Pedro A. Muñoz Pérez

A la memoria de Paco Fernández, archivero municipal.

No es infrecuente en estos días encontrar en los periódicos alusiones a la gran pandemia de gripe (un virus del tipo influenza más letal de lo acostumbrado) que asoló el mundo hace un siglo dejando un reguero de varias decenas de millones de muertos. La coincidencia con la Primera Guerra Mundial provocó que la censura ocultara la información para no desmoralizar a las tropas. Sin embargo, como España era un país neutral, los periódicos se hicieron eco de la enfermedad y por eso un corresponsal extranjero la bautizó como “gripe española”, pese a desconocerse el foco original de difusión de la cepa. Curiosamente, este virus atacaba especialmente a la población más saludable: jóvenes y adultos de entre 20 y 40 años. Recordemos que en aquel tiempo no había antibióticos para tratar las neumonías que suelen ir asociadas a estos procesos y que las condiciones higiénico-sanitarias dejaban mucho que desear. Se popularizaron las máscaras de gasa o de tela, cuyo uso no frenaba el contagio pero daba cierta tranquilidad a quienes se las colocaban.

En España se llegó a especular con que se produjera un millón de muertos, aunque la cifra parece exagerada (estudios recientes la sitúan en torno a los 200.000), ya que la ausencia de protocolos sanitarios hace difícil la cuantificación exacta de los infectados. El propio rey Alfonso XIII fue uno ellos. Pero veamos lo que pasó aquí, en Caravaca y su campo, a través de la información que encontramos en las actas municipales.

En los inicios del siglo XX, enfermedades infecciosas, hoy erradicadas, eran consideradas “comunes”: sarampión, difteria, tosferina (coqueluche)… y las sempiternas “calenturas”, o el tifus endémico, que seguían provocando unas elevadas tasas de mortalidad, especialmente en la población infantil. El ayuntamiento se preocupaba sinceramente por la salud de los ciudadanos, pero se lamentaba de su impotencia para hacer frente a las necesidades sanitarias. En 1903, se refiere la carencia de recursos municipales para disponer de vacunas (especialmente contra la viruela) y sueros antidiftéricos, así como para costear los traslados a Murcia de afectados por mordeduras de perros rabiosos (hidrofobia). En la sesión de 12 septiembre 1908, el médico titular D. Pedro Vélez Guillén denuncia ante el Ayto. que “existe un gran número de enfermos atacados de fiebre, algunos de los cuales reviste gravedad por su carácter infeccioso, y que en su concepto pueden ser causados por la falta de higiene y de limpieza en las calles y casas; así como en el servicio de aguas potables de la población…”

En febrero de 1911 se produce un debate sobre los casos de fiebres tifoideas y en el verano se registra un brote de cólera ante el cual el ayuntamiento dispone medidas de contención, estableciendo una Junta de Sanidad y creando brigadas sanitarias, así como la construcción de un lazareto “en el cabecico de Bartolo”.

En 1914, el gobernador civil ordena diversas medidas para mejorar la higiene pública, dado el “escaso celo” que manifiestan las autoridades locales para “defender a los vecinos de los continuos ataques que la salud sufre por múltiples causas”. El ayuntamiento acuerda disponer de locales de aislamiento, desinfectantes para prevenir enfermedades infecciosas e infectocontagiosas; efectuar inspecciones sanitarias y visitas a establecimientos de alimentos, cafés, fondas, casas de huéspedes, mataderos; imponer sanciones, correctivos, multas…

Y en esto llegamos a los meses previos a la llegada de la gran epidemia de gripe. La situación económica general a mediados de 1918 era muy precaria. El acta de 25 de mayo refleja problemas de comercialización y abastecimiento de productos básicos como la harina (el alcalde impide que circule y se venda a Bullas) aves, huevos, etc. Se advierte de que no había recursos suficientes hasta la próxima cosecha. Y además estaba prevista para el día 30 una huelga de alpargateros y obreros del campo.

En la sesión de 1º de junio se ordena el cierre de las escuelas de primera enseñanza “en vista del desarrollo adquirido por la enfermedad reinante y del carácter contagioso de la misma”, y el 13 de julio la medida se extiende a las privadas para contener la epidemia de sarampión en este caso.

Las circunstancias empeoraron aún más si cabe porque la cosecha se perdió debido a una impresionante tormenta que se produjo a principios de junio. En el acta de 8 junio, el Ayuntamiento pide ayuda del fondo de calamidades, pero el gobernador civil contesta que no hay fondos para esa consignación. El 3 de agosto ya se habla de la escasez de harina para el abastecimiento y se faculta al alcalde para incautar los trigos y harinas necesarios para cubrir las necesidades del vecindario, en evitación de la alteración del orden público. La situación se agrava hasta el punto de que, en el acta de 10 de agosto, se recoge que el Gobierno Civil se hace cargo de  “garantizar la existencia de pan en los pueblos de la provincia por todo el año”. En este panorama de crisis alimentaria generalizada, es de suponer que la malnutrición en amplias capas de la población debilitara el sistema inmunitario y, como en tantas ocasiones en la historia ha ocurrido, aumentara la vulnerabilidad a todo tipo de enfermedades infecciosas.

A finales de septiembre se producen las primeras noticias de la epidemia porque “alguien” había denunciado que la aldea de Los Royos estaba “infestada de grippe”. Las autoridades municipales se muestran reticentes y algo escépticas para aceptarlo y mandan al inspector de sanidad que sólo detecta “algún caso de carácter benigno”.

Pero la progresión de la enfermedad no debió de ser demasiado clara ni alentadora porque en la sesión extraordinaria celebrada por el consistorio caravaqueño el 23 de septiembre se discutió incluso si “se había de suspender o no la celebración de la feria y las medidas que habrían de adoptarse en evitación de la enfermedad la grippe, caso de celebrarse.” No obstante, las autoridades se mostraban todavía confiadas en que la repercusión de la enfermedad no llegara a alcanzar la gravedad suficiente para desatar la alarma y tomar medidas más drásticas. Por eso se decidió que se celebrara la feria y que como única profilaxis de prevención se hicieran cumplir las medidas sanitarias acordadas por la Junta de Sanidad, con publicación de bandos y multas a los contraventores.

Nuevamente, en la sesión de 28 de septiembre se vuelve sobre el tema y se informa de que “el Médico titular de la Pedanía de Los Royos había girado una visita a dicho punto y reconocido a unos cuarenta vecinos y ratificado su opinión de que la grippe allí reinante es de carácter benigno”. Por otro lado, continuaba la polémica con respecto a la ubicación de la feria de ganados que se propuso trasladar a los “andenes” con el fin, no del todo explicitado, de evitar las aglomeraciones de gente y mitigar así los contagios.

Avanzado octubre, la difusión de la epidemia en la ciudad y por todo el territorio municipal era ya un hecho incontrovertible y el 11 de octubre se celebró una sesión extraordinaria con motivo de la recepción de un telegrama del Sr. Gobernador civil sobre lo que ya se denominaba sin tapujos “epidemia reinante”.

Ante la gravedad de la situación, las autoridades municipales se ven obligadas a tomar medidas como “la construcción de un pabellón en el sitio denominado Cabecico de la Carrasca, con las casetas y material de la feria; en segundo lugar que, para atender a los gastos que motive la epidemia, se lleve a efecto el reparto que establece el art. 151 de la Ley Municipal, repartiendo a dos pesetas y cincuenta céntimos por cabeza de familia; y por último se acordó conceder un voto de gracia a D. Julio Sánchez Moreno y demás individuos que constituyen la Asociación de la Cruz Roja en esta ciudad, por haberse ofrecido para prestar sus servicios con motivo de la epidemia.”

En el momento más álgido del brote, el 12 de octubre, se acuerda que el Ayuntamiento adquiriera todos los huevos que se trajeran al mercado, para su reparto proporcional en orden a evitar el abuso en el precio de un alimento principal para los enfermos de la epidemia. Y el 16 de octubre, las autoridades municipales que se resistieron en principio a reconocer la epidemia, desbordadas por su virulencia, se declaran en sesión permanente “en vista de las circunstancias, con el fin de estudiar y resolver lo antes posible las incidencias que el estado sanitario de la población pudiera reclamar.” El Alcalde manifiesta que han sido infructuosas las gestiones para conseguir material sanitario y de desinfección. Se acuerda dirigirse al Sr. Ministro de la Gobernación “haciéndole presente la angustiosa situación por que atraviesa la población” y rogándole facilite dicho material. Se acuerda publicar un bando con las medidas preventivas y de higiene y citar a los mayores contribuyentes para ver la manera de atender a las necesidades locales. Se prohibió incluso la visita al cementerio el día de todos los Santos. Al día siguiente se reanudó la sesión en la que se decidió que se formara una comisión que realizara una cuestación para recaudar fondos ante las “apremiantes necesidades de la generalidad de los vecinos”. El Ayuntamiento como primer donante aportó 100 ptas. Al día siguiente se acuerda conceder autorización para que fuera trasladada la Stma. Cruz en procesión desde el Castillo hasta El Salvador “con el fin de dedicar a expresada nuestra excelsa patrona rogativas y otros cultos en vista del alarmante desarrollo adquirido por la epidemia reinante.” Esta procesión se realizó al día siguiente, y dos días más tarde quedó levantada la sesión permanente “en vista de que ha disminuido considerablemente la epidemia y desaparecido por ende los motivos…” En el acta de 30 de noviembre, se dispone que al día siguiente se traslade la Cruz al Castillo en procesión de acción de gracias “por habernos librado de la epidemia que con carácter tan mortífero amenazó a esta vecindad durante el mes de octubre último.” Sin embargo, la epidemia tuvo varias fases, si bien menos agresivas, y no quedó extinguida definitivamente hasta 1920.

Por los libros de registro parroquiales, sabemos que en Archivel, por ejemplo, entre el 12 de octubre y el 13 de noviembre, esta gripe se cobró la vida de 30 personas, la mayoría jóvenes de entre 16 y 30 años. En nuestras circunstancias actuales, echar la mirada atrás es una manera de aquilatar la carga de alarma y de sufrimiento que soportamos. También así ponemos en perspectiva la esperanza de que todo esto habrá de pasar y se inscribirá en la historia un episodio del que hoy somos protagonistas, como lo fueron entonces nuestros antepasados, a quienes debemos honrar y respetar con sincero agradecimiento. Ánimo, conciudadan@s.

Nota: El contenido de este artículo está basado en el libro inédito del mismo autor: “Testimonios para la historia de Archivel”