Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)
Semana Santa en Moratalla es de un modo ineludible el tambor, la fiesta del toque y del redoble, de las túnicas multicolores, que visten los nazarenos desafiantes, heterodoxos e irreverentes, porque tras la algarabía de una percusión primaveral, festiva y profunda, encontramos las huellas de ritos ancestrales que con el paso de los siglos han supuesto una alternativa a la monótona y repetida sucesión de pasos, cofradías y procesiones, entre otras cosas, porque este pueblo, mi pueblo, es absoluta y radicalmente distinto al resto de los pueblos.


El sábado 18 de este mes se inauguró en los bajos de la Plaza de la Iglesia, frente a un extraordinario espectáculo de casas colgadas del cerro y un cielo de luz purísima, un pequeño pero bien provisto y coqueto Museo del Tambor, en el que hallé un poco de todo: desde pinturas y dibujos, piezas de la artesanía del tambor, la transcripción del toque clásico en una de las paredes del pasillo hasta la relación de Pregoneros, Tambores y Nazarenos de Oro. Para la ocasión se organizó un acto al que tuvieron a bien invitarme y en el que, entre otras cosas, los pregoneros de la Fiesta firmamos en el Libro de Honor del Museo, tras escuchar atentos las palabras magistrales de Marcial, que iluminaban una vieja y tal vez ya conocida y aceptada cuestión acerca del carácter pagano de la fiesta frente a la tradición católica tan extendida en el país.
Nunca he tenido la menor duda de que el tambor, su energía, su caos y su pujanza nacieron frente al orden, la armonía y la espiritualidad convencional de la Semana Santa. Mientras tocábamos Calle Mayor adelante los muchachos y los jóvenes de Moratalla establecíamos un ritmo diferente al ordenado redoblar de las procesiones. La calle era entonces algazara, confusión y tumulto y contrastaba de un modo evidente con el recato, el silencio y la quietud religiosa, como contrastaban las túnicas de retales coloridos y la comida y la bebida abundantes en un tiempo de ayuno y penitencia, en el que, sin embargo, los deseos de todos los sentidos se exacerbaban de una manera especial y se llenaba el aire de erotismo y sensualidad, porque antes que la pasión y la muerte de Jesucristo, celebrábamos el advenimiento de la primavera y de la vida.
La idea de un museo que recoja las huellas de una fiesta única me parece muy acertada, como me ilusiona que los más pequeños continúen tocando el tambor cada Semana Santa igual que lo hago yo con mi hijo año tras año, porque no es un festejo cómodo ni descansado ni fácil, sino más bien lo contrario, y necesita de la pasión y de la sangre de unos hombres y de unas mujeres que pertenecen a un territorio valiente que reivindica la supervivencia y el placer de estar vivo. El tamborista sufre enardecido los rigores de un ejercicio duro, en el que se suda y se agrietan las manos y, alguna vez, brota la sangre, con el único alivio de los constantes refrigerios de la cerveza y de las tapas, del clima dulce y de la belleza del paisaje.
Los que amamos el tambor, su misterioso sonido de trueno y de relámpago, no solo lo tocamos con devoción y respeto, sin alardes, porque su ciencia es complicada y diversa, y aquí lo importante es la afición antes que la perfección, sino que además nos gusta escucharlo, apostados en algún rincón de la Calle Mayor y atentos a la sinfonía desordenada y alucinatoria de una música tan antigua como el hombre.
El sábado pasado volvimos a reunirnos unos pocos moratalleros en torno al culto de una fiesta que ya tiene su Asociación, su Museo y una infinidad de incondicionales. Lo celebramos como venimos celebrándolo todo desde siempre, con una sabrosa y abundante pitanza en la que no faltó el vino, el aceite de oliva, el jamón, el pan y las olivas negras partidas de la tierra.
Vayan por delante mi agradecimiento y mi enhorabuena.