Ya en la calle el nº 1052

La estirada memoria de Juan Pedro Ríos Valiente

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

La estirada memoria de Juan Pedro Ríos Valiente
La estirada memoria de Juan Pedro Ríos Valiente

Juan Pedro Ríos Valiente, “El Piojo”, nació justo cuando enviaron a su padre a la guerra. Así que, Juan Pedro no llegó a conocer a su padre. Tampoco en la familia saben de manera precisa qué sucedió con él. Solo algunas especulaciones, como en tantos otros casos que pasaron en ese dramático escenario de la historia reciente, y aún viva, de España.

La estirada memoria de Juan Pedro Ríos Valiente
Era de trillar, cortijo Casa de la Muerta

            Terminada la guerra, la madre de Juan Pedro, Antonia Valiente, “la Panaera”, tuvo que hacer honor a su apellido y buscar en el monte y en los cortijos lo mínimo para sacar adelante a Juan Pedro y a sus demás hijos. Y esquivar el hambre. Antonia se echaba un saco de quincalla a las costillas y salía caminando monte arriba con su hijo Joaquín, que tenía diez años. Joaquín llevaba a Juan Pedro a coscoletas y los tres se presentaban de cortijo en cortijo, recogiendo lo que podían. Así llegaban hasta Nerpio pidiendo o vendiendo, lo que las circunstancias determinaran.

            Cuando estaban en Caravaca se buscaban la vida en el monte. Antonia y su hijo Joaquín se cargaban con un arpil y lo llenaban con cortezas de pino, de las cortas frecuentes que se hacían en la sierra caravaqueña, y se lo vendían al oculista Don Miguel Robles para la calefacción de su clínica, e imagino que de su casa también

            En esos oscuros años, en el monte, multitudes de gentes necesitadas, esquivando en muchas ocasiones a los guardas, hacían leña y la bajaban a costilla en haces hasta el pueblo para venderla. Si daba bastante podían comprar un pan y poco más. La leña tenía que ser del monte bajo, de los cándalos de los pinos que quedaban, o del ramaje al que no se le dieran otros usos. Lo principal de los restos de las cortas se usaba para hacer carbón. Decenas de carboneras humeaban en su tiempo en estas sierras, siendo los carboneros una especie de casta de los montes. “Esa gente sabe”, me decía Pedro, “el Pérez”.

            También rebuscaban piñas. Las metían en arpiles o en sacos y las vendían de casa en casa igual que la leña. Más adelante, en los tiempos en los que se llevaron a cabo las repoblaciones forestales, bajaban zompos a la Casa de las Piñas, donde los extendían al sol para que salieran los piñones y hacer vivero.

            La leña, las piñas o las cortezas las porteaban a pie. Muy pocos tenían animales de carga, pero se bastaban con su propia fuerza. Algunos competían con el peso que eran capaces de echarse a las costillas y se desafiaban, forma de afrontar las penalidades con buen ánimo. El padre del Tío Vías se desafió con Domingo el Chiquitín, que tenía burro, un burro muy bueno y que era de los pocos que tenían animal de carga. El padre del Tío Vías a costilla y Domingo, El Chiquitín, con su burro…pues ganó la apuesta el padre del Tío Vías, que era un tiarrón así mismo de grande.

            De los barrios populares de Caravaca muchas familias trabajaron en las alpargatas, pero complementaban su precaria economía con el monte o simplemente sobrevivían con esas actividades de las que hemos hablado. Se pueden contar por centenares los que tuvieron esas dedicaciones y luego emigraron a Barcelona en los años sesenta y setenta. Su hueco lo ocuparon familias procedentes de los cortijos, aldeas y pueblos de la amplia región natural de la que forma parte el pueblo de Caravaca.

            Antonia Valiente y sus hijos encontraron estabilidad más adelante en un segundo matrimonio de Antonia, dedicándose entonces al oficio de carboneros. Juan Pedro recuerda esa vida seminómada y cada uno de los sitios en los que estuvo con su madre, sus hermanos y su “tío” (su padre del segundo matrimonio de su madre): El Pinar del Duque (Santiago de la Espada-Huéscar), Las Casas de Moya, La Umbría de los Guerreros, la Umbría del Buitre, la Casa del Vicario, entre otros. También recuerda -son cosas que no se olvidan- los sitios a los que fue a pelar pinos en todos los alrededores, pero también en Cataluña, e incluso en Andorra. Y los tiempos en los que, siendo empleado del ayuntamiento en el servicio nocturno de recogida de basuras, tenía que hacer jornales por el día, porque el salario del ayuntamiento no le daba para sostener a su familia propia.

            Pero, con todo esto, a Juan Pedro, con sus 85 años, no le ves un mal gesto. Su actitud es muy propia de las gentes antiguas de esta tierra: la de haber resistido y salido adelante con dignidad. Del oído anda mal, pero cuando logras que te escuche, atiende. Tiene algunas dudas con las cosas de hoy día, por ejemplo con las vacunas, y me pregunta qué opino. Le digo, Juan Pedro vacúnate. Se calla, pero parece que lo interioriza.

             La mirada de Juan Pedro es limpia. Parece mentira que tantos años de correr mundo no la hayan contaminado. Te habla con transparencia y sabes que no oculta nada. Juan Pedro se parece a los niños, por su manera directa de ser y por el toque de ingenuidad con que cuenta las cosas.  A pesar de las penalidades, el campo y el monte son su biotopo natural. No ha perdido el entusiasmo por los guíscanos o por los espárragos, ni por otras cosas que recuerda.

