JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGÍON DE MURCIA

Uno de los aromas característicos de la Caravaca del ecuador del siglo que se nos fue (como los que aportaban a las calles de entonces los comercios de ultramarinos, las confiterías y las droguerías y perfumerías de la época) fue el del chocolate, inicialmente en la C. Nueva y luego en la Gran Vía, lugares urbanos donde se ubicó la acreditada fábrica caravaqueña del chocolate.

El creador de la misma y «culpable» de tan suculento aroma (esto lo escribe un declarado chocolatómano), fue Enrique López Bustamante, quien nació en Caravaca el 19 de diciembre de 1873 en el seno de una familia con inquietudes comerciales, que regentaba un almacén de ultramarinos en el número siete de la C. del Pilar.

El núcleo inicial de la fábrica se ubicó en el número 13 de la C. Nueva (Faquineto), en 1913, donde comenzó la actividad de manera artesanal con el nombre de SUPREMO, en clara alusión al Supremo Hacedor del Mundo, de cuya fe en El siempre hizo alarde, siendo coherente durante toda su vida profesional y personal con su catolicismo militante.

La prosperidad del negocio motivó que, en 1923 adquiriera unos terrenos en la zona de ensanche urbano que entonces comenzaba a roturarse con la apertura de la Gran Vía. La fábrica que conocimos los de mi generación se construyó a partir de 1926 en la citada calle, la cual habría de complementarse con el Edificio de Dulcinea (también erigido por él), pensado originariamente para fábrica de galletas, por lo que se practicó un túnel subterráneo entre ambos inmuebles, bajo la calle que los separa, durante mucho tiempo en uso para almacenaje del chocolate en stock. El nuevo edificio, donde se ubicaba la fábrica y el domicilio familiar, se inauguró el 8 de diciembre de 1927.

El iniciador del negocio y gerente del mismo se rodeó de la mejor gente desde el primer momento, contratando a Perico Fuchina como maestro chocolatero, a Ángel Sánchez Corbalán como mecánico, a Villajos como contable, a Manuel Sánchez como jefe de correspondencia, a Juan Corbalán como cajero, a Ventura como auxiliar de caja y a otros como Eusebio Orrico, Ángel Martínez, Ramón el del Molino y Antonio Robles (el de Cesareo), con quienes comenzó a fabricar y distribuir no sólo chocolate sino las típicas Yemas de Caravaca, turrón, caramelos y peladillas, llevando sus productos, en medios de locomoción propios y a través de cinco viajantes (entre ellos Honorio, Leante y Manuel Campos Magán) a Castilla la Mancha, Levante y Sur de España, y rivalizando con marcas chocolateras como Nogueroles y Valor, únicas que en la Península Ibérica estaban a su altura hasta los años de la guerra civil.

Ya en la fábrica de la Gran Vía se fabricaban, entre 1931 y 1936 cincuenta mil tabletas semanales, y otras tantas barritas que constituían el fundamento esencial de la merienda vespertina de la población infantil de la época.

Don Enrique falleció el 28 de febrero de 1948, dejando tras sí un verdadero imperio económico reconocido en los nomenclators españoles en los primeros puestos de las empresas de segundo orden. En uno de ellos concretamente, editado en 1931, se le atribuía un capital de 900.000 pts.

Curiosamente, durante la ya mencionada guerra civil, la fábrica no fue intervenida por la CNT. Los obreros respetaban y hasta veneraban al patrón, quien no dejó de trabajar, y por tanto de abonar los sueldos, hasta que comenzaron a escasear las materias primas.

Su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en coherencia absoluta con su fe católica, le llevó a registrar la marca Supremo junto a una efigie del Sagrado Corazón, efigie que se mostraba en un gran mural de azulejería en uno de los paramentos laterales exteriores de la fábrica de la Gran Vía, y en la erección de una imagen de bulto en un monumento rematado por la escultura del Sagrado Corazón en el jardín de la empresa y domicilio familiar.

Al fallecer D. Enrique le sucedió en la gerencia del negocio su hijo Romualdo López Jiménez, quien heredó la empresa con el nombre comercial Sucesores de Enrique López Bustamante, prosiguiendo con la marca Supremo como genérica y compitiendo consigo mismo con otras marcas como Monumento (de chocolate puro y amargo), Las Vaquitas (con leche y almendras), La Corderita y Jardín. Adquiría el cacao en el puerto de Valencia, a donde llegaba desde Guinea a través de una empresa comercializadora que representaba en España el almirante y posteriormente Vicepresidente del Gobierno Luís Carrero Blanco (lo que motivó que en esos años no estuvieran permitidos los sucedáneos del mismo). Tuvo como empleados a muchos caravaqueños entre los que se recuerda en las oficinas a Eduardo Martínez Lozano, Manuel Martínez Navarro, Pedro López Guerrero (Perico el Alto), Antonio Robles (el confitero), Lola Melgares Bolt, Encarna Martínez Campos y Fernando García Medina. A Ángel Sánchez Corbalán como mecánico. En el almacén a Antonio Celdrán y Manolo Romeral. En la fabricación a Juan de Dios Iborra Mmontiel, Antonio Robles, Pedro Navarro, Sara Sánchez Cameo, María navarro Elbal, Antonio Olivares, Conchita Jiménez Alfocea, Adelina Jiménez, María Sánchez Sabater, Lola y Manolo Pons, y Domingo Sánchez entre otros. A conductores como Luís Sánchez Talavera y Fernando. A viajantes y comerciales como José Picazo Manzanera, Miguel Navarro y Ramón Rodríguez. A la limpiadora Leona Villalta y al jardinero Pedro Robles.

Los precios que comenzaron a tener los inmuebles en la Gran Vía, así como las dificultades de aparcamiento y carga y descarga de camiones, motivaron que en 1977 la Fábrica del Chocolate buscara nuevo emplazamiento a las afueras de la población y Camino de la Estación, trasladándose a la fábrica de conservas que había sido de los Robles donde, agobiado por la competencia y con motivo de la proximidad de su jubilación Romualdo vendió la empresa, en los primeros años ochenta, a un empresario de Torreagüera, dueño de la fábrica de chocolates Montecristo, quien la cerró definitivamente, quedando sólo el recuerdo de la misma en el topónimo urbano Residencial Supremo que ocupa la superficie de la Gran Vía donde se ubicó la fábrica, así como la nueva ubicación del monumento al Sdo. Corazón de Jesús dispuesto en la fábrica de gomas Ampeyán, ubicada en el polígono industrial Cavila.

Entre los recuerdos populares de aquella emblemática empresa, que fue uno de los motores de la economía local durante varios lustros, sólo su eslogan: «Chocolates Supremo. Supremo de nombre, gusto y calidad». La colección de cromos sobre la historia de la Aparición de la Cruz, con imágenes del motígrafo local Luís López Motos y textos del Cronista Oficial Manuel Guerrero Torres, que coleccionábamos y pegábamos en su correspondiente álbum los niños de mi generación; cromos que, fomentando el coleccionismo, colaboraron a la difusión de la tradición histórica de la Aparición de la Cruz por toda España ya que, como recordará el lector entrado en años, se disponían entre el envoltorio de papel de estaño y la cubierta de cada pastilla de chocolate. Las ventanas enrejadas del edificio donde, durante las noches de verano, se colgaban muchachotes hijos de familias de discreta economía, para ver desde allí, en tan incómoda posición, las películas que la empresa Orrico proyectaba en el Cinema Imperial y, sobre todo, el aroma a chocolate en las inmediaciones de la fábrica, que aumentaba la segregación de jugos gástricos en nuestros estómagos, en una época de insatisfacción alimenticia.

De D. Enrique cuentan quienes le conocieron, que fue la personificación del orden. Se adelantó a lo que otros hacen ahora, invitando a las gentes a visitar las instalaciones de la fábrica de la C. Nueva, todos los días de 9 a 12, para que vieran la forma de trabajar y la limpieza de las dependencias. De los muros interiores del edificio, tanto en el primitivo emplazamiento como en la Gran Vía, colgaban carteles con leyendas alusivas a valores laborales como: La puntualidad constituye la primera medida del empleado concienzudo. Nótese que siempre son los mismos los que llegan con retraso (en la entrada). Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio. Haced bien lo que hagáis. Estaréis contentos con vosotros y contentaréis a los demás. Y Las máquinas poco limpias se prestan a personas sucias. Leyendas entre otras muchas, siempre didácticas, que ponían de manifiesto la forma de ser y trabajar en el interior de las instalaciones.

La coherencia religiosa católica de D. Enrique, heredada por sus sucesores, se puso de manifiesto tangiblemente, entre otras cosas, en la adquisición en la localidad catalana de Olot, del grupo escultórico de San José y el Niño que figuraba en el camarín del retablo mayor de la iglesia de san José del convento de Madres Carmelitas Descalzas de la C. Mayor, tras la destrucción del primitivo durante la guerra civil (grupo que las monjas se llevaron consigo a su nuevo emplazamiento en el campo de Cartagena, cuando abandonaron Caravaca en 2003) y la dedicación de una de las estancias de su casa, en la Gran Vía, a oratorio privado de la familia, costumbre ya desaparecida entonces muchos años en Caravaca, donde era habitual en las casonas renacentistas y barrocas de la localidad.

Con la desaparición de la Fábrica del Chocolate, cuando el S. XX comenzaba a declinar su existencia en el tiempo, también desaparecieron muchos recuerdos, muchas vivencias personales y colectivas, y muchos valores laborales de difícil recuperación en nuestros días.