JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

La situación del campo de Caravaca al término de la guerra civil que asoló España entre 1936 y 1939 fue caótica. Tierras de cultivo abandonadas por falta de mano de obra, iglesias destruidas o incendiadas y la sociedad fragmentada y enfrentada. La pedanía de La Encarnación es un ejemplo, entre tantos, donde los hombres habían estado en el frente o emboscados en la sierra, el viejo templo de origen romano había sido profanado y saqueado, y al imagen de la Patrona, a la que tanto se había invocado a lo largo de los siglos para remediar las sequías en toda la comarca, destruida. Sólo las escuelas (construidas durante la República en espacio de Alfonso Navarro García) ofrecían un aspecto medianamente saludable.

JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

La situación del campo de Caravaca al término de la guerra civil que asoló España entre 1936 y 1939 fue caótica. Tierras de cultivo abandonadas por falta de mano de obra, iglesias destruidas o incendiadas y la sociedad fragmentada y enfrentada. La pedanía de La Encarnación es un ejemplo, entre tantos, donde los hombres habían estado en el frente o emboscados en la sierra, el viejo templo de origen romano había sido profanado y saqueado, y al imagen de la Patrona, a la que tanto se había invocado a lo largo de los siglos para remediar las sequías en toda la comarca, destruida. Sólo las escuelas (construidas durante la República en espacio de Alfonso Navarro García) ofrecían un aspecto medianamente saludable.

Con mucho esfuerzo e ilusión por parte de todos, la situación comenzó a normalizarse paulatinamente, y el grupo social decidió, entre otras cosas, recuperar la imagen de la Virgen adquiriendo una nueva que habría de parecerse a la antigua. Como el problema para su adquisición era el económico, se pensó en montar una obra de teatro entre los jóvenes de la localidad, a representar en fecha indeterminada en el único lugar medianamente adecuado: las escuelas.

Era alcalde pedáneo Pedro Moya y cura (compartido con otros pueblos del Campo) D. José, y luego D. José María Alcaraz.

Se eligió la obra del dramaturgo español Jacinto Benavente “La Malquerida” (estrenada en Madrid en 1913), y se contó con la numerosa familia del ya citado Alfonso Navarro García para extraer de la misma a los protagonistas. Se buscó como director a Fernando “Rizao”, que regentaba una zapatería en la caravaqueña C. Mayor y tenía cierta afición al teatro. La protagonista “Raimunda”, sería Dolores Navarro García (segunda de las hijas de Alfonso). En el papel de “Esteban” (marido de Raimunda) se colocó a Jorge, hermano mayor de aquella; y en el de “Acacia” a Manuela (la benjamina de los Navarro García). Los papeles secundarios de Alberto, Milagros, Faustino, la moza, la criada, el tío Eusebio, el Rubio y los guardias se encomendaron a Pedro (tercero de los hijos de Alfonso), Lucía López Sánchez, Florencio Moya, Isabel, Encarna Marín (que en la reposición posterior fue sustituida por la maestra Dolores González) y Luís y Rosendo (caseros de las Rosellas), respectivamente.

Comenzaron los ensayos cada tarde, tras las faenas diarias, en casa de los Navarro García y a veces en el domicilio de las Rosellas. Y se aprendieron los textos sin ninguna dificultad. Sin embargo el experimento no avanzaba. Faltaba el movimiento en escena, los ademanes, los gestos, el alma de la obra en una palabra. Mientras tanto llegó de Granada (donde cursaba estudios de Medicina) Alfonso, el penúltimo de los seis hijos de la familia, quien había visto con mucha atención la citada obra de Benavente en aquella ciudad andaluza, aportando la dinámica que faltaba y que “el Rizao” no había sabido imprimir.

Así las cosas se decidió estrenar el día de Navidad de 1941, con carácter de acontecimiento en la localidad y también en los pueblos de alrededor. Se habilitó el escenario en la escuela, añadiendo al salón un almacén contiguo al mismo de propiedad particular. De los decorados se encargaron los maestros D. Eduardo y Dª. Gregoria. Se aprovecharon los bancos de los pupitres como asientos, y muchos vecinos prestaron sillas de sus propias casas. Hizo de apuntador “el Rizao” y de director definitivo el estudiante universitario Alfonso Navarro.

No hubo que utilizar vestuario apropiado porque la trama de la obra sólo exige el habitual de calle de la época, y de los peinados se encargó “una muchacha que vivía en el Molino de Arriba”.

Ni que decir tiene que el estreno fue un éxito, y no sólo en lo artístico sino en lo económico, habiéndose cobrado la entrada a cinco pesetas. Sin embargo no se obtuvo el montante económico suficiente para pagar la imagen encargada ya en Murcia a escultor reconocido que bien pudo ser José Sánchez Lozano, Antonio Carrión Valverde o Ángel Roca.

Se decidió entonces llevar a cabo una colecta domiciliaria por todo el pueblo, encargándose de ello Antonia Sánchez Sánchez (la Torrá), ayudada por Manuela Navarro. Los tiempos eran malos y tampoco la colecta dio de si lo esperado, por lo que se decidió reponer de nuevo “La Malquerida” en las Navidades siguientes, en el mismo lugar, acompañada del sainete de Pedro Muñoz Seca “Los planes de Milagritos”, anunciándose así mismo, la recitación de poemas durante los intermedios, a cargo del ya mencionado estudiante de Medicina en Granada Alfonso Navarro.

Al fin se pudo contar con la cantidad de dinero necesaria para pagar al escultor de Murcia la hechura de la imagen de la Virgen, llegando Ésta desde Caravaca por el camino tradicional de las seculares romerías, a través de Lavadores y el Estrecho, en un día, en fecha indeterminada, que a pesar del sol radiante con que amaneció, llovió a todo llover durante el trayecto de la procesión desde El Arrabal a la ermita, en el monte, lo que tranquilizó a las gentes del lugar al constatar que la nueva imagen tenía los mismos poderes sobrenaturales que la destruida en guerra, para obtener de la Divinidad el agua de la lluvia que, en adelante fertilizaría los campos.

Los de La Encarnación, animados por el éxito teatral, pensaron en llevar “La Malquerida” al teatro Thuillier de Caravaca, pero pasado el tiempo desistieron en su inicial intención. Mientras tanto, la maestra Dª. Dolores González (que era de La Puebla de Mula), basándose en el himno a la Virgen de la Fuensanta de Murcia (del poeta Jara Carrillo), compuso el himno a la Virgen de La Encarnación que aún se canta en su fiesta anual y que todos los lugareños conocen. El himno, como todos saben en La localidad, comienza diciendo : “Encarnación nuestra/ tesoro divino/ por fin has venido/ para siempre ya/. No nos abandones / en nuestro camino. Todos te juramos/ no ofenderte más. /Tu campo como un vigía/ con sus ojos de hito en hito/ mirando está/ noche y día/ tu santuario bendito./ Virgencica, eres el consuelo/ de los que a vos han de ir. /Oración que sube al cielo/ antes pasará por ti…Con el tiempo, los habitantes de La Encarnación construyeron nueva ermita en el pueblo, en terreno cedido por las Rosellas, y el profesor Pedro Mora Góngora, regaló a la imagen el manto con que había representado la figura histórica del rey Fernando II el Santo en las fiestas de la Cruz de Caravaca durante sus años como “Rey Cristiano”