            Juan Pedro no había vuelto por la umbría de los Guerreros desde que estuvo allí haciendo carbón sesenta años atrás. Estuvo en ese sitio y un poco más abajo, en el Prao L´horca –Prado de la Horca-. Más de un año en cada sitio. El otro día lo llamé y le dije, el jueves te recojo y vamos a dar una vuelta por esa parte. Yo sé que Juan Pedro se alegró. Y así lo hicimos. Lo recogí en su casa. Estaba asomado a la terraza, esperando a que yo llegara, como suele hacer. Cuando me vio asomar se terminó de poner las botas y se bajó. Ya en el monte me dijo que las botas se las habían regalado el día de los reyes y que cuando supo que yo iría a recogerlo para ir al monte pensó que ese era un buen día para estrenarlas. Me alegré, como es natural. No se lo dije, pero me subió un poco de orgullo, para qué negarlo.

            Al pasar por el cortijo de Santa Ana, un poco antes de la Casa Cristo, me contó algunas cosas de quienes vivieron allí, con cierto asombro, porque ese cortijo está en ruinas.

            Al doblar y ver los descuelgues hacia el río y la Sierra de La Muela, que parece que se te va a echar encima, mira con atención ese fantástico escenario y observa el estado del monte, cubierto de vegetación y espesura, con los pinos negrales enseñoreándose de los costeros. Piensa, como tantos otros de su tiempo, que eso es un desastre, porque lo entiende como abandono. Dice, ¿tú sabes la gente que vivía del monte?, esto estaba lleno de hombres trabajando y ahora está tapao de breñales.

            Del cortijo de La Casa el Manco menciona a los que allí vivían, pero ahora apenas lo reconoce. Se ve que intentaron arreglar uno de los edificios, pero no repararon la cubierta y se está hundiendo. Las demás casas de la cortijada están en el suelo.

            Antes, al cruzar el arroyo de la Celá –Celada- que cruza el camino con sus aguas transparentes, recuerda, por lo que sea, el negror con el que convivían los carboneros en sus cuerpos. Dice que así se iban a los bailes de los cortijos, negros como el tizne. Le pregunto que si no se lavaban en las balsas. Y contesta que eso era delicao, seguramente porque no les dejaban. Aunque recuerda que el que más se lavaba era su hermano Joaquín, bailarín de primera, de pardicas, de jotas y de malagueñas. Y por eso iba lo más limpio posible para que las mozas quisieran bailar con él.

            Después del Rincón del Agua llegas a la Umbría de los Guerreros propiamente y allí mismo está la Casa de la Muerta, también en el suelo. Según cuentan Jesús Navarro y Ana Navarro en su libro “Fuentes de Moratalla” lo de la muerta es porque un rayo mató a varias personas en el cortijo. Damos vuelta a la cortijada y Juan Pedro empieza a recordar: Aquí dormíamos. Esta es la calle para ir a las casas. Y se fija en la horma de piedra seca, que aún resiste. Y esa es la era de trillar, una era bien trazada, de categoría. Y esa carrasca era mucho más pequeña. Claro está, hace sesenta años que estuvieron allí. Dice, mira, donde están esos chaparros hizo mi Joaquín la carbonera para hacer carbón de carrasca, que había pocos carboneros que supieran hacer carbón de carrasca, el mejor de todos. Y dice con orgullo, aquí le plantó cara el perro Benito al perro-lobo de la Guardia Civil. Benito fue un perro valiente como él solo. Los Piojos y los Paraguas tenían tajos de carbón en este sitio y en la umbría del Buitre, en Benámor y en el campo de Béjar, al otro lado de la Sierra de los Álamos. Y dice Juan Pedro, Benito cruzaba la sierra de un tajo a otro, él solo. Tenía cojones ese perro. Los carboneros no les daban caprichos a los perros, pero seguramente los querían tanto como los dueños que tienen ahora a los perros como señoritos, y les dicen mascotas, y les ponen esos nombres que les ponen. De eso estoy seguro.

            Terminamos en La Pava y Paco nos pone un plato de jamón y queso con unas cervezas. Juan Pedro me dice, tenemos que volver a las Casas de Moya. Y yo lo veo bien.

La estirada memoria de Juan Pedro Ríos Valiente
Juan Pedro Ruíz Valiente

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Un comentario

  1. El tiempo pasa, las crónicas permanecen.
    Cada cortijo, cada cueva , cada recodo de la sierra guarda sus secretos.
    Todos los que vivieron en estas sierras, atesoran muchos recuerdos bien grabados en sus memorias. Aproveche, porque cada vez quedan menos para contarlas.
    La despoblación rural, nos llevará al olvido de usos, costumbres y vivencias.
    Las próximas generaciones sólo les quedarán los textos y fotografías que se archiven.
    O quizás ya no les interese conocer sus raíces.. Una pena, todo esto debería formar parte de la educación obligatoria.
    Pero en la era digital y con la inteligencia artificial facilitándonos el camino, pocos se interesaran en conocer el pasado y el mensaje de quienes trabajando de sol a sol, y con sus manos como herramienta principal, sobreviviendo con dificultades, pero incluso se divertían y les encanta contarlo. Como haremos nosotros al acercarnos al final. Lo difícil será encontrar dentro de unos años quien nos lleve a un cortijo y que tengan la paciencia de escucharnos.
    Si nos retrotraermos en el tiempo, todos tenemos antepasados que de una u otra manera vivieron en el campo, guardaron ovejas, labraron la tierra, hicieron carbón …
    Sirvan estas crónicas, como homenaje a todos ellos y por respeto a nuestra historia.
    Nos vemos por Nerpio.
    Un saludo

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