MAGDALENA GARCÍA/@garciafdez  

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Nunca hay una previsión exacta para ese comienzo de temporada de huracanes en México… Mayo, junio. Los chilangos (como se les llama coloquialmente a los originarios del Distrito Federal) dicen que ahora las lluvias son imprevisibles y que ya llevan unos años viendo llover en diciembre. Cuando llegué hace un poquito más de un año la intensa lluvia fue lo que me recibió.Entre un auténtico caos de gente y coches, la tormenta no hace más que acrecentar ese sonido de claxon, gente corriendo, carros que no respetan los semáforos en rojo… Y ya el cielo cae lo suficiente como para inundar calles… Pero de repente la Ciudad de México queda iluminada por un rayo, que caerá perfecto en algún lugar, entre sus 25 millones de habitantes, y lo procederá un trueno, un trueno ensordecedor que traerá la calma por un momento. Quizá en esa locura de movimientos nadie perciba el temible trueno que anuncia una lluvia mucho más abundante. Todos siguen preocupados por llegar cuanto antes a casa, mientras mis ojos y mis oídos se sorprende cual niña pequeña llegada de un pueblo de 12000 habitantes a una ciudad que, vista desde los ojos de un pájaro, no tiene fin.
Es realmente difícil describir tanta belleza, a la vez que se mezcla suavemente con una rutina que agota con solo mirarla, con medias vidas que se van en metros, autobuses, horas y horas de atascos. Una no sabe muy bien cuál es la energía que te deja atrapada, enganchada.
Los que caminan optan por quedarse en los miles de puestos de tacos que abarrotan las aceras. Los andenes del metro recogen filas y filas de gente, y estos se retrasan. La gente se impacienta, se asoma al túnel. De pronto llega, se abren las puertas y comienza la batalla. Empujones, apretones en el interior, el sonido que avisa el cierre de puertas de inmediato, estrés en esa lucha por conseguir entrar.
Y mientras tanto, yo opto por refugiarme a menudo bajo alguna cornisa, a las puertas de algún negocio, para contemplar la fuerza de la naturaleza sobre una ciudad insensible al cambio climático… Luego, veo como cae la última gota desde la hoja de cualquier árbol, la gota que calmó la tormenta, el último suspiro… Y yo suspiro con ella, respiro como si fuera mi último segundo. Tomo aire, dejo que esa gota caiga sobre mí y retomo mi salida. La salida a la realidad para llegar a casa, saltando charcos, esquivando paraguas que empiezan a cerrarse… Y darme cuenta de que es esa última gota la que me hace consciente de que estoy a más de 9000 km de mi raíz, de mi gente. Emigrando por muchas circunstancias, extrañando olores, sabores, emociones… Pero estando feliz en cada «trueno» que descubro en este país.
A veces esa gota te trae la nostalgia, la melancolía. Otras me recupera el aliento. Algunos te entienden, otros no tanto. Yo simplemente opino que, cualquier detalle es bonito para sentir que estamos vivos ante una ciudad desenfrenada, en la que nadie mira a nadie, pero a la vez te hace tener recuerdos de cosas que nunca habías vivido.