José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Durante muchos años, en el espacio de tiempo que medió entre la conclusión de la Guerra Civil y los últimos de la década de los cincuenta, sólo hubo una heladería en Caravaca, conocida popularmente por el nombre propio de quien la regentaba: Cruz Muñoz López, cariñosamente denominada Cruz la de las gaseosas por ser hermana de Gonzalo, del mismo sobrenombre y del que otro día me ocuparé.

La heladería de Cruz abrió sus puertas al público caravaqueño hacia 1949 en bajo alquilado, con el número doce de la C. Mayor, donde hasta entonces había habido una zapatería, colaborando a hacer más llevaderos los rigores del estío local hasta 1958 en que traspasó el negocio a una familia de Jijona (Alicante), interesada en establecerse en la ciudad.

Cruz procedía de Huéscar (Granada), y era hija de Gonzalo Muñoz García y Consagra López Sánchez-Cortés, matrimonio que se instaló en Caravaca hacia 1920, con Cruz y el resto de los hijos (Luis, Dolores, Manuela y Gonzalo), cuando le fue concedida al padre la administración de la empresa de coches de línea que hacían el trayecto entre Caravaca y Huéscar (el célebre y recordado Correo de Huéscar). Establecieron el domicilio familiar en la Plaza Nueva y en aquel barrio urbano se integraron durante muchos años.

Cruz nació en 1909 y contrajo matrimonio, ya en Caravaca, con Manuel Sánchez-Guerrero López en noviembre de 1934 fijando el domicilio familiar en la C. de Las Monjas, muy cerca del Puente Uribe, donde vino al mundo su único hijo, también Manuel como el padre.

Viuda con sólo 33 años, y huérfano su hijo con siete, hubo de ingeniárselas para salir adelante, primero ayudando a su hermano Gonzalo (fabricante y distribuidor de gaseosas), quien regentaba el ambigutdel Teatro Cinema; y luego estableciéndose por su cuenta, según queda dicho, iniciando un negocio de incierto resultado ya que los helados, además de consumirse sólo en una época del año, habían sido hasta entonces de elaboración artesana y venta puntual y ambulante. En el inicio de la actividad fue formada por la empresa Sirvent de Murcia, a través de Francisco Ruiz, del Bar Rhin (en la plaza de S. Pedro), quienes la introdujeron en la manipulación de las materias primas.

El local de la heladería era de superficie rectangular, con aproximadamente 15 metros cuadrados, dividido en dos estancias. Una abierta a la calle, de exposición y atención al público, y otra (con acceso desde ésta), utilizada como almacén y obrador. Se accedía a ella por única puerta, de madera, desde la C. Mayor, y en su interior gran arca frigorífica, con seis cubetas incrustadas, hacía las veces de mostrador. Las cubetas contenían diferentes granizados limón, horchata de chufas y café; y cremas: mantecado, turrón y vainilla. En el frente, flanqueando la puerta de acceso al obrador, dos armarios de cristal con adornos, recuerdos, vasos y copas. En el obrador se ubicaban las heladeras para la fabricación de los productos. En lejas asidas al muro se disponían algún que otro licor y el resto del ajuar propio del negocio, proporcionado por AlmacenesNestor. Los diferentes helados se fabricaban, como he dicho, en el obrador, con hielo procedente de la Fábrica de las Fuentes que, picado,se disponía en cubas de madera en cuyo interior se hacía girar (en el sentido de las agujas del reloj y al contrario), un recipiente metálico hasta que el líquido depositado en su interior se granizaba o se espesaba, según el tipo de helado. El hielo se disponía en la cámara existente entre la cuba de madera y el recipiente metálico y, a veces, se le aportaba sal gruesa para evitar su fusión rápida.

En el trabajo se ocupaba Cruz principalmente, y también ayudantes como José El Cuco, Alfonso el Fotógrafo y más tarde su propia sobrina Consagra, desde temprana hora de la mañana hasta la de apertura al público, sin horario fijo, no cerrando a medio día, durante las horas de más calor, que era cuando aumentaba la clientela.

El negocio funcionaba con mucho éxito de público desde la Fiestas de la Cruz hasta la Feria de Octubre, cerrando obviamente durante el invierno.

Los granizados se servían en vasos de vidrio de forma de cono invertido, mientras que las cremas se ofrecían bien en corte, entre dos galletas cuadradas, bien en chambi (cucurucho también de galleta). Así mismo se ofrecían a los clientes polos de hielo con sustancias edulcorantes permitidas, y una variante de estos, denominada coyotes que tenían forma cilíndrica. Todo artesanal, fabricado allí mismo, cuando aún no habían llegado a Caravaca los productos fabricados con conservantes muy lejos de la ciudad, transportados en furgonetas frigoríficas como ahora sucede.

En la heladería de Cruz se abastecía algún que otro vendedor ambulante, que con su original carrito pintado de azul, recorría por las tardes la Glorietay el Camino del Huerto, ofreciendo su mercancía a niños y mayores. El carrito, como recordará el lector entrado en años, era de tracción manual, con dos ruedas, provisto de toldo y lejas para ubicar los vasos, y un recipiente con agua donde éstos se enjuagaban tras el uso.

A unos y otros atendía Cruz, siempre ataviada con su delantal blanco impoluto, con la afabilidad que le caracterizaba, ya que su temperamento extrovertido y alegre por naturaleza le permitió encarar la vida de frente, sin añoranzas enfermizas.

Aficionada al cine (al que entraba gratis por su trabajo en el ambigut del Cinema), y a la conversación distendida, no faltaba nunca a la tertulia callejera que en la Plaza Nueva, al fresco de la noche veraniega, formaban los vecinos del lugar (las familias de Tomas Romera, Leandro Salinas, Alfonso el Pili, la propia suya y La Paz, del horno), quienes asistían con su propia silla a la tertulia mientras el chorro de la fuente y las hojas del viejo olmo aportaban su pizca de bienestar hasta que, bien entrada la noche, cada cual buscaba el descanso en su domicilio.

Cruz traspasó el negocio en 1958 marchando a residir a Murcia con su hijo, cuando éste vino al Banco Exterior de España desde Las Palmas de Gran Canaria donde tuvo su destino inicial. Bien que sintieron su ausencia sus amigas de siempre: Dolores Ramírez, Dolores Cortés y Pura Córdoba, así como los vecinos del trabajo: Inocencio López-Egea (Longines), Amadeo el sastre y sus empleadas, Pedro Antonio el fotógrafo y Pepe el de las Confecciones entre otros. Cruz prefirió la compañía de Manuel, su hijo, en la capital, hasta que una afección hepática acabó en pocos días con su vida en enero de 1979.

El recuerdo de la Heladería de Cruz, y de ella misma asociada al verano, permanece en el recuerdo de muchos, sobre todo de quienes éramos adolescentes y jóvenes entonces, ya que constituía un obligado punto de encuentro y de referencia social, donde se quedaba para invitar y ser invitado y donde nunca hubo penas, ni personales ni colectivas.