GLORIA LÓPEZ
Si os pregunto qué podemos tener en común una emperatriz austriaca y yo… algunos podéis pensar que lo más de lo más la cabra que pasta en lSissíos montes, que aquí no son ni verdes. Nunca jamás los tatuajes. Y es que de ella nunca se espero todo lo que fue: ni tan feliz, ni tan ingenua, ni tan sumisa. Fue una mujer independiente que odiaba las normas sociales impuestas  y  deportista en un tiempo en el que se entendía por deporte femenino el parir. Una mujer que nació para ser libre por el mundo pero no reina de un país. Una mujer que había nacido Sissi y que la convirtieron en Elizabeth de Austria.
Sissi nació en Munich en 1837, hija de Ludovica y de Maximiliano, un matrimonio no muy bien avenido pero con muchas reconciliaciones, porque tuvieron ocho hijos. La elegida para ocupar el trono había sido su hermana Nene, pero Francisco José como todo el mundo sabe se fijó en la jovencita con trenzas y vestida de campesina de la que se enamoró locamente y se casaron en 1854 como en un cuento de hadas. The End.
Pero después de ese final no vienen nunca los anuncios de de la trilogía de las sombras de Grey.  No, viene vivir en un palacio donde hay que pedir audiencia para ver al esposo:» Yo amo al emperador, pero preferiría que no fuera emperador”.  Ni hay que sortear a una suegra viuda con mucha mala leche. Ni a unas escoltas cuyas arma más mortífera era la lengua. Y si alguna vez pensó ser feliz cuando se quedó embarazada, se lo quitó de la cabeza la tradición cuando le robó a su primer hijo en nombre de la sucesión. Lloró, pataleó, arañó, pero nada consiguió. La pequeña Sofía fue a parar a manos de su suegra y ella a un sanatorio para curar el mal de madre.
Francisco debía encontrarse como Moisés, entre dos mares, pero sin el mismo poder (ni las ganas) para separarlas. Era demasiado conservador y emperador en un momento muy complicado. Total, que el hombre, entre el reino y la hija,  pensó en que mejor el reino y allá se las apañen ellas. Sissi resintió que su esposo no la apoyara, y si bien lo necesitó para hacer la segunda hija, no así para evitar que se la quitaran.  No lo permitió. Francisco tampoco dijo nada.  Tampoco cuando se empeño en llevárselas a Hungría en 1857. Y lo que ahora es seguramente un enfriamiento llevó a la muerte a la mayor.  Ella tenía una hija menos, su suegra un motivo para quitarle no solo a la segunda hija, sino también a los que vendrían después: el ansiado heredero Rodolfo y Valeria, la única a la que pudo criar.
Pero sus pasiones se convirtieron en obsesiones: fumaba sin parar, practicó la natación, la esgrima y el senderismo. Convirtió la gimnasia en una actividad diaria que alargaba de manera compulsiva varias horas. Solo comía carne fría y leche, llevándose a las vacas con ella cuando iba de viaje (que digo yo que igual la culpa era de la suegra… que como no la dejaba llevarse las crías…) y se hizo tatuar un ancla en el hombro.
Medía 1,72 cm, pesaba 50 kg y mantuvo 40 cm. de cintura (otra cosa en común, por cierto).
A estas alturas, resulta que lo más normal que hacía era elegir las amantes del esposo. Y si hasta este momento ella sola daba motivos para parecer rara, la vida la termina de rematar. En 1889 su único hijo, el príncipe Rodolfo, de treinta años, un poco para allá (y en esto Sissi sí tenía razón) debidos a la estricta educación militar recibida de niño, con gonorrea y  morfinómano, no pudo aguantar el peso de la vida y se suicidó junto a su amante María Ventresca. Dejaría una afligida y estéril esposa al contagiarle su enfermedad venérea.  Tras la muerte de su hijo, la emperatriz abandonó Viena y se dedicó a viajar en su barco de vapor (con sus vacas, digo yo)  por el mundo, pasando largas temporadas en Corfú, donde se construyó un palacio.  
El 10 de septiembre de 1898, paseando por Ginebra fue atacada por un anarquista que fingió tropezarse con ellas. Ni siquiera se dio cuenta hasta que llegó al barco, donde murió.  Y si en algún momento pensó que le había ganado a la corte, la muerte se rió de ella. Fue enterrada, no en Corfú donde ella dispuso, sino en Viena en la Cripta Imperial.  
“Lo único que se acepta universalmente es la estrechez de miras”