José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Nada nos preocupaba más a los niños de mi generación, cuando el rendimiento escolar no era el que esperaban nuestros padres, que éstos nos amenazaran, si no enmendábamos nuestra aplicación, con enviarnos a darle a la rueda (en el proceso industrial del cáñamo), o a la Escuela de D. Vicente, lo cual constituía una garantía de eficaz aprendizaje, por los métodos por él empleados, en sintonía con el dicho popular de la época, tan repetido hasta nuestros días: la letra con sangre entra.

D. Vicente Mora

D. Vicente Mora

La Escuela de D. Vicente fue una institución docente particular, de las autorizadas por el Ministerio de Educación Nacional, antes de que la denominada ley del ministro Villar Palasí de 1970, estableciera la educación básica obligatoria y acabara con los centros privados como el referido y el colegio Niño Jesús de Praga que regentaban los PP. Carmelitas en el Convento del Carmen de la Glorieta.

D. Vicente Mora García fue un vocacionado por la docencia desde que su infancia transcurriera, con su familia, en el Instituto de Enseñanza Media, que en los años 20 y hasta la Guerra Civil, funcionó en el antiguo edificio del Sanatorio del Dr. José de Haro, en el entonces lugar de Los Andenes, hoy Carretera de Moratalla, donde su padre trabajaba como ordenanza.

D. Vicente nació en 1919 en la Cuesta de la Cruz y en el seno del matrimonio formado por Diego Mora Bustamante y Encarnación García. Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Murcia como alumno libre y montó su primera escuela en el piso superior del edificio del Instituto referido, a la sombra del mismo y como sección preparatoriaque entonces se llamaba. Tras la Guerra Civil, cuando comenzó a funcionar el Colegio Cervantes donde antes estuvo el Instituto, D. Vicente trasladó su aula o escuela a las Casas de Fernandico, en la C. Mayrena, compartiendo edificio con las hilaturas de cáñamo instaladas en la planta baja.

En septiembre de 1956 contrajo matrimonio con Alicia Reina Piñero, adquiriendo edificio en propiedad en la C. Arvizú (popularmente conocida como C. Rafael) nº 49, con capacidad suficiente para abrir el aula en la planta baja y la vivienda familiar en la superior, donde nacieron sus tres hijos: Antonio, Alfonso Vicente y Encarnación de la Caridad (los dos últimos mellizos).

Interior de la Escuela

Interior de la Escuela

Allí, en Arvizú 49, conocimos los de mi generación la Escuela de D. Vicente, como un emblema docente y referente social durante gran parte de la segunda mitad del siglo que se nos fue. El edificio en cuestión constaba de una planta baja con puerta de dos hojas y pasillo desde el que se accedía al frente, por empinada escalera, a la vivienda, y a la izquierda al aula, un amplio espacio rectangular, con pavimento ajedrezado de losa hidráulica, dos grandes ventanales a la calle que aportaban la ventilación y la iluminación natural por la izquierda y pupitres pareados de madera, muy pulida por el uso, con grandes manchas de tinta en su superficie. Cada pupitre estaba dotado de tintero de porcelana blanca que D. Vicente rellenaba cada mañana, para que los alumnos mojasen la pluma en ellos a la hora de escribir, pues aún no había llegado la era del bolígrafo. En el extremo opuesto a la puerta de acceso, una tarima de madera elevaba la mesa del profesor. Sobre la pared un encerado de madera, el Crucifijo, el preceptivo retrato de Franco y una litografía del Sdo. Corazón de Jesús. El resto de los muros se decoraban con mapas físicos y políticos de España, Europa y mundi.

En las tareas escolares, a D. Vicente le ayudaba su cuñada Juanita, quien además enseñaba labores a las niñas. Ocasionalmente acudía el párroco de la cercana parroquia de la Concepción (D. Antonio Ortiz), quien se ocupaba de la doctrina cristiana.

