Ana Peinado

Pedro tiene 12 años. No ha dormido nada en toda la noche. Sus padres le han vuelto a castigar sin móvil pero él ha aprovechado que todo el mundo en casa dormía para coger la tablet de su madre. Se ha descargado Instagram y ha estado hablando con sus amigos y con otras personas que ni siquiera conoce, hasta las tantas. Por lo menos hay alguien con quien hablar sin discutir. Con desinstalar la aplicación y dejar la tablet en su sitio ya está. Su madre no se entera. En casa las cosas no van bien. Ayer hubo movida. Otra vez. Suena el despertador. Pensar ir al Instituto es un infierno. Acaba de empezar 1º de la ESO y ya no está en el colegio de toda la vida. El Instituto es muy grande, demasiado grande, y aunque conoce a todos del pueblo, le ha tocado en clase con gente que le cae fatal. No va a aguantar sentirse en el instituto como se siente en casa: ignorado, cabreado, frustrado. Quedarse en casa no es mejor opción. Sus padres se pasan el día discutiendo entre ellos, con Pedro, quejándose de todo. Todo lo que hace Pedro parece estar mal. La frase que más se oye en casa es “no sé qué vamos a hacer contigo”. Últimamente todo son gritos, broncas, peleas. Después de todo lo que pasó ayer, tan injusto, Pedro se quedó con la rabia de no poder contestar, de que nadie en casa parezca entenderle, de no poder decirle a su padre todo lo que piensa porque si lo dice, no le dejarían salir hasta los 18. Y ahora, toca mates. Pedro no tiene la cabeza para ecuaciones. Luego verá en Youtube algún vídeo donde expliquen las ecuaciones. Seguro que lo explican mejor que el profe. Mientras sube la escalera, uno de segundo le empuja con el hombro. Pedro no se lo piensa dos veces y le pega una patada. Tiene tanta rabia acumulada que ha sido como abrir una olla a presión. Le llevan al despacho del Jefe de Estudios. Ahora bajará su tutor. El profe de mates precisamente. Ya sabe lo que va a pasar: bronca, “cómo se te ocurre”, parte, aviso a los padres, bronca otra vez, expulsión… ya le han contado cómo van las cosas en el instituto. Pero todo ha sido diferente. Juan, el profe de matemáticas, se ha sentado a su lado y le ha preguntado que cómo está. Hace mucho que nadie le pregunta a Pedro cómo está. No sabe qué contestar. Se queda callado. Juan le pregunta qué ha sentido cuando le han dado ganas de pegarle a su compañero ¿sentir? Rabia, contesta Pedro. ¿En casa también tienes rabia? No sabe por qué, pero esta pregunta le hace a Pedro llorar. Y llora como cuando era pequeño.

En nuestros centros educativos hay muchos “Pedros”. Niños, adolescentes que vienen a clase, como dice Daniel Pennac en su libro “Mal de escuela” (Editorial Mondadori), con una mochila cargada de frustraciones y rabias. Hay que quitar esa mochila antes de empezar a explicar. Cada día. Porque Pedro volverá a casa y la mochila volverá a llenarse.

Afortunadamente cada día hay más “Juanes”. Docentes que ven con claridad que el actual sistema educativo no responde a las necesidades de los “millennials”. Alumnos con acceso a todo el conocimiento del mundo en su mano (el profesor ya no es el que sabe o el único que sabe), hiperestimulados con videojuegos, mandos a distancia, redes sociales y tablets, que han provocado que su capacidad de atención se haya reducido considerablemente, no siendo capaces de estar más de cinco minutos atendiendo a un estímulo (mientras las clases siguen durando cincuenta y cinco minutos y siguen estando parcializadas por asignaturas), una generación que no encuentra a nadie cuando llega a casa, familias que deben trabajar todo el día para llegar a duras penas a fin de mes, con pocos hermanos, casi sin contacto con primos, donde es peligroso salir a la calle a jugar, donde el contacto con los vecinos es muy superficial y donde ya no hay abuelos que convivan en casa. La tribu (tan necesaria para la educación) parece que se ha disuelto.

Docentes como Juan entienden que hay que quitar primero las capas de la cebolla de la parte emocional para poder acceder a la parte intelectual. Que entienden que la formación del alumno debe ser integral, que ocuparse solo de la asignatura es minusvalorar la responsabilidad del profesorado, que su trabajo va más allá, que deja huella y puede cambiar vidas, como decía Jung, “tocando almas”. Que entienden que ojalá la casa fuera la primera escuela pero que son conscientes que los alumnos no siempre tienen el mejor ejemplo en casa y es en el centro educativo donde únicamente pueden encontrar el espejo de la templanza, el equilibrio emocional y donde pueden sentirse tranquilos, útiles y valiosos. Docentes como Juan saben que encontrar el talento de cada uno de sus alumnos es imprescindible para motivarles, no solo para el estudio, si no para la vida.

Juan no lo pasará bien. Muchos compañeros no entienden las cosas como él. Muchas personas del claustro criticarán su forma de relacionarse con los alumnos y dirán que es una pérdida de tiempo, que los alumnos de ahora no tienen límites, ni respeto. Y Juan sabe que es verdad, pero también sabe que desde la distancia emocional no solucionará nada.

Juan se sentirá frustrado muchas veces. Procura ir a cursos, jornadas, talleres, y siempre sale con un empuje increíble, con un millón de ideas. Prueba algo, no sale. Y entonces se cuestiona si no es mejor coger el material del año pasado y vomitarlo este curso también. Hay veces que se siente “desconectado”. En ocasiones se escucha pensando que él es solo un maestro, un profesor cuya responsabilidad es enseñar mates y ya está. Pero sabe que esa no es la respuesta. Su labor es mucho más importante. Sus alumnos son importantes.

La educación emocional no es una moda. Es la respuesta a las necesidades emocionales de la sociedad actual, donde hemos aprendido y la ciencia ha demostrado, que poner el foco de atención en la parte psicológica y no solo en la conducta o en el pensamiento, completa la visión sobre la persona y el mundo.

Desde el enfoque de la Educación Emocional hay varias formas de trabajar con mayor o menor intensidad o continuidad. Enseñar educación emocional no es solo que los alumnos aprendan a reconocer la emoción y ponerle nombre, es formarles en competencias y fortalezas que podrán utilizar el resto de su vida y que les permitan no solo aprender a resolver problemas de matemáticas si no que les enseñen a resolver y enfrentarse a los problemas de la vida. En ocasiones es posible introducir Programas completos en los centros o trabajar por proyectos, en otras ocasiones solo puede utilizarse alguna clase al trimestre para trabajar la autoestima, la motivación o las habilidades sociales. Y otras veces, la capacidad de acción del docente se limita a cambiar él a nivel personal para que todo cambie a su alrededor.

La Educación Emocional no es una moda. Es la respuesta a los cambios de la sociedad actual. Es una necesidad básica que debemos cubrir desde los centros educativos y desde las familias, un proceso en el que cada uno debemos ir poniendo nuestro granito de arena en la parte del mundo en la que nos haya tocado vivir. Y seguir dando pasos aunque pocas personas nos acompañen. Al final, hasta los verdes caen.

Juan, no dejes de soñar.

No dejéis de soñar.