadora y la inactividad no albergaba explicación alguna, aunque el verano, según proclamaba la tele, era el tiempo de las vacaciones y del descanso, dos conceptos que entendería en toda su plenitud pasados bastantes años a lo largo de un mes de playa en Campoamor con mi familia y algunos amigos.

Fue entonces cuando descubrí que no todos habían hecho lo suficiente para merecer aquel paraíso.