CARLOS MARTÍNEZ SOLER

Dentro del amplio abanico de creadores que puebla el audiovisual actual hay para mí dos directores que se caracterizan por hacer películas a las que yo llamo montañas rusas. Se tratan de aquellos relatos donde uno no puede alejar ni un minuto los ojos de la pantalla, pues tras un pequeño descanso, siempre se produce un momento de gran subidón. Los dos directores en cuestión son Spielberg y J.J. Abrams. Ambos conocen muy bien la fórmula para hacer palomitas y todas sus películas son una oda al entretenimiento. Por poner un ejemplo, en esta época donde las salas no hacen más que estrenar remakes, adaptaciones de cómic…., la aparición en las pantallas de una obra como Ready Player One fue un auténtico acierto. En ella Spielberg aunaba todo su universo, brindándonos una historia de lo más actual y altamente disfrutable.

Los hermanos Duffer parecen ser conocedores del universo de estos dos creadores, y su serie, Stranger Things, un auténtico fenómeno de masas en los últimos años, es una gran fábrica de hacer palomitas. No seré yo el que desmerezca este producto, para mí la serie es puro entretenimiento, es sentarte en la butaca y ver un capítulo tras otro sin tener en ningún momento la tentación de mirar el reloj, aunque si nos ponemos serios, creo que actualmente Stranger Things bebe un poco de las rentas y a cada paso que da descuida cada vez más su relato.

Curiosamente su tercera temporada ha batido récords de audiencia, pero tal vez su historia sea la más desdibujada de todas hasta la fecha. Independientemente de esto, la fórmula sigue funcionando, las referencias ochenteras, los homenajes cinéfilos, los grandes hits musicales…., son suficientes alicientes para mantener el tipo de un producto que es altamente adictivo y que tiene al público enganchado. Visto así, resulta difícil decirles algo a los hermanos Duffer, conocen la fórmula y la aplican con maestría, la pena es que pase el tiempo y las palomitas terminen por quemarse y si eso sucede, puede que el público acabe por cansarse.