JOSE MANUEL KOPERO

Leía ‘Espejos’ de Eduardo Galeano con mi novio cuando se me ocurrió que sería buena idea comenzar ‘La Ilíada’. Ya en el pasado leí los primeros cantos de la obra, pero a edad temprana y sin demasiada atención por mi parte. Ahora, bien acompañado, lo intento de nuevo, pero por llamada. Ambos con el libro abierto en nuestras respectivas casas, turnándonos. Parando para buscar información sobre los diferentes personajes que se nombran, sean divinidades o mortales, lo que nos lleva a conocer otros mitos y explorar temas que a priori no nos habíamos planteado. Así, una cosa lleva a otra y, cuando me quiero dar cuenta, el canto se ha acabado.

Podemos pasar más de una hora seguida leyendo y no avanzar más de 15 páginas. Sin embargo, el tiempo se va volando por lo mucho que disfrutamos. Por supuesto, la estructura y la gran cantidad de oraciones subordinadas complican un poco la comprensión, obligándonos a parar cada dos o tres párrafos y resumir en un par de frases lo leído. «Zeus le ha dicho a Hera que no le toque las narices y que haga lo que quiera, pero que en un futuro él hará lo mismo», digo. «Aquiles se ha enfurruñado y les ha mandado a freír espárragos».

Casi diría que nuestras llamadas se asemejan a una clase de bachillerato en la que los alumnos y el profesor comentan una obra mientras se sumergen en sus páginas. Es mi guilty pleasure, como se suele decir, el de volver a mis 17 años, cuando podía escuchar durante horas a mi ilustre profesor de Griego y Latín hablarnos sobre mitos, guerras, sátiros y emperadores. Aquello era como sentarse en el Olimpo y tomar el néctar de los dioses.