NOEMÍ GARCÍA MARÍN/PEDAGOGA Y ORIENTADORA ESCOLAR

Si pensamos detenidamente en la trascendencia que tienen las emociones en nuestro día a día, nos daremos cuenta que, son muchas las ocasiones en las que éstas intervienen. Y es que, gran parte de nuestras decisiones, son influenciadas en mayor o menor medida por nuestras sensaciones. Ante esta realidad, sin embargo, nos encontramos con familias únicamente preocupadas por los resultados académicos de sus hijos, por sus notas (números), y sobre todo por el que hayan aprobado matemáticas o lengua y literatura por encima de otras asignaturas, creyendo que estos resultados determinarán el éxito o el futuro de sus hijos, a pesar de que los últimos estudios han comprobado que el logro académico no es garantía de éxito en la vida familiar o social.

ImaginiaSin saberlo, exigimos a los niños la consecución de unos resultados académicos por encima de entender sus emociones (no digo con esto, que no sea totalmente necesaria la adquisición de estos conocimientos, sino de un equilibrio en la enseñanza). En ocasiones, nos encontramos con niños con un bajo control emocional: irascibles, frágiles e irritables ante los fracasos, respondiendo de manera agresiva y hostil ante otros niños o sus padres… Lo que comúnmente se conoce como “niños consentidos” y a los que no se les puede negar nada.  Ante esto, es importantísimo enseñarles a canalizar la rabia mediante el razonamiento y control emocional. De ahí la necesidad de enseñar el reconocimiento de las emociones básicas a partir de los dos años, cultivando el autoconocimiento y la empatía. Podemos enseñarles, por ejemplo, que antes de gritar o pegar ante una rabieta, es mejor expresar en voz alta qué les molesta, favoreciendo continuamente su expresión, su opinión y sus sentimientos, a la vez que la escucha activa.

Así pues, debemos apostar por el desarrollo de la inteligencia emocional desde la infancia, pues la autoconciencia y autocontrol emocional, la automotivación, la empatía, la competencia social y habilidades sociales, la confianza en sí mismo y en los demás son la clave para un correcto equilibrio emocional. Un niño con una autoestima equilibrada, tendrá seguridad, confianza, responsabilidad, empatía y facilidad para la resolución de conflictos. Potenciar en los niños el pensamiento crítico (opinión personal frente a la presión colectiva), el diálogo en oposición al individualismo, la crítica constructiva y de autoanálisis frente al egoísmo, son las principales asignaturasque deberían ser la base de cualquier aprendizaje.

Afortunadamente en los últimos años, la educación tiene más en cuenta la detección y desarrollo de las diferentes inteligencias múltiples (lingüístico-verbal, lógico-matemática, viso-espacial, corporal-cinestésica, musical-rítmica, naturalista, intrapersonal- interpersonal y existencial o espiritual) de los niños. Encontramos así, centros educativos donde estimulan la potencialidad de cada pequeño, adaptándose a sus necesidades. Sin embargo, es en el hogar, donde debemos empezar por cultivar la semilla emocional de cada infante.