FRANCISCO SANDOVAL

Como si de un animal al que le han cambiado su hábitat se tratase, así podrían sentirse muchos centros históricos de nuestras ciudades. El germen de la urbe que se presenta como el distintivo cultural y turístico se ve escondido entre calles de asfalto, edificios de ladrillo caravista e hileras de vehículos que se extienden hasta el confín de las periferias. Aquella“identidad en piedra” que uno busca al llegar a una ciudad está rodeada de un preámbulo en el camino que nos es ineludible, el de las calles anodinas y edificios residenciales que se repiten sin articularse a su entorno, sin estética coherente.

 

Bullas, 1932

Bullas, 1932

El desarrollo urbano del último siglo ha crecido en la mayoría de los casos ajeno al tejido prexistente del que parte. Así, no es fácil percibir hoy el hecho de que, por ejemplo, Cehegín se desarrolló a partir de dos núcleos antiguos (el castillo y el convento), algo que podemos ver gracias a la ortofoto del vuelo de Ruiz de Alda en 1929, pero casi imperceptible entre la malla urbana actual.

En Bullas, la avenida de Murcia de hoy no es la alameda que nos muestran las imágenes de antaño, que se introducía directamente desde el campo hasta la genuina Plaza de España sin adulteraciones intermedias. Si bien posee un espacio público de cierta presencia, esta avenida continúa prácticamente hasta la incorporación a la autovía abriéndose paso entre un anodino y sobredimensionado ensanche.

En Caravaca, el ensanche en el margen oriental de la Gran Vía posee una cierta irregularidad en contraste con la forma más o menos ortogonal a la que tendían este tipo de desarrollos. Una vez más, se trata de una malla en la que tan solo es destacable el llamado “piso de los maestros”, una manzana edificada con jardín interior que imita los ensanches del Movimiento Moderno que se venían haciendo ya algunas décadas atrás en las grandes ciudades, pero solo tenemos este ejemplo.

Y es que el paisaje resultante va ligado a esta descontextualización. Aún nos quedan “marcos”que salvar, esa vista de Cehegín desde el Argos, la de Caravaca desde el “caracolico”. Zonas en las que planificar en consecuencia, y mantener esa identidad con su entorno.

El ejercicio de las actividades ligadas a la ciudad, que no siempre son compatibles con el desarrollo sostenible deseado, son tan necesarias como causantes de la distopía urbana. En el siglo XIII Venecia sentó un precedente de este desarrollo-actividad al verse forzada a trasladar las fábricas de cristal a la isla de Murano. Un caso sencillo el veneciano, pues muy difícil sería alterar el perfil de esta icónica ciudad.

Hay otros casos de ciudades que mantienen intacta su relación con el entorno que las originó, como San Gimignano o Città di Bagnoregio, pero ello es debido a que no han tenido evolución alguna. Donde esta evolución no se puede eludir, que es la inmensa mayoría de sitios, se debe optar por una planificación acorde. Trento, ciudad del gótico y renacimiento véneto, se desarrolla en el siglo XXI en su periferia con un urbanismo más amable, pensado para suemplazamiento, como lo es el “Quartiere le Albere” diseñado por el arquitecto Renzo Piano.

En definitiva, las actuaciones en la ciudad del siglo XXI no solo pasan por conservar los cascos históricos, sino también por mejorar aquello construido con posterioridad, para así entender que una y otra realidad deben poder relacionarse.