El recreo tenía lugar en al calle, evidentemente ante la puerta de la casa, donde se formaba la algarabía que el lector puede imaginar a las horas de entrada y salida, sin peligro alguno por el paso de vehículos de motor que eran muy escasos y hacían mucho ruido. Dicen quienes están autorizados para ello que durante muy pocas horas del día y de la noche no había actividad en el aula pues, tras el horario lectivo oficial comenzaban las clases particulares, la preparación intensiva de oposiciones y de apoyo a los programas oficiales, e incluso un turno de 8 a 10 de la noche para trabajadores con horario laboral.

La Escuela de D. Vicente era de pago. Mensualmente se emitían recibos cuyas cantidades variaron con el paso del tiempo, pero que en cualquier caso hoy nos parecerían ridículas. También se emitía un boletín mensual con las calificaciones (suspenso, aprobado bien y excelente), figurando en él no sólo la aplicación sino también el comportamiento y aseo personal. Sólo un libro de texto componía el ajuar del estudiante: la Enciclopedia Álvarez. Tambiénlibretas varias para escribir y realizar operaciones matemáticas elementales. Todo ello dentro de uncabá ó cartera que a los chicos les habían traido los Reyes o les habían comprado en la Feria.

Entre los alumnos se pueden contar por miles los que pasaron por allí a lo largo de los muchos años de funcionamiento de la escuela. Algunos de los de mi generación fueron: Juan Soria, El Papiruso y Ángeles, su mujer;Vicente Mora, el Igor, Herminio Montiel, Miguel Reina, Antonio Sandoval, Fernando el del Molino,Carmen Villalta, Elena Ortiz, José María y Mariano Martínez-Iglesias, Nila García, José Gutiérrez, Pepe y Esteban Fernández (los Cuchara), Francisco Aroca (Carricos), Mari Carmen Salinas, Antonio Guirao (el Parrulo), los hermanos Castaño (Antonio y Manolo), Luis Miguel Orrico, Luisita Legón, Mari Sol Guerrero, Encarnita Tesías, Loli Santillana y tantos otros cuya relación es imposible en un texto de extensión limitada.

Los grupos eran muy numerosos y entre los alumnos los había de todas las edades y conocimientos, por lo que la enseñanza era totalmente personalizada, no habiendo ni un momento de descanso ni para el profesor ni para los alumnos. El local carecía de calefacción, pero quienes a él asistieron no recuerdan haber pasado frio nunca pues el calor humano suplía al artificial.

La Escuela de D. Vicente fue víctima, como ya se ha dicho, de la Ley Villar Palasí de 1970. Su titular cerró en 1973 y se marcho a Cartagena, donde su mujer había obtenido plaza como enfermera de la Seguridad Social. Posteriormente pasó unos años en Cáceres como administrador de una residencia de ancianos y regresó a Cartagena, donde falleció el 4 de junio de 1995.

Hoy, mucho tiempo después de clausurado como escuela, el viejo edificio de la C. Arvizú (transformado todo él en vivienda familiar ocupada por sus hijos, y con todo el ajuar escolar perfectamente conservado en su interior), mantiene viva la personalidad y el sabor de antaño, el olor a humanidad, a tinta y a goma de borrar. En su interior, y también en los aledaños, los recuerdos se amontonan formando parte de la memoria de un tiempo que es patrimonio común.

D. Vicente Mora siempre será recordado por su bondad natural, sus peculiares maneras de enseñar y su potente voz de docente vocacionado. Y también por su preocupación constante por los alumnos en todos los órdenes. Su exigencia escrupulosa y su eficaz colaboración en diversas instituciones, exclusión hecha de la política, actividad que nunca le interesó. Su persona, y su escuela, junto a otras, suplieron las carencias de la enseñanza pública en Caravaca durante muchos años. Y gracias a su existencia, dedicación y abnegación, muchos caravaqueños son hoy lo que son al servicio de la sociedad.