Pedro Antonio Martínez Robles

Había en mi casa libros que olían a misterio, libros viejos que olían a tiempo y a olvido, a memoria de difuntos; libros cuyo papel había adquirido esa pátina de polvo que da a sus páginas ese tono de color sepia, o de color gris, como el papel de estraza o la ceniza; libros que fueron para mí una hallazgo a mis diez o doce años y que rubriqué con aquel garabato infantil con el que pretendí “hacerlos míos”, como si su contenido no fuera algo independiente, algo libre y vivo que, con el tiempo, ni siquiera pertenece a su autor. Hoy los toco, después de tantos años, toco el polvo de sus hojas quebradizas y sé que aquellos libros me sedujeron definitivamente, me atraparon para siempre desde aquella edad tan tierna en la que aún no sabía que yo también trataría de explicarme la vida y su milagro vaciando en páginas y páginas toda la incertidumbre que llena el abismo insondable de mi interior. Y digo “incertidumbre” porque si hay algo que tengo claro, es que no tengo nada claro y los libros no son para mí otra cosa que esa búsqueda inagotable de una explicación del mundo que habitamos (o que nos habita).

Forran las paredes de mi biblioteca kilos y kilos de libros que he ido adquiriendo a lo largo de mi vida con una ambición desmedida por alcanzar todo aquello que puedan mostrarme; ahora comprendo que jamás seré capaz de completar su lectura aunque viva más de 200 años empeñado en ello; pero me asiste también la confianza de que sólo con alargar la mano y retirar un tomo, aunque sea al azar, de uno de los anaqueles de mi biblioteca, puedo encontrar respuestas a algunos de los enigmas que encienden mi inquietud, o cuando menos, hallar un camino que pueda conducirme a descubrir esos estados sorprendentes del ser y cuanto le rodea que tanto ignoramos. ¿Qué representa, al fin y al cabo, la mínima porción de lo que sabemos frente a todo lo que desconocemos? Leer es una aventura, y ahora, al cabo de tantos años devorando páginas y páginas, comprendo que no sólo se lee por placer, sino también, y quizá en primer lugar, por una implacable sed de conocimiento.

Siempre me ha cautivado el olor de los libros. Los libros viejos huelen a polvo, quizás a abandono y un poco a olvido. Los libros nuevos huelen a mar y a bosque, a presencia viva. Me acuerdo del placer que sentía, en los comienzos de aquellos octubres de estudiante, al abrir las páginas de los libros de texto y meter entre ellos mi nariz para aspirar el olor que me ofrecían. Es el mismo olor que encontramos hoy en esos primeros ejemplares recién recibidos de la imprenta que desembalamos en la intimidad de nuestra casa, en un acto casi litúrgico, y en los que hemos puesto meses, años de esfuerzo para tratar de ofrecer a los posibles lectores respuestas que nosotros aún seguimos buscando. Esos libros que, con púdica satisfacción, contemplamos en las mesas de las librerías cuando empiezan su rodaje por el mundo, cuando inician su defensa ante el juicio de quienes tengan la curiosidad de acercarse a sus páginas; los mismos que llevamos a las ferias, las exposiciones, charlas, coloquios, clubs de lectura, presentaciones; los mismos libros que habrán de hacerse viejos algún día, con todos sus misterios por desvelar en su interior, del mismo modo que los libros que un día encontré en mi casa materna, que me sedujeron y que ingenuamente quise “hacer míos” con mi rúbrica infantil, sin comprender entonces que cuanto encierran no pertenecen a un solo lector, sino a todos los lectores que en ellos se sumerjan, y que su vejez es sólo la vejez del papel, pues la palabra que fluye en su interior, vibra con un temblor inextinguible y no envejece nunca, no envejece nunca…

 

26 de septiembre de 2021