Pedro Antonio Martínez Robles

Fotografía: CALASPARREANDO

Ahora, ya metido en mi sexta década, esa edad casi provecta que nos obliga a mirar más hacia atrás que hacia delante, es inevitable que a mi cabeza venga una mezcla de imágenes remotas que van desde aquella noche de finales de septiembre en la que con mi hermano Juan Carlos fui a ver un espectáculo de cristobitas en un rincón del espacio terroso donde ubicaban las atracciones de la feria, rodeado entonces de tapias, huertos y solares, hasta este día de hoy, en el que las calles se llenan de toros, de peñas uniformadas con camisetas, y de chiringuitos con olor a fritanga de morcilla y chorizo; unos chiringuitos abarrotados en los que, para llegar a sus mostradores y alcanzar un vaso de cerveza en un irreverente vaso de plástico, debemos abrirnos paso a fuerza de codos. Son estas las costumbres –y quizá deba ser así– que van desplazando a las casi moribundas casetas de tiro, la tómbola, el tren de la bruja o el laberinto de los espejos mágicos, que nos devolvían nuestra imagen con aquellas grotescas deformaciones que tanto nos hacían reír. Esas sencillas atracciones ya no resultan “atractivas”, tal vez por caducas, o porque nuestros usos van modificándose, no tanto, quizá, por su evolución como por la imposición de otras ofertas que aceptamos sin más.

Las ferias son del verano, o el verano es para las ferias. Pero nuestra feria de septiembre tiene también un prólogo en el que se ensayó, sin demasiado éxito y por un breve espacio de tiempo, el intento de unirlo a la propia feria, cambiando su fecha tradicional de septiembre a la primera semana de agosto. Creo recordar que fue a principios de los 80 y tras la enorme aceptación popular del “rito” de La Diana Floreada, que el 30 de julio de 1977, de manera inesperada, fue congregando a medio pueblo detrás de la banda de música, el Mehari cargado con sacos de cascaruja y botellines de cerveza de Pepe Perea, y el jarro mulero que mi hermano Juan Carlos llenó por primera vez de paloma para la ocasión. De tal modo que nuestra laureada banda de música, en vez de realizar el breve recorrido de no más de 40 minutos a que nos tenía acostumbrados y casi en soledad, se alargó hasta las 12 del mediodía. De esto hace ya 45 años, y aquel recorrido tras la banda de música, improvisado unos días antes por no más de media docena de Calasparreños, obtuvo tal éxito que, partiendo de la Plaza de la Corredera a las 7 de la mañana con unas pocas decenas de personas, acabó reuniendo a centenares y centenares de vecinos de todas las edades que, como en el cuento de El Flautista de Hamelin, iban saltando detrás de la banda de música al compás de los acordes ora de La Diana Floreadadel maestro Galindo, ora de los del pasodoble de Paquito el Chocolatero.

Llevo en la memoria casi sesenta ferias y otros tantos días de nuestros patronos San Abdón y San Senén, y desde aquellos tiernos días en que mis asombrados ojos presenciaron aquel sencillo espectáculo de cristobitas o con arrobo miré la magia del algodón de azúcar hilado pacientemente en el cubo de zinc instalado en la parte trasera de un ciclomotor, no he dejado de asistir a estos festejos nuestros, llevado, imagino que como a todo el mundo, por los tiempos y la modificación de sus usos y costumbres; pero hay algo en todo ello que me causa una irreparable consternación, y es que, a esta edad que ya voy teniendo, tengo la sensación de que he perdido la capacidad de soñar, y eso no es nada bueno.

 

10 de agosto de 2022