Pascual García(garciapascual@hotmail.com)

Soy de la opinión de que la grandeza de un pueblo, como la grandeza de un ser humano, no se mide por el orgullo de ser diferente y mejor al resto de los pueblos o de los seres humanos. El nacionalismo, que en su día supuso una bandera de libertad e independencia frente a los grandes imperios absolutistas europeos ha acabado siendo otro imperio, una dictadura de lo autóctono frente a lo cosmopolita, de lo terruñero frente a lo universal.

En Moratalla no existe, por fortuna, ese arraigado y erróneo sentimiento de pueblo despreciativo y soberbio, sino que, muy al contrario, solemos emplear de una forma ácida la incomprensión contra nosotros mismos en un ejercicio, que yo califico de saludable, pues sólo quien se reconoce enfermo tiene la opción de curarse.

Por otro lado, no encuentro virtudes o defectos diferentes o mayores que les he encontrado a otros pueblos o a otras ciudades en mis viajes o en mis estancias. El hombre es un obcecado repetidor de errores habite el lugar que habite y es él quien construye al fin el mundo que compartimos todos.

La añoranza por la tierra en la que uno ha nacido y se ha criado, donde tiene los amigos de la infancia y parte de su familia, así como los recuerdos empapados de emociones y de vida, no debe cegar nuestro espíritu crítico a la hora de valorar el sitio del que procedemos.

Moratalla ha sido un pueblo pobre y aislado. Nadie me puede negar a mí precisamente este aserto, porque pertenezco a la casta que lo ha sufrido de una manera más directa. Tampoco nadie me lo puede reprochar. Desprovisto de las vías de comunicación que le hubiesen proporcionado el acceso rápido y seguro a los centros comerciales y económicos, sin apenas agua suficiente para una agricultura provechosa, sin industria propia y con una creciente y feroz emigración a países y comunidades españolas donde abundaba el trabajo y las oportunidades de mejorar, y carente, a la vez, de una imaginación imprescindible para salir de este estado de crisis permanente, Moratalla posee por el contrario un paisaje excepcional y un clima único en el enclave levantino, pues su altitud lo aproxima a los niveles térmicos y de humedad continentales, a pesar de no estar demasiado lejos del mar ―yo lo he visto desde lo más alto de la Sierra del Buitre en los días despejados―.

Como he nacido y he vivido a un paso del Castillo, he tenido la ocasión de comprobar a lo largo de los años el enorme tránsito de gente, turistas la mayoría de ellos, viajeros en busca de un tipismo discreto, caminantes hacia ningún lugar determinado, que han subido por las empinadas cuestas de la Iglesia y de la Calle Castellar. Traían casi siempre una curiosidad obsesiva por lo viejo y por lo antiguo (que no son la misma cosa), y no dejaban nada, acaso un rastro de colillas y de huellas sobre la tierra de las calles.

Reconozco mi torpeza y mi falta de iniciativa empresarial, pues tal vez un puesto de golosinas y frutos secos, donde se vendiera agua y refrescos variados, mapas de la localidad y artesanía de esparto y de otros materiales hubiese constituido un negocio rentable, al menos para ir tirando. Sin embargo, me limitaba a observarlos extrañado de sus trazas y de su interés por aquel barrio humilde y desangelado, donde el frío de diciembre y el viento de marzo azotaban sin piedad cada temporada. Mi error consistió en persistir en un temperamento únicamente poético, en mirarlo todo desde ese punto de vista y en dejar pasar los días y las horas, mientras devoraba un libro junto a la ventana del comedor o me estudiaba un examen.

Y, sin embargo, me siento orgulloso de pertenecer a un pueblo que no hace alarde de su primacía ni de su importancia ni de su carácter singular; aunque en mi fuero interno estoy seguro, y así lo he proclamado allá donde he ido, que no existe un pueblo como éste, de tanta raza, de fuerza semejante y de parecida alcurnia, un territorio donde sólo han sobrevivido los hombres y las mujeres que luchan cada día, sin dengues ni melindres, pertrechados con sus manos y su coraje, decididos en cada jornada a vencer el miedo y a traer el pan de la familia a casa. Así me lo enseñaron mis mayores y del mismo modo lo están aprendiendo mis hijos. Ésta es la única grandeza que me vanaglorio de haber recibido del lugar donde nací. La herencia de mi tierra.