Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hubo un tiempo en que las horas solo venían del cielo, de la posición del sol durante el día y de las estrellas en plena noche, aunque todo se complicaba un poco cuando estaba nublado. Tal vez por eso tuvieron tanto éxito los primeros relojes entre los hombres del campo, ganaderos y agricultores, los grandes relojes municipales  que solía controlar con destreza un artesano al servicio del ayuntamiento. Mi abuelo Cristóbal padeció unos días de cárcel al final de la guerra por haber cometido el terrible delito de ejercer con buen entendimiento y éxito este puesto durante los años de la República; de hecho mi abuelo materno había sido un referente en este gremio durante décadas y fue maestro de relojeros y mientras él llevó el reloj de la iglesia, todos los señoritos del Casino, que tenían el suyo, de chaleco y leontina, antes que nadie, los ponían en hora al mediodía según  la hora del Cristóbal que era la hora exacta.

Con el paso de los años este concepto ha ido variando, y en mi época de adolescente recuerdo que a algunos muchachos de mi barrio empezaron a regalarles sus padres flamantes pelucos de fabricación japonesa y diseño moderno, pero lo que todos tenían en común era la extremada fidelidad al tiempo cronológico, que, si nos paramos a pensar un poco, no es otra cosa que una entelequia cultural, una partición artificial de las noches y los días en fracciones más pequeñas de las que uno a veces no tiene demasiada conciencia, pues una hora viendo una película maravillosa, tomando el sol en la playa o paseando con la mujer de tus sueños no puede durar lo mismo que una hora descargando un camión de fruta, llenando un  motocarro de estiércol o cortando uva unatemp mañana en mitad de una helada y mojado hasta el pecho.

Aun así nos empeñamos en fraccionar la vida, numerar los minutos, los segundos y las horas y ajustarnos a un imposible modelo cronométrico que constituye solo un ideal. Aquellos relojes de origen asiático impusieron la moda de la hora exacta, aunque pasarían aún algunos años hasta que pudiéramos poseer de verdad el misterio del tiempo en el interior de nuestros bolsillos. Pasamos por aquel entonces de saber una hora aproximada a competir por la hora cabal y perfecta, de conformarnos con una cábala temporal a ser dueños absolutos de la cifra mágica que ordenaba nuestras vidas, aunque nuestras vidas no necesitaran orden alguno ni fuésemos partidarios de renunciar al caos cotidiano en el que parecíamos ir sumergidos.

Y ni siquiera era preciso arreglar los relojes como en los años de mi abuelo, porque cuando se desajustaban, resultaba preferible tirarlos y comprarse otros. Y ahí llegó el despilfarro del tiempo y con él, el exceso de la chatarra tecnológica.

Los relojes se han abaratado un disparate, ha desaparecido el viejo artesano y se ha popularizado la industrialización con una mayor garantía de calidad, exactamente dos años, y la certeza de que, pasado ese plazo, estamos obligados a adquirir un nuevo modelo, obsolescencia programada llaman a este fraude que mi abuelo Cristóbal no podría entender en absoluto si levantara la cabeza.

Cada año, cuando se adelanta o se retrasa la hora, dependiendo de la estación, solo nos preocupamos ya por un par de relojes de muñeca, con cierto estilo y caros, que nos regalaron en el último cumpleaños y que nos ponemos como las mujeres se ponen sus joyas, para lucirlas en ocasiones especiales, porque el resto de los artefactos de nuestra casa llevará para siempre la hora exacta hasta que las pilas dejen de tener efecto y se agoten las baterías en el mundo.