Pedro Antonio Martínez Robles

Yo he visto al maestro Paco Galindo, no hace tantos años, al frente de nuestra laureada Banda Municipal de Música, en la alborada del día de Los Santos, recorrer con urgencia administrativa las calles del pueblo mientras los músicos desgranaban la popular Dianaque compusiera su padre hace más de un siglo. Y nadie o casi nadie iba entonces tras la banda, que cumplía con su itinerario como con un deber rutinario, aunque éste venga impuesto de año en año. Más bien, los que se tropezaban con ella, veían pasar desde una acera su procesión de músicos trasnochados o se apartaban para no entorpecer la ceremonia del recorrido, que era breve y sin más comitiva que la media docena de esposas que aguardaban con estoica paciencia a que terminara el desfile para recuperar a sus maridos y una veintena de incondicionales que seguían a los músicos en este acto heroico desde que mudaran la dentición de leche. Pero el 30 de julio de 1977 tuvo lugar una eclosión inesperada, pues, casi de improviso, como suelen suceder todas las cosas que luego dejan huella o asientan costumbres duraderas, nos reunimos en la plaza de la Corredera medio centenar de personas, entre los que recuerdo a Gabriel el Pépolo con una calabaza de cuello largo llena de vino, a mi hermano Juan Carlos con un jarro mulero lleno de paloma, a Pepe Perea conduciendo su Mehari colorado, descapotado, casi de juguete, cargado con un saco de cascaruja, y al burro que algún paciente hortelano tuvo a bien prestar, tirando de un carro lleno de botellines de cerveza y chuscos con embutido. Todo ello gracias a la convocatoria humilde que hiciera el Roque El Pepino, junto con Ricardo Escavy, José Valero El Canalesy pocos más, de poner cada uno de aquellos devotos seguidores veinte duros de hace treinta años para comprar huevos para cocer, garbanzos torraos y cerveza para aliviar la vaciedad de los estómagos después de una noche en vela aguardando el toque de la Diana.El efecto que produjo esta adhesión a la Banda Municipal de Música en el trámite de su interpretación de la Diana del Día de los Santos fue tan extraordinario que el recorrido, iniciado a las 7 de la mañana y con una duración habitual de no mucho más de media hora, se convirtió aquel día en una ceremonia inacabable que se prolongó hasta el mediodía. Como en el cuento de El flautista de Hammelín, al desfile musical y al modesto festín del chusco, el huevo cocido, la cerveza y el garbanzo torrao, se iba incorporando cuanto bicho viviente había en las calles. De las casas salía la gente en un flujo de asombro y se unía a aquella manifestación musical. Todo el mundo saltaba y bailaba tras la banda de música, ora a los compases de la Diana, ora a los de Paquito el Chocolatero.

Al año siguiente todo el mundo aguardaba con un fervor incontenible la fiesta de la Diana y el frescor anisado de la paloma en el jarro mulero; la plaza de El Convento era un hervidero poco antes de las 7 de la mañana, y a partir de las 7 las calles del pueblo fueron un río de gentes tras la Banda Municipal de Música y los santos patronos, Abdón y Senén, que por fin salían a las calles del pueblo en el festejo de su onomástica, tras las laboriosas gestiones que el Roque El Pepino tuvo que hacer ante don Blas el cura, con la sobrada excusa de que sus alumnos no conocían a los patronos de su pueblo.

Aquella efervescencia popular tuvo su culminación dos años más tarde, cuando en la placeta de Los Santos se repartía pan y cerveza, chorizos, morcillas y otros embutidos a manos llenas, y del cielo caían huevos duros como confetis. Hasta un remolque de melones de piel de sapo traído de los confines de la huerta ceheginera de Canara abasteció aquella mañana del 30 de julio de 1979 a la concurrencia que abarrotaba la placeta de Los Santos, hasta donde se había desplazado la Banda Municipal de Música y sus seguidores con el fin rescatar a los santos Abdón y Senén de su templo para pasearlos y bailarlos por las calles del pueblo.

Pero todas las cosas que nacen con brío, con brío pueden morir también. Sólo han pasado 30 años de aquel magnífico despertar, y 30 años no es nada, porque es un soplo la vida, ya lo sabemos. Y hoy, que otra vez empiezan las fuerzas a enflaquecer para correr y saltar detrás de la Banda Municipal de Música mientras interpreta la Diana del maestro Germán Galindo, me pregunto si no sería bueno inyectar de nuevo a la muchedumbre chuscos con chorizo, botellines de cerveza, garbanzos torraos y que caiga sobre ella una nieve de huevos cocidos. Todo sea porque esta parte del festejo, que con tanto ímpetu nació, reciba aliento suficiente para seguir viviendo. A ver si al año que viene…