Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hubo un tiempo memorable en que el centro de Moratalla estuvo situado en la Glorieta, lo que en su origen fue el Jardín del Caudillo pero del que nadie se acordaba verdaderamente cuando paseaba a un lado y a otro alrededor de los árboles y de la fuente. Muchachos en una dirección y muchachas en la otra con el fin de cruzarse con picardía en cada vuelta, ronear con chispa o decirse algo si venía a cuento. En esos pocos metros se han fraguado los grandes amores del pueblo; muchos llegaron a buen puerto y algunos se suspendieron durante años y tornaron a reanudarse algunas décadas después con mejor ímpetu   y pasión recobrada.

A nadie se le escapa, y menos que a nadie al que escribe estas líneas, que la Glorieta ha tenido siempre el secreto de los amores incombustibles y que allí se han gestado idilios de película y romances novelescos, al amparo del Cine Trieta que también ponía su granito de arena. ¿Cuántas horas se gastaron mientras iban de un lado para otro las muchachas y los muchachos hasta que estos últimos se atrevían a aproximarse a alguna de ellas y a decirles las palabras mágicas, que en ocasiones estaban tan ocultas y eran tan intrincadas que al muchacho de turno le costaba horrores hallarlas?

El resto era aún más difícil: mantener la conversación sin aburrir a la pretendida durante el resto de la velada, decir algo con sentido, con cierta gracia, que revelara sin excesos las intenciones veladas del que bebía los vientos por ella, y todo esto bajo la atmósfera cargada de presagios y recuerdos de un jardín que muchos otros habían poblado durante años de palabras de amor y sonrisas seductoras.

Por aquellos días ella lucía un cabello rubio como el oro, recogido en una graciosa cola de caballo, unos labios rojos y apretados  y unos ojos claros como el mar que miraban desde las profundidades marinas de un sueño adolescente, llevaba un vestido de color crema que mostraba sus hombros delicados y de nácar y calzaba unas livianas sandalias blancas con un poco de tacón.

A su lado, el muchacho, unos centímetros más bajo, luchaba por controlar su respiración agitada y disfrutar a la vez de la ventura que le procuraba la ocasión. No recordaba el momento exacto en que se había enamorado de ella, como si no hubiese un principio para aquel trance, como si de un modo natural no hubiese conocido otra circunstancia que    el embeleso de aquel cuerpo de agraciadas formas y piel milagrosa que le permitía acercarse, dirigirle unas escasas palabras en un tono dubitativo y azorado y cumplir con el mandato fascinante de la velada.

Luego, al día siguiente, pensaría en todas las sandeces que se le habían escapado, en lo que dijo y en lo que no dijo, y hasta en el futuro improbable que los esperaba a ambos, pero ahora, mientras paseaba junto a ella alrededor del jardín y de la fuente, solo podía pensar en lo feliz que se sentía, en la insólita oportunidad que le estaba ofreciendo el destino, en el regalo excepcional que le había deparado la noche.

Quiero rendir un homenaje merecido, conmovedor y especialmente significativo en estos días en que he tenido la suerte de regresar en el tiempo a los brazos sutiles, delicados y bellísimos de aquella primera novia de mis doce años, a sus labios de mariposa y de cuento, al entorno más castizo, con más prosapia y embrujo de mi pueblo donde cortejé a la muchacha de mis sueños, a la antigua usanza moratallera, ese jardín de los encuentros idílicos donde nacieron tantas historias de amor.