José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

En la calle del pintor Rafael Tejeo y ensanche conocido desde antiguo como plazuela o plaza de La Encomienda, lugar en donde durante los años del ecuador del S. XX se ubicaba uno de los principales focos socioeconómicos de la ciudad, con establecimientos comerciales de tanta personalidad y paradas de coches de línea que a diario (y sobre todo los lunes, día de mercado) llegaban cargados de personas e incluso animales, abría sus puertas la Droguería de Adrian, posiblemente el primer negocio de esta naturaleza en Caravaca, tras el que se instalarían las de Los Arañas, el Levi y posteriormente Valentín,como vanguardia de otros que se abrieron después.

Adrián López-Egea Fernández nació en Caravaca el 18 de agosto de 1902, comenzando muy pronto a trabajar como mancebo en la farmacia de D. Luís Sánchez Caparrós (en la C. Mayor), donde aprendió los secretos de las reacciones químicas, las mezclas y otros conocimientos que su inquieta mente aprovechó cuando decidió establecerse por su cuenta abriendo una droguería en el número seis de la ya citada calle de Rafael Tejeo, frente al comercio de tejidos del Tío Amarilloy a la tienda de comestibles de Los Elías, justo donde tenía su parada habitual el Coche de Moratalla, en edificio que inicialmente alquiló y luego adquirió a mi abuelo José Antonio Melgares Talavera, durante los años de la II República, en torno a 1935. Curiosamente, junto a los productos de droguería y perfumería, también se ofrecían al público en su interior productos tan diferentes a éstos como los relacionados con la papelería, la electricidad y, ocasionalmente, la juguetería.

Como apoyo y ayuda en el trabajo contrató los servicios de Tomás Moya Navarro, quien fue su leal empleado durante muchos años y, posteriormente, como aprendiz, los de Ángel Martínez-Reina Corbalán, quien con el tiempo marcharía a Sabadell.

La droguería de Adrián era un espacioso local con escaparate entre dos puertas a la calle, que se cerraban con persiana metálica enrollable. Sobre el escaparate un gran cartel anunciaba los tintes Norit,(los de la ovejita).En su interior un largo mostrador de madera y amplias estanterías del mismo material adosadas a los muros, con cajones donde se disponían los productos a la venta, cuyos olores, todos ellos mezclados, trascendían a la calle informando al viandante de su existencia y cercanía como el mejor reclamo publicitario.

En aquellas estanterías, y en el amplio almacén interior, se alineaban productos de pintura (muchos de ellos fabricados por él mismo en su laboratorio), aceite de linaza, tintes de muy diversas marcas, cloro en escamas para fabricar lejía y jabón doméstico; azulete para el lavado de la ropa, blancoespaña para blanquear, sosa caustica, el célebre jabón Lagarto en bloques, alimentos y piedra de sal para animales. Ácidos de diferente naturaleza y alcohol de quemar que para tantas cosas se empleaba en el hogar (como en el momento en que se presentaba el practicante para poner una inyección y había que hervir el instrumental para su esterilización). Azufre, piedra de carburo para la iluminación, gasoil para las cocinas, insecticidas y flit ó DDTcontra los insectos. Todo ello y, además, brillantina y fijador para el cabello, colonias que se vendían a granel, para lo que el cliente aportaba su propio botellín. Papel higiénico marca El Elefante, material eléctrico (sobre todo bombillas), de escritorio y juguetería en las vísperas inmediatas a la fiesta de Reyes.

Sus principales proveedores fueron siempre almacenes de Murcia, entre ellos Adrán Viudes y GAL, que suministraban directamente o mediante intermediarios o representantescomo Juan Rosique o Vacas entre otros.

Entre los clientes, los más importantes eran los cargueros del campo y de la amplia comarca natural caravaqueña en la que, como sabe el lector, se incluyen pueblos no sólo de Murcia sino de las provincias limítrofes de Jaén, Granada y Albacete, los cuales llegaban en los coches de línea (y más tarde en sus propios vehículos), sobre todo los lunes, día de mercado. Entre los más asiduos clientes se recuerda a la popular Mari Trini, quien venía periódicamente desde su finca de Singla, aunque sería difícil hacer una enumeración siquiera aproximada de los mismos.

No todos los clientes pagaban al contado. Se vendía mucho al fiao, pagando cuando se podía y siempre a plazos, y habiendo de buscarlos a veces en sus propios domicilios para recordarles la deuda.

Adrián fue llamado al ejército para luchar en la Guerra de Marruecos, donde se licenció con la graduación de sargento. Tampoco se libró de la Guerra Civil, aunque hizo todo lo que pudo para ello, pudiendo licenciarse tras la contienda gracias a un amigo alférez que lo encontró concentrado en la plaza de toros de Teruel.

Adrián contrajo matrimonio con Anunciación López López, con quien trajo a mundo a sus dos hijos: Paquita y Juan, falleciendo el 18 de febrero de 1955, fecha en que, para el entierro, cerró todo el comercio local, como era entonces costumbre cuando fallecía algún miembro del gremio. El negocio lo continuó su esposa hasta que, en 1964, a la vista de que a ninguno de sus hijos le interesó proseguir al frente del mismo, se cerró vendiéndose el edificio a Ángel Cánovas el de Nuevas Galerías.

Adrián no fue hombre de bares ni de muchas amistades. Frecuentaba Dulcinea en compañía de su primo Carlos Martínez López-Egea, y era íntimo del sastre José Manuel Caparrós, quien entonces regentaba su negocio de sastrería en la C. Mayor.

Como curiosidad final diré que Adrián tenía un peculiar y original sistema de contabilidad, a base de combinaciones de letras, con palabras de diez no repetidas, código de entendimiento que sólo conocía él y su empleado Tomás y cuyo manejo no he llegado a averiguar.

La Droguería de Adrián fue uno de aquellos establecimientos locales que nunca necesitaron anuncio callejero. Su aroma, como el de otros a los que tiempo atrás me he referido, como La Papirusa, José Izquierdo, Los Elías, las fábricas del Chocolate y del Turrón, como los puestos de pescado del mercado, entre otros muchos, formaban lo que podríamos denominar el patrimonio aromático u olfativo local, que recordamos quienes ya peinamos canas, y que otorgaban a la ciudad personalidad y características propias entre las demás de su entorno.