JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO

Hace ahora un siglo, los abuelos de la generación del cronista que esto escribe, vivieron la experiencia de la gran epidemia de gripe que aterró a toda España, y por tanto a las tierras de las comarcas Noroeste y Río Mula a cuyo espacio geográfico me referiré.

Desde el mes de febrero de aquel año comenzó a rondar la enfermedad en la región de Murcia, siendo Águilas el primer lugar desde donde se comunicó contar con tres muertos entre los afectados por la gripe. De esas mismas fechas se tienen noticias de Madrid, donde la prensa informaba haberse hecho presente en fábricas y cuarteles, achacándose el mal a las remociones del suelo de la Capital, en obras por la adecuación del alcantarillado y la construcción del “Metro”.

En mayo, desde Alcantarilla se culpa de la enfermedad a las picaduras de los mosquitos, lo que confirma sin pudor el médico de allí Dr. Ballesta, mientras en toda España se generaliza la enfermedad, mencionándola en la prensa como “el Soldado de Nápoles”, la “Epidemia de Madrid” y, días después “la Gripe Española”.

A lo largo del mes de septiembre la salud de las gentes estaba en serio peligro, por lo que las autoridades hubieron de tomar cartas en el asunto determinando la desinfección (con estufas fumigadoras) de coches, tranvías y equipajes de los viajeros. Camas y habitaciones de cuarteles, hospitales, escuelas y dormitorios donde hubiera contagiados.

El Gobernador Civil Cesar Medina, ante la alarma social reinante, se dirigió a los alcaldes de los pueblos y ciudades de la provincia pidiendo información puntual y diaria de la situación en todos y cada uno de los lugares de la misma. También lo hizo el alcalde de Murcia Ceferino Pérez Marín, en bando que recordaba las medidas a tomar para no contraer la enfermedad, evitar el contagio y sanar de la misma. Sin embargo, quienes más atentos estuvieron haciendo públicas estas medidas fueron los Exploradores de Águilas.

Mediado septiembre hubieron de suspenderse las clases en las escuelas públicas, se cerraron las iglesias (celebrándose los oficios religiosos al aire libre). Se aplazó la apertura de curso en la Universidad y se prohibieron los espectáculos públicos en cines y teatros. Las anécdotas que narraban los médicos a través de la prensa eran a la vez curiosas y alarmantes. El médico de Aledo Sr. Redondo se compró dos caballos para hacer las visitas por los caseríos de Espuña, utilizando uno por la mañana y otro por la tarde. Desde Mula, el 21 de octubre, un vecino se quejaba a través de las páginas del diario murciano “El Liberal”, de la negligencia de las autoridades y de que la población se encontraba en el mismo estado de abandono que días atrás se había denunciado (desde las páginas del citado diario murciano) en Aledo. “Mas de cincuenta cadáveres han llegado a su última morada en un mes” (afirma). “Los médicos han abandonado su profesión y están en la huerta cuidando de sus naranjos. Sólo uno, ya anciano, de 68 años, D. Ginés Meseguer, se ocupa de los enfermos. No se reúne la Junta Municipal de Sanidad para tomar medidas, como en otros sitios. Sólo hay un médico, y viejo, para atender a 10.000 habitantes”. La sociedad local reclamaba la apertura del hospital construido por los propios vecinos en el Cabezo de S. Sebastián y que fue donado al Ayuntamiento sin que éste haya abierto sus puertas aún. El escrito, como he dicho, lo firma un vecino “que tiene conciencia” (dice él mismo), pues la localidad carece de corresponsal del diario aludido.

Como en el resto de los pueblos y ciudades de la Provincia, los ayuntamientos prohibieron la visita a los cementerios el ya cercano Día de Todos los Santos. En Alhama se prohibió a los sacerdotes acercarse siquiera a los domicilios de los fallecidos para proceder a su entierro, y en Caravaca el clero local responseaba por las calles de forma generalizada, a pesar de que la prensa local, en lo que he podido ver, sólo se preocupaba de personas concretas enfermas.

En Murcia, el 21 de octubre se bajó a la capital la Patrona, la Virgen de la Fuensanta, desde su eremitorio del monte, para hacerle rogativas. Y en Caravaca se hizo lo mismo con la reliquia de la Vera Cruz desde su santuario en el Castillo al templo mayor de El Salvador.

El único remedio eficaz contra la enfermedad fue la “quinina”, por lo que el medicamento comenzó a escasear muy pronto, siendo solicitado desde los ayuntamientos al Gobierno Civil con desesperación. Los farmacéuticos locales comenzaron a elaborar otros, resultado de fórmulas magistrales, como “Aforina Moreno”, “Quit”, “Agua oxigenada Foret” y “Anticatarral García Suarez” entre otros, que en Caravaca se dispensaban en la Botica de las Columnas, D. Pedro Antonio López y D. Dionisio López Sánchez-Cortés (quien se anunciaba en la prensa local como “sucesor de D Pedro Rodríguez”, en la C/ García Alix (hoy Mayor) “con tarifas económicas como en Valencia y Barcelona”.

Por fin la epidemia hizo crisis tras las esperadas lluvias de otoño. Una gran borrasca se instaló sobre la Región durante los últimos días de octubre, fechas en las que, desde Alhama y Cartagena se decía que la epidemia remitía porque “ya no quedaban personas en las que cebarse”.

Como tantas veces ocurre, la opinión pública, a través de los medios de comunicación, arremetió contra las autoridades provinciales y locales que, en honor a la verdad, aunque tarde actuaron con diligencia. Para algunas de ellas se acabó pidiendo la Gran Cruz de Beneficencia. Fue el caso concreto del Inspector Provincial de Sanidad Sr. Ladrón de Guevara y del alcalde de Caravaca Felipe Martínez-Iglesias, quien la obtuvo por petición del Ayuntamiento local en Pleno celebrado el 2 de diciembre.

 

Igual que en la Capital se despidió a la Fuensanta en romería extraordinaria celebrada el 17 de diciembre, en Caravaca se devolvió la Stma. Cruz al Castillo, en procesión solemne celebrada el día 3 de ese mismo mes “acompañada de todo el clero de la ciudad e inmenso gentío”, tras cesar la epidemia varios meses reinante.

Antes, el 20 de noviembre, en el ya citado diario murciano “El Liberal”, se elogiaba la actitud de algunos de los médicos caravaqueños, por su denodado esfuerzo en salvar vidas durante la reciente epidemia. Se refiere el periódico citado a D. Alfonso Caparrós Fernández, D. Mariano López Salazar, D. José de Haro y D. Jorge Romeral, de quienes escuche hablar a mis abuelos. Para nada en cambio se menciona a otros como P. Amando Hernández Pérez, médico cirujano que pasaba consulta gratis a los pobres dos días a la semana en el número 5 de la calle Vidriera; ni a D. Jorge López Sánchez Cortés.

Para terminar diré que la palabra gripe se escribía entonces con doble “p” (grippe) y que entre las medidas aconsejadas para evitar el contagio, en poco se diferenciaban (por lo general), de las que cien años después se proponen a la ciudadanía cuando cada otoño repunta la gripe en los pueblos y ciudades de nuestra España.