María José Lozano BernalPsicóloga CDIAT AVANZA/Asociación APCOM
La frustración es un sentimiento que surge cuando una necesidad no resulta satisfecha y, además, se ha invertido un esfuerzo para su logro.
Generalmente, la frustración se considera como algo negativo, sin embargo esto es un error puesto que en la vida no se alcanza o logra todoFrustración niños cuanto se quiere, por lo tanto aprender a tolerar la frustración, aprender a valorar el esfuerzo invertido (aunque no se alcance lo que se esperaba) y, sobre todo, aprender que todo puede cambiar y que, dichos cambios son influidos por nuestras actitudes y acciones, nos permitirán convertir los sentimientos de dolor, de frustración, en experiencias educadoras y constructoras de personalidad.
Así, podemos comprender que es muy importante tener capacidad para experimentar ciertos niveles de malestar. Esta capacidad ha de desarrollarse a través de la convivencia, la comunicación, la educación y, para niños y adolescentes, contar con el ejemplo de los padres. No hay que huir de la frustración, de lo que se trata es de comprender nuestras limitaciones, nuestros errores o, sencillamente, que no conocemos todo de cuanto nos rodea así como aquello que resulta imprevisible:

Nuestras limitaciones: implica no creernos –ni creer que nuestros hijos lo son- «superhombres» o «supermujeres» que lo pueden todo… Hemos de esforzarnos, sí, pero quizás nuestras capacidades no se adecuen, o no estén aún preparadas, para ciertos rendimientos. Todos queremos que nuestros hijos sean abogados, ingenieros, médicos… pero ¿se le dan bien las matemáticas, el dibujo técnico, el derecho…? ¿Se esfuerza lo suficiente? ¿acepta la importancia del sacrificio o la renuncia? Todo esto sí se puede educar, sobre todo a través del ejemplo de los padres, afianzando de este modo los esfuerzos y convirtiéndolos no en origen de frustraciones, sino en desarrollo de voluntades para éxitos diferentes, quizá imprevistos y seguramente por descubrir, pues no olvidemos que cada hijo es una persona diferente.

Nuestros errores. ¿Quién no se equivoca? Esto hay que aceptarlo y, la aceptación, el perdón a los demás y a uno mismo, puede aportarnos paz y entendimiento, que a la larga no son sino los aprendizajes más importantes de la vida, puesto que sin paz, sin generosidad, sin comprensión de la realidad, difícilmente se pueden establecer relaciones personales estables y gratificantes. En este terreno el desarrollo de la empatía (ponerse en el lugar del otro), adquiere una importancia crucial, que permitirá la generosidad con nosotros mismos, el aceptarnos como somos y, por tanto, valorar las posibilidades de cambio que podemos también tener en nuestra conducta y, de este modo, caminar hacia el logro de otras expectativas o, incluso persistir en los esfuerzos iniciados, sin olvidar que la tenacidad es una virtud, que no el empecinamiento.

Lo inevitable o lo inexplicable. Todo no se puede prever. Todo no lo conocemos. Los imponderables existen y hemos de saber que la belleza, la alegría, el éxito, no consiste en alcanzar lo que uno quiera o crea que es lo mejor, sino en desenvolverse satisfactoriamente en medio de situaciones cambiantes y a veces desconocidas o imprevisibles. Para esto es necesario, obviamente, tener una dirección, poseer o dar un sentido a lo que hacemos y, esto, sí se puede enseñar, sí forma parte de los mensajes que transmitimos diariamente a nuestros hijos.
Pensamos que, valorando estos tres elementos: limitaciones, errores e imponderables, podemos dar explicación y sentido a las inevitables experiencias de frustración que tenemos y que, con dolor, vemos a veces en nuestros hijos.
Como a todos nos gustan «las recetas», indicamos unas pistas para tolerar la frustración, para encauzarla o prevenir sus efectos negativos:

• Los padres deben dedicar tiempo a sus hijos, pues muchas conductas no se controlan o desconocen sencillamente porque los padres no están.
• Ser pacientes y poner pequeñas metas, alcanzables y reconocer su logro.
• El niño tiene que aprender que rebasar los límites puede traer consecuencias negativas para él. Cuando esto suceda, estas consecuencias deben ser proporcionadas e inmediatas, para que el niño lo entienda perfectamente.
• La disciplina solo se puede ejercer adecuadamente cuando los padres combinan el cariño y el control. A veces, se puede confundir el cariño con la permisividad, sin embargo un control mínimo es esencial para salvaguardar la convivencia. El ejercicio de la disciplina no solo permite la adquisición de buenos hábitos y costumbres de vida, sino que además, fortalece a la persona en el afrontamiento de las situaciones adversas.
• Enseñar a los niños a aceptar las críticas de los demás.
• Es normal que los niños prueben tanteando a los padres para comprobar hasta dónde pueden llegar. Es en ese momento cuando más firmes deben mostrarse los padres. Si ceden, luego será muy difícil dar marcha atrás.
• Todo esto requiere que los padrean razonablemente flexibles y coherentes. A veces, las circunstancia familiares pueden ser difíciles (paro, problemas personales, incluso rupturas) pero el niño siempre valorará los esfuerzos que observa en sus padres por mantener dichas coherencia y flexibilidad. Con el paso del tiempo, no reflejamos en nuestros actos los logros de nuestros antepasados, sino sus esfuerzos. Una fortuna puede dilapidarse en cuatro días, un ejemplo de amor, sobre todo si lo ha sido en circunstancias difíciles, no.

A modo de resumen diremos que no se pueden evitar las tristezas y los fracasos a los hijos, pero sí prepararlos para que puedan afrontarlos cuando lleguen. Esto es lo importante.