PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Los disc-jockeys de hoy en día, expresada toda nuestra opinión con el máximo respeto, como debe ser, no conocieron la precariedad de otros tiempos, cuando comenzó ese movimiento de diversión musical, convertido en oficio para muchos. Tampoco les hacemos conscientes, a los de ahora, de la destreza que había que poner en práctica para sacar adelante sesiones de baile verdaderamente titánicas en su esfuerzo, con el fin de resolver sin cortes inesperados, sin incidencias, con brillo, con adecuadas combinaciones musicales y con espacios para complacer a todos los gustos, porque, entonces, a una discoteca asistían sectores de población vinculados al pop, otros al rock and roll, la música disco y hasta la rumba o el pasodoble. Y a todos había que complacer y dejar plenamente contentos, porque, además, en esos años, el disc-jockey estaba muy accesible y, normalmente, acababa siendo especialmente conocido para los asiduos del local de diversión o discoteca de la que se tratase.

El “boom, boom, boom…”.-Hoy, los que entonces también se denominaban “pinchadiscos” y que, ahora, han acabado conociéndose como “Dj”, son muy amigos, no en general, pero sí en una abultada mayoría, del sonido “boom, boom, boom…”, que, en nuestra opinión, no termina de contentar, ni siquiera, a los más aficionados a esos ritmos que poco aportan y nada enriquecen. Además, como los actuales “disc-jockeys” gozan de unos medios electrónicos realmente espectaculares, de plena vanguardia y con enormes posibilidades, disfrutan desvirtuando la integridad real de las canciones con esos “platos giratorios” que les permiten retener la canción, avanzar más rápido e, incluso, “frenarla” en un momento determinado, para generar un espacio de silencio que permita conocer si los asistentes están tarareando a coro la canción que suena en ese momento, o no.

Internacionalidad.-Por añadidura, algunos de estos “mecánicos del plástico” musical, van de “divos” por el mundo y, en algún caso, han llegado a convertirse en “Dj” internacionales por las elaboradas sesiones que preparan. Pero, eso, lo dejamos para otra ocasión y nos centramos en “los de antes”, los que amaban la música más coherente, melódica, dinámica y amparada en partituras con una elaboración mucho más refinada.

Conocimiento.-Y es que la música hay que vivirla, gozarla, conocerla, saborearla, mimarla y disfrutarla a través del conocimiento de sus diferentes géneros, artistas, grupos, formaciones instrumentales, big bands, orquestas de salón y demás representantes profesionales.

Música de importación.-El último tercio del siglo XX fue decisivo y providencial en ese sentido. Quienes ejercíamos como disc-jockeys, gozábamos del privilegio de conocer lo que, entonces, era la importación de vinilos para estrenarlos en nuestras salas de actuación, superar dificultades técnicas de equipos que, unas veces, sonaban perfectamente, mientras que, otras, se mostraban “rebeldes”. El movimiento rítmico de luces de los recintos se gestionaba con un arcaico teclado, en forma de piano de 10 ó 12 teclas, que nos permitía acompasar el rimo musical al luminoso con los dedos de nuestras manos. Luego, surgieron los secuenciadores de ritmos que hacían ese trabajo de forma automática, hasta que fueron apareciendo los elementos sincronizados con el desarrollo musical, para producir el impacto luminotécnico a ritmo preciso y selectivo, así como la “luz negra” que hacía transparentes las prendas de vestir más claras y otras técnicas propias del “misterio” del momento, como la bola central de espejos o los espectaculares y “saltarines” flashes.

Delicia tecnológica.-En definitiva, unos sufrimos la precariedad, mientras otros, ahora, disfrutan de tecnologías extraordinarias a costa de la machacona música electrónica. No obstante, cabe hacer valer la experiencia, el conocimiento musical, los años de bagaje y el recorrido discográfico para seguir, cuando se nos presenta la ocasión, elaborando veladas divertidas, rítmicas, alegres y llenas de colorido musical, gracias a nuestras experiencias y sufrimiento intenso de otras épocas y disfrutando, ahora, de elementos tecnológicos que son una auténtica delicia y un privilegio glorioso para situarnos, recordando aquellas veladas de los años ’60, ’70 y ’80, los mejores de la historia musical de nuestro tiempo, con temas rítmicos y verdaderos “llenapistas”, para no fracasar nunca y volver a revivir el mejor “guateque” de todos los tiempos, aunque, ahora, eso sí, con sonido de altísima fidelidad y medios que nos llevan a lo más sublime, sobre la base, por ejemplo, de las inolvidables canciones “Sugar baby love” (del grupo “The Rubettes”); Daddy cool” (“Boney M.”); “You set my heart on fire” (Tina Charles); “Last dance” (Donna Summer); “Don’t leave me this way” (Thelma Houston); Never can say goodbye (Gloria Gaynor) o “The best disco in town” (“The Ritchie Family”), composiciones que había que saber “recortar” en sus inicios y presentar debidamente “adecentadas” para equilibrar el ritmo, el impacto y el efecto “bailongo” de estos temas que ofrecíamos adecuadamente hilvanados, según el atractivo de la pista de baile, porque no todas las combinaciones eran válidas para mantener el buen ambiente.

Las parejas.-Y, además, luego, había que dejar espacio para esas rumbas citadas al principio, rock and roll y demás géneros divertidos, sin olvidarnos de la música “lenta”, la que “emocionaba” y daba cobijo a las parejas para bailar “sujetos” o “agarrados”, tal como se les identificaba, cuando la pista se tornaba oscura y la música se ofrecía melódica, romántica y tierna. Toda una odisea de habilidades, nada comparable a la frivolidad que se aplica en la actualidad en las pistas de baile en las que, como en todo, hay que ser más imaginativo, creativo, comedido y enriquecedor. En cualquier caso, son otros tiempos y otras formas de ver la vida que asumimos, comprendemos y respetamos. Buenos